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CRONICAS
 






 

 


Fernando Araújo Vélez

Este libro, publicado 20 años atrás por Planeta, muestra lo que ocurrió en las entrañas del fútbol colombiano, que degeneró en una muerte absurda, la de Andrés Escobar. Hoy, cuando Colombia vuelve a estar cerca de una Copa del Mundo, lo revivimos, simplemente para volver a dejar un testimonio de lo que pasó y no debería repetirse. * 

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Hay otro fútbol colombiano que no es el que muestra la televisión ni del que habla la radio. Otro fútbol que apenas  aparece  en los rumores del hin­cha o en las sospechas de la calle. Y es el fútbol que está detrás del  fútbol.  El  fútbol  tras  las  cámaras,  tras  los micrófonos, tras  la  pasión. El  fútbol   que,  en  últimas, decide  quién   gana  y quién pierde, sin  que importen mucho la pelota,  el talento o el espectáculo.

Es de ese fútbol que  queremos hablar  en estas  pá­ginas. Y de sus protagonistas, claro.  Empezamos con  la actuación  de Colombia en el Campeonato Mundial de Estados Unidos. Allí  se  dio  el  resultado que  se  tenía que  dar.  Al  fin y al  cabo,  ese  resultado se fue  constru­yendo poco  a  poco,  desde mediados de  los  años   70, cuando los dineros del narcotráfico se infiltraron en el deporte.

Quien supiera algo de lo que  aquí  está  escrito, no podía  sorprenderse por el descalabro en USA 94. Y esa derrota llegó,  fundamentalmente, por razones total­mente ajenas  al  juego. Lo que hicieron Valderrama, Asprilla, Rincón, Escobar, Álvarez y compañía en  las canchas de  Pasadena y Palo Alto fue el  final de una cadena de errores. Nadie  ha  explicado hasta  hoy esos errores, nadie los ha analizado. Por eso están aquí.

Fue  la de USA  94 la ilusión  más grande del fútbol colombiano en su  historia. Y también, la mayor  decep­ción. Sin embargo, y con  excepción de dos o tres  infor­mes  superficiales, nadie  tocó  a fondo ese  fracaso. Los primeros tres  capítulos de  este  libro  intentan  explicar lo que ocurrió desde el 5 de septiembre de 1993, cuando Colombia venció a  Argentina  en  Buenos Aires   5-0, hasta  el partido ante Suiza en el estadio de Standford.

Los siguientes explican las razones por  las que  era lógico  que  el  fracaso  llegara. Es esa la otra  verdad  del fútbol colombiano, la que se oculta, la que se niega. Los periodistas, los  dirigentes, los árbitros. Por  último, la tragedia, representada en el asesinato de Andrés Escobar Saldarriaga. Un  símbolo de  lo  que  es  el  fútbol  en Colombia. Un  símbolo negro.

Alguno  preguntará al final  de estas  páginas  si  no hay algo  positivo en el  fútbol colombiano. Y… sí, claro que  lo hay. Dos o tres periodistas, el mismo número de árbitros, algún  dirigente y los  jugadores. Ellos  sí son  lo positivo del fútbol, casi que lo único  positivo. Pero  están huérfanos, y  muchas  veces  terminan siendo las mario­netas del espectáculo. Quienes manejan  los hilos lo hacen a  su antojo. Los manipulan como quieren. Y esta es la historia.

 

Prólogo

Óscar Torres Duque

Conozco autores que han escrito sus obras bajo el influjo  del alcoholismo,  de la represión paterna, de las drogas, de traumas infantiles, de la compasión… Todos esos condicionamientos no descalifican la validez literaria de sus creaciones. Y también me consta que la ira ha dado realce a pasajes memorables de la Literatura de Occidente y no será difícil recordar en este punto cómo se ensañó el Alighieri en su Infierno contra renombrados personajes de su época y de otras épocas.

Pues bien,  en los capítulos siguientes, de  Fernando Araújo, se despereza, incontenible y catártica, una ira sorda, una rabia apenas contenida  por el don literario y por el profesionalismo periodístico. Invirtiendo los términos, para ajustar atentas de una vez por todas con el carácter de estos textos, hay que decir que en ellos la destreza literaria y el rigor periodístico están al servicio – felizmente-de una sola causa: la de Fernando  Araújo.  Escritor -más que periodista-de indomable  rebeldía, de pasiones fijas y de una imbatible convicción en sí mismo, en su punto de vista, en su soledad.

Quienes conocemos a Araújo de cerca, sabe­mos que el título de su trabajo sobre el Mundial  USA -94, Historia de una pasión, publicado por entregas en la revistaCromos  y por el cual obtuvo el Premio Simón  Bolívar de prensa deportiva, no se refería a la pasión del fútbol sino a su pasión. Una pasión cuyas únicas armas son la pluma y la  capacidad  analítica, ampliamente manifiestas en este libro. Y como pasión viene  de pathos,  el tono de estos escritos es patético. Compruébelo  el lector.

Pero el patetismo de Araújo es también su estilo -ama el deporte, lo he visto escribir artículos patéticamente gozosos, que rezuman emoción por la experiencia degustada de un  buen espectáculo deportivo: una declaratoria  de gratitud  ante un  juego titánico de Sergi Bruguera, la exaltación de los atributos técnicos del mediocampista argentino  Fernando Carlos Redondo, el análisis metódico de la final de las grandes Ligas del béisbol norteamericano.

Con la misma exaltación, Fernando Araújo ha tenido que escribir sobre lo extradeportivo en el deporte. En el caso específico de este volumen, sobre lo extradeportivo del fiítbol, aquellas fuerzas oscuras,  malignas y pervertidoras que lamentablemente  asechan al fútbol y lo echan a perder. Fuerzas que tienen su particularidad en el ámbito naci0nal, y van desde el fanatismo violento (es decir, ineducado) de las multitudes hasta los vericuetos más espeluznantes de la delincuencia organizada, pasando  por la no menos atroz manipulación de los medios de comunicación.   Para un amante del fútbol  como deporte, este fenómeno extra­ deportivo, cada vez más inminente y descarado, tiene que resultar exasperante. En los textos que conforman este libro, Araújo se exaspera. Pero su exasperación, que parte de la raíz del aficionado y el conocedor, se transmuta aquí, o mejor, se simboliza en un discurso narrativo,  a caballo entre la crónica y el relato – con todos sus recursos  de ficción-. Y la ficción, con toda su coreografía de ima­ginación, emotividad y  poder de interpretación, disuelve en una verdad la compleja y engañosa realidad.  Por eso cuando Araújo entra a hacer un juicio de responsabilidades, y en casi todos los capítulos de este libro se trata de eso, poco importa que carezca de pruebas, que adolezca de ausencia documental: él sigue sus propios indicios; antes que investigarlos o someterlos aprueba los relata, los describe elocuentemente y con ellos crea su atmósfera, su propia y coherente explicación de los hechos que lo enfurecen.

Los personajes que recorren estas historias (o, des­dichadamente, esta única historia) no son fichas y nom­bres de una información periodística. Son personajes de carne y hueso, vale decir, personajes literarios que la pluma de Araújo interioriza. El informe  periodístico dirá que Leonel Álvarez hizo, que Leonel Álvarez dijo… Pero Araújo hace con Leonel el tránsito entre lo que hizo y lo que dijo y, como si estuviera dentro de él, descubre que nada impor­tan ni lo que hizo ni lo que dijo sino el desconcierto y la impotencia por lo que no se hizo, por lo que no se dijo porque no se podía…  Leonel es un auténtico deportista; por esa razón posee, en este libro, una interioridad, una humanidad que permite al narrador expresarse a través de él. Ese estilo narrativo indirecto es uno de los tantos recursos literarios con que Fernando Araújo enriquece la  crónica cruda de los hechos irrevocables. Todo  lo  que está aquí narrado, no ha sido dicho. Quizá  parcialmente, pero así todavía es una mentira, un mito.  Araújo tiene su propia versión, una versión humana que no captan ni las cámaras, ni las grabadoras, ni los micrófonos, tan dados a  crear y creer en la “imagen” de los ídolos.  Aquí no hay ídolos; acaso algunos vencidos, pero profundamente humanos. Deportistas a quienes el autor rinde su velado homenaje, pero sólo en honor a ese hecho: el de ser deportistas, verdaderos deportistas.

Un mérito adicional: los textos que conforman este libro son una transgresión. Como toda obra achacable al espíritu crítico, el primer tic que se hace patente es el de la autocrítica. Convencido de sus indefensos argumentos, Araújo es consciente también  de las limitaciones de todo lenguaje especializado. Periodista de formación, el autor de estos escritos descree del “lenguaje periodístico”. ¿O acaso no es un mito eso del lenguaje periodístico? Periodista de formación, Fernando Araújo transgrede sus propios límites y se deja tentar por suscitaciones de otra órbita -Nietzsche, Picasso-antes que por otros trabajos periodísticos. ¿Qué realidad describe el periodista? Esa pregunta no está en el contexto de su formación académica. Los hechos no son la realidad.  Fernando Araújo los exagera basta hacerlos humanos. Para ello, él mismo tiene que expresarse.  Es lo que hace, a lo que se dedica. Por eso antes (o después) que hacer periodismo, Araújo escribe. Este es  su oficio.

 

Capítulo 1.

Fueron tantos los gritos, y tantas las luces, que  la frase  quedó enterrada. Apenas unos  cuantos  la escucharon. Pero la archivaron, la guardaron sin siquiera  prestarle atención. Y la abandonaron once meses. Cuando se acordaron de rescatarla ya no fue  necesaria. La historia acababa  de confirmar lo que  aquellas  cinco palabras de  Hernán Darío Gómez habían   presagiado. La historia. O el destino, o los vicios, o los malos manejos. O las fuerzas oscuras, o la brujería, o la envidia. O todo ello  junto. La historia… Fue  en  una  noche  de invierno cuando todo empezó. Buenos Aires  era  un  tango   de Santos Discépolo y el estadio de  River  una  ironía. En un vestuario, Colombia celebraba sin  frenos un triunfo mentiroso. En  el  otro,  Argentina empezaba a  tocar fondo. De  pronto, Hernán Darío Gómez soltó su  opinión:  “Ahora  sí nos  jodimos, Pacho”.  La expresó  con  rabia. Con  miedo  también.  Pero  no encontró un  interlocutor, alguien que pensara como él en aquel  instante caliente. Entonces  comprendió que  debía  ir a celebrar,  debía esconder con su alegría la realidad, como todos los demás. Y la escondió. Escondió esa realidad que él acababa de presentir  por conocer  tanto  a los colombianos. E intuyó que jamás iba a salir a la superficie. “Ahora  nos van a obligar, nos van a exigir que ganemos el Campeonato del  Mundo”,  dijo luego. Como antes,  pocos  lo oyeron.  Alguien alcanzó a decirle que era un “aguafiestas”.  Él sonrió y dejó las cosas así. “Para qué llevarle la contraria a todo el país”, murmuró.

Ese día, 5 de septi embre de 1993, Colombia clasificó al Mundial de Estados Unidos al obtener el primer lugar del Grupo  A suramericano. Pero aquel  5-0 con el  que los colombianos vencieron a Argentina en el Monumental de Buenos Aires fue mucho más que una simple victoria. Fue el principio del fin, aunque por ese entonces muchos  pensaran que  había sido  la gloria. Fue la locura de un pueblo que nunca había sentido  una alegría similar. Fue el desbordamiento colectivo, el odio transformado en agresión -en Bogotá, esa noche hubo más de 100 muertos-, la ilusión del que nada ha tenido y de repente  se encuentra   en  el  cielo.  Fue, en  últimas,  el reflejo  de  un país atormentado que, con  una gota de licor, pierde la razón.

El  licor  fue el fútbol,  otra  vez. Y el fútbol  fue la mentira, otra  vez. Desde aquel día, Colombia  empezó a construir una ilusión. Con el tiempo esa ilusión se volvió obligación.  El 5-0 de Buenos  Aires dejó de ser un resultado  importante, el más importante de la historia si se quiere, para pasar a convenirse en un título.

“La  historia no  se  cambia   de  un  día  para  otro, en  90 minutos”, había  dicho Diego Armando Maradona. Sin embargo, para muchos -Edgar Perea, William Vinasco, Guillermo Montoya, entre otros, e infinidad de  sus oyentes-, la historia sí se cambió con el S-0.  Un  result do,  en  realidad   nada  más que  eso,  hizo  que  Colombia fuera  cinco veces más que  Argentina. Por  ese resultado Colombia se subió al pedestal  de los favoritos.

Por ese resultado los errores se taparon, las cualidades se agrandaron, las verdades se ocultaron. El  mundo al revés,  una  y otra  vez.  El  4 de  septiembre, 24 horas antes del  juego ante los argentinos, por  el Caesar Park de Buenos Aires  desfilaban innumerables personajes. Unos iban a pedirles autógrafos a los jugadores colombianos, otros a saludar, simplemente a saludar. Y otros, a buscar. Esa noche, hacia  las diez,  Faustino  Asprilla y Freddy Rincón invitaron a dos colombianas a sus habitaciones. Disimuladamente, firmaron la hoja de autógrafos y enseguida  colocaron el número de sus habitaciones. La clave era  que  las  mujeres dieran vueltas  por  el Lobby  media hora y que después subieran. Nunca lo hicieron, pero  la intención de los futbolistas estaba ahí.

Si alguna  otra subió es difícil comprobarlo. Pero allí hubo una  norma incumplida. Una  mínima  dosis  de disciplina quebrada. No importó. Y no  importó por  la victoria del  día siguiente, por  esa alegría  que  engañó a tantos, por esa euforia que relajó lineamientos de conducta. Es bien sabido, cuando las reglas se rompen, la autoridad empieza  a ceder. En Barranquilla, durante los juegos de preparación, el Hotel Dann, sede del equipo,  era un ir y venir de gente. Periodistas, políticos, aficionados, parientes, directivos, curiosos, mujeres de  diversa índole… Las puertas estaban abiertas para el que quisiera ingresar. Y los jugadores estaban a la orden del día. Pero nadie dijo nada.

Tampoco por  lo de Bueno Aires. Sencillamente porque  se ganó, y, cuando se gana, los errores  ya no lo son. En el  informe  que Francisco Maturana  le entregó a la Federación Colombiana de Fútbol después del Mundial, el técnico dijo que una de las razones del fracaso  había sido  la “concentración”. Habría  que  preguntarle si las “concentraciones” de Barranquilla y Buenos Aires  fueron  muy distintas. Habría  que  preguntarle también por qué en Barranquilla era lícito que los jugadores estuvieran rodeados de público, de calor y sentimiento, y en Estados Unidos esos mismos ingredientes  fueron causa de descalabro.  “Todas estas muestras  de cariño  y de afecto  motivan al equipo,  está demostrado”, había dicho en agosto  de 1993.

“Pero y… de cualquier forma, hicieran lo que hicieran,  rindieron, corrieron como locos”, dirá  alguno. Y… sí. Rindieron y corrieron como  locos.  Igual que el norteamericano Bob Beamon  en 1968, cuando  durante los Olímpicos de México estableció  el récord  mundial más sorprendente de la historia:  saltó  8.90  metros  de largo. iY la noche anterior había tenido  relaciones  íntimas con una mujer! El capítulo de Buenos Aires se cerró en discotecas  y bares del exclusivo  barrio La Recoleta. Algo  lógico.  Las heridas  sanaron, los  yerros  se olvidaron  y la Selección  se mostró  más  unida que  nunca. Como si jamás hubieran  ocurrido, pasaron de largo los desplantes de Faustino Asprilla, aquella escapada del Hotel  Dann  el 16 de agosto  y las ínfulas que tanto molestaban  a sus compañeros.

El factor Asprilla

Fue  él, Faustino Asprilla, el hombre que  marcó desde el principio, y a su manera, la pauta  del equipo. El hombre  que  transgredió las reglas  para  abrir una  grieta en la intimidad del  grupo y en  la autoridad de Maturana y Gómez. Por  aquel  entonces era el único  colombiano que  actuaba en  el fútbol italiano y sus  éxitos llenaban páginas  y páginas. Un  lunes,  lunes  20 de septiembre de 1993, EL Tiempo  llegó a decir que  era el mejor jugador del  mundo. Una muestra más  de  la superficialidad  de la prensa  colombiana. Uno que otro comentarista radial también afirmó lo mismo. Y Maturana, después de hablar  con  Arrigo Sacchi  y  César Luis  Menotti, declaró que con  Asprilla podría resolver todos los problemas que  se le presentaran.

“Pacho, el fútbol colombiano ha adquirido un altísimo  nivel  técnico y táctico. Es reconocido ya  en  el mundo entero. ¿Por  qué  te preocupan las Eliminatorias si, además, para cualquier inconveniente que  se  te  presente, lo tienes al negro Asprilla  para que te lo solucione?”, le dijo  Sachi antes  de la Copa América que se jugó en Ecuador del 20 de junio al 4 de  julio de  1993. Uno tras otro y día tras día, llovían  los elogios para Asprilla. Pero no  fue  tan  grave  que  existieran esos  elogios, lo  grave fue que  él se los creyó. Se convenció de que era insustituible  en la Selección Colombia. Comenzó a exigir  y el cuerpo técnico a ceder. Fue  convocado para la Copa América de Ecuador, pero él prefirió irse de vacaciones. Sus compañeros no dijeron nada,  todavía  no era el momento. Sobre el final, cuando ya nadie sabía si llegaba  o no, apareció en Ecuador.

“Sus  vacaciones” las había  pasado en San  Andrés. Allá llegó con una amiga después  de exigir  en el aeropuerto Eldorado que  lo  tenían   que  subir al  primer vuelo que partiera hacia la isla. No había cupos y la gente hacía fila para conseguir uno,  aunque fuera  en lista de espera.  Pero   Asprilla no  esperó. Tampoco respetó el orden. A  los  trancazos se metió hasta  el  mostrador. Y amenazó. Y manoteó. Y gritó. Al final consiguió los dos  asientos. Mientras sus  compañeros se concentraban, él paseaba.

Llegó a Ecuador para enfrentar a Argentina en semifinales.  Habló con  quien  quiso,  se movió  por  donde se le antojó. Y jugó.  iCómo no iba a hacer  lo que quisiera si para los colombianos era el mejor del mundo! iCómo no iba a exigir si Bavaria, su patrocinador, lo había trasladado  en un  jet privado! El  niño  consentido de la Selección  enfrentó el jueves  1 ° de  julio a los argentinos. Cara a cara con Batistuta, con Redondo, con Simeone… Con tipos  que, como él, venían de las ligas europeas. Pero  a aquéllos ni siquiera  se les ocurrió pensar  en vacaciones. Tomaron  vuelos  directos a  Ecuador  para estar con su equipo. “La Selección  Argentina por encima de los intereses personales”, dijeron. Ya en la cancha del Monumental  de  Guayaquil, Asprilla fue  un  desastre. “Hay que darle  ritmo”, dijo  Maturana. Y se empecinó. Prefirió a un jugador que cambiaba la camiseta de Colombia por  unas playas. Y dejó en la banca  un sabor a injusticia, a amargura.

Nadie puede  sentirse feliz de quedar por fuera  de un partido si se mata en los entrenamientos, si cambia comodidades por sacrificios, si se somete a un régimen de disciplina. Pero  esa es la ley del  fútbol: sólo  juegan once. Lo que no puede aceptar jamás un futbolista,  por servil que sea, es perder el puesto con un individuo que ni siquiera asiste a las prácticas. Adolfo Valencia, Víctor Aristizábal, Anthony  de Ávila e Iván René Valenciano no hablaron. Pero el resentimiento comenzó a crecer.

Días antes de la Copa  América, por los primeros días de mayo y en un partido de preparación ante  los Estados  Unidos,  Valencia había insinuado  su resentimiento en Miami. “Hoy juego, claro. Pero seguro, cuando llegue Asprilla lo colocan porque sí, aunque yo me haya matado  por  el puesto”. También  había presentido  lo que ocurriría. Por la tarde de aquel 5 de mayo El Tren selló su traspaso al fútbol  europeo. El Bayern de Munich lo esperaba. Y la polémica.

Porque la relación entre Adolfo Valencia y Francisco Maturana estuvo marcada desde el principio por la polémica. El técnico no lo quería, pero algunos sectores de la prensa presionaban. En aquella Copa América de Ecuador la situación se hizo insostenible. Hernán  Peláez y Edgar Perea, periodistas de Caracol, le gritaban al mundo que El Tren tenía que estar. Maturana apenas lo colocaba por momentos.  Se inclinaba, dentro  de su lógica, por Asprilla y Tréllez.

Con ellos dos salió para el primer juego de las Eliminatorias al Mundial, el 1 ° de agosto de 1993. Asprilla no alcanzaba su mejor nivel, Tréllez luchaba contra  la oposición de medio país. El 0-0 final de aquel debut ante los paraguayos en el Metropolitano de Barranquilla fue casi una bofetada para los colombianos. Faustino Asprilla pasó de héroe a villano. Y los diarios lo señalaron como el gran responsable del punto perdido, no sólo por el penal que desperdició, sino por su excesivo individualismo.

Sin embargo, Maturana y Gómez le apostaron de nuevo. El 8 de agosto, ante  Perú,  en Lima,  estuvo otra vez entre los once  que iniciaron. Y otra  vez fue fracaso lo suyo. La  presión aumentó, pese  a  la  victoria 1-0. Ya  para  el  tercer compromiso de  la Eliminatoria se hacía casi imposible la presencia de Asprilla. El rival era Argentina, líder del grupo, invicto en 33 partidos y campeón de la reciente Copa América. Cualquier resultado que no fuera victoria sería el acta de defunción para Colombia.

Entonces, tal vez por convicción, tal vez por presión, Maturana cambió. Dejó en la suplencia a Asprilla. Y a Tréllez, Gómez y Álvarez. La Colombia de  esa  tarde del 15 de agosto fue otra en Barranquilla. Sobre  los dos minutos del  juego, Iván  René  Valenciano tocó su  primera  pelota  en  la Eliminatoria y dejó  estático a Sergio Goicochea. Fue  gol. Asprilla  empezó a sufrir. Su gesto y su silencio así lo decían.  Al final de los 90 minutos se le vio serio. Colombia celebraba el 2-1 sobre Argentina y el primer  lugar  del grupo. (El segundo tanto colombiano fue de Valencia; el de Argentina, de Medina Bello). Entre pitos, banderas, gritos y aguardiente se  fue  la tarde.  Y con la  noche   llegó  la  fiesta  al Hotel Dann. Hubo orquestas, hubo  baile,  hubo  risas.  De  Faustino Asprilla  no se supo nada. Pero en la madrugada del lunes 16 el rumor se coló por entre los huéspedes del Dann.

“Asprilla se voló”, dijo  un periodista barranquillero.

Y se encendió el escándalo. Hacia  el mediodía  de aquel  lunes,  ya  toda  la prensa  del  país estaba  enterada del  asunto. Faustino Asprilla  se  había  escapado de la concentración, molesto por haber estado de suplente en el partido con los argentinos. Una  rabieta  más del niño terrible, un desplante más del jugador indisciplinado.

Ese  día,  las primeras palabras las pronunció Juan José Bellini, presidente de la Federación Colombiana de Fútbol: “Un  jugador que actúa así no debe  volver  a vestir la camiseta de Colombia”. Pero sólo unas horas más tarde se retractó, como volvería  a ocurrir en julio de 1994 con otras declaraciones igualmente fuertes. El final de este  episodio fue  lamentable, aunque se  lo  tiñó  de positivo.

En una  rueda de prensa, citada  por el cuerpo técnico de la Selección, Asprilla  fue  perdonado. Se dijo  allí que  los  mismos jugadores habían  pedido su  reintegro. Y nadie buscó nada más. El futbolista volvió y prometió que no habría  más desórdenes por su culpa. Francisco Maturana lo disculpó de  nuevo  diciendo:  “Es  un  niño, sólo  un  niño  bueno, no  sería  capaz  de  hacerle daño a nadie”. Por  su parte, Javier Gaitán, periodista de CM&, alcanzó a advertir: “Como precedente es nefasto”.

***

El 5-0 sobre Argentina tapó  los desmanes de  Asprilla. Para  muchos, esa  fue “su  gran  noche”. Hoy sería todo un  gesto de cordura, como dice  Joan Manuel Serrat, desenterrar la verdad  futbolística de Faustino Hernán Asprilla. Cuenta su historia que por allá por 1991 comenzó a asomar como un  tipo  genial  en la cancha. Jugaba para el Nacional, y con el Nacional ganó el título colombiano de ese año. Impredecible, veloz,  hábil, intuitivo y creativo, con  esa camiseta mostró lo mejor  de su repertorio.

En  febrero de  1992 fue  convocado por  Hernán Darío Gómez. Tenía el puesto asegurado en la Selección Colombia Sub-23 que disputaría un cupo  para los Juegos Olímpicos de  Barcelona. Allá,  en  Paraguay, también brilló Asprilla. Y ese equipo, que de su mano se cansó de arrumar elogios, terminó en el segundo puesto (perdió 1-0 ante  los  locales  el encuentro decisivo). Asprilla   Colombia presagiaban grandes cosas para la Olimpiada.

Pero la histeria de siempre se repitió. Es distinto llegar a un campeonato como uno  más a llegar como opcionado al título. Y es distinto en todos los sentidos. Al fútbol de  Colombia, y decir  Colombia es decir directivos, periodistas, entrenadores,  jugadores y aficionados,  esas  diferencias parecen  no  interesarle. En  los Olímpicos, como pasaría  con el Mundial de Estados Unidos,  se pagó muy caro ese descuido.

Y se pagaron  caras,  como en Estados Unidos, las ilusiones transformadas en obligaciones. Al equipo de Hernán Darío Gómez se le exigió  una  medalla  desde  el día en que  terminó  el Preolímpico  de  Paraguay. Pero jamás llegó esa distinción. Al contrario, lo de Barcelona fue un fracaso rotundo, en lo deportivo y en lo organizativo. (Colombia perdió ante España  4-0 y con Egipto 2-1  y empató con  Qatar 4-4). Y dentro de ese fracaso Asprilla desempeñó un papel  decisivo. Porque fue  negligente en la cancha. Porque fue individualista. Porque intentó hacer  él solo  lo que  su  equipo no  podía.  Y le negó a ese equipo la posibilidad de asociarse. En aquella Olimpiada Faustino Asprilla jugó, literalmente, para Faustino Asprilla. Se pasó de revoluciones para demostrarle al mundo que él era la gran figura. Y se equivocó, claro. Pero un año después mu y pocos recordaron aquella equivocación. No la recordaron por ese “estigma tropicalista de ignorar los  matices, por  esa  manía  colombiana de estar  siempre en  los extremos”, según frase de Carlos Antonio Vélez.

En 1993 Asprilla, que  jugaba en el Parma,  era una de las sensaciones de la liga italiana. Un gol suyo acabó con el invicto  histórico de 58 partidos que ostentaba el Milán; otros dos frente al Atlético de Madrid le otorgaron a su equipo  el tiquete  para jugar la final de la Recopa,  y tres más le dieron  una victoria mágica a su cuadro frente al Torino. Esos  tantos fueron  suficientes para que  en Colombia lo llamaran “el mejor del mundo”. (El Tiempo, septiembre 20 de 1993, pp. 1 A y 1 D).

Como un ídolo,  casi como un dios, llegó Asprilla a  jugar las Eliminatorias de USA 94. Ya está dicho:  su única buena presentación fue en Buen os Aires el 5 de septiembre. Con  ese partido, en el  que los argentinos, desesperados por tener que obtener un resultado l e regalaron espacios para su velocidad, toda Colombia se dejó engañar. Con  un partido se borraron sus fallas, y por un partido se le rindió pleitesía…  una vez más.

Ese error no lo perdonaría  el fútbol.  O el destino, como se quiera. El fenómeno Asprilla fue decisivo para los acontecimientos de junio y ju lio de 1994. Es que el fútbol  no es sólo poseer  una gran técnica o una velocidad  insuperable. En el fútbol no se gana por nombre o por los goles que ya están archivados. El fútbol es otra cosa… mucho más compleja, mucho más profunda. Y no se deja engañar  por  luces artificiales.

O por momentos de inspiración. Porque sí, la inspiración se  produce  en  el fútbol, eso  dicen.  Pero  no puede ser una constante en la vida de un jugador, aunque a alguno le parezca un contrasentido. Es que cuando  esa inspiración se transforma en regularidad ya no lo es más. Pasa a llamarse de otra  manera, y, también,  de otra  manera se  produce.  Lo de  Asprilla es inspiración, lo de Carlos  Valderrama  es calidad.  ¿Y la diferencia dónde está? ¿En qué consiste?

De  repente,  a un futbolista le queda  una  pelota servida al borde  del área rival. Uno  hará lo que el instinto  le ordene: si la jugada sale bien, dirá después  que es inspiración. Otro  terminará la maniobra  de acuerdo con su  experiencia  e inteligencia. Seguro,  el primero, por esa “inspiración”, finalizará bien una jugada de diez posibles.  Con el segundo, el  final de la película  será totalmente al revés, de diez posibilidades  se equivocará en una, o máximo, en dos. Lo de este último  ya no se puede llamar inspiración. Será calidad, talento, inteligencia, experiencia… Pero  no inspiración.  (¿Por qué llamar inspiración  al final  de  una obra  pensada  por  su  autor mucho tiempo? (Acaso alguien podría decir que el Guernica de Picasso es inspiración, cuando  el artista  trabajó su estilo, sus  ideas, sus  formas  y colores  durante  años y años?

Vivir permanentemente inspirado, eso es calidad. Actuar por ráfagas, eso es inspiración. Con la Selección Colombia, Asprilla sólo mostró ráfagas de su talento natural.  Y ahí estuvo  uno de los errores  más graves de toda esta historia. El país, todo,  se convenció  de que esas ráfagas eran calidad. Y que por lo tanto había que hacerle caso al jugador hasta en el mínimo capricho.  Para mantenerlo contento,  motivado,  dispuesto; para que no se fuera… para que le hiciera a Colombia el favor de jugar el Mundial de Estados Unidos.

Es que a Asprilla quisieron hacerlo ídolo simplemente porque en Colombia no hay ídolos. Nunca  los hubo. Aquí los ídolos son de barro. Inventados  por la prensa. Ni se les quiere ni son ejemplo de nada, porque  además no  tienen   ningún ejemplo para dar.  Son  hombres surgidos  de la miseria,  llevados al cielo en un par de días y devueltos al barro en otros dos.  Asprilla jamás  tuvo  la culpa  de que lo inventaran como ídolo. Su error fue creerse ídolo.  Y aprovecharse de su condición. Su culpa fue transgredir una y otra  vez las normas.

La verdad del 5-0

Pero, ¿cuál  fue la verdad  de aquel  trascendental  juego ante  los argentinos? ¿Cuál fue la realidad  de esos 90 minutos? ¿Por  qué  los colombianos se dejaron engañar por  un  resultado? Las  respuestas no son  tan  sencillas. Y mucho menos  inmediatas. Hay  que  devolver la cinta muchos años   para  llegar  a  una  conclusión. Hay que situarse, por  ejemplo, en el Mundial de Chile 62, cuando Colombia jugó su primera Copa del Mundo. Cuando todavía los jugadores salían a la cancha a ganar por gloria, no por dólares. Cuando aún representar a  un país era una distinción.

Por  aquel  entonces Colombia no significaba nada en el mundo del fútbol. Era, poco más o menos, lo que ha sido Venezuela en  los  últimos años. El profesionalismo  era una  mezcla  de amor por la camiseta y exiguas ayudas  económicas. La Selección era una quijotada. Los jugadores se hospedaban en  hoteles de  tercera, se  alimentaban mal y a veces hasta tenían que lavar sus propios uniformes. Nadie les regalaba  nada, nadie les prestaba la mínima  atención. En esas condiciones eliminaron a Perú -en juegos  de  ida  y  vuelta,  1-0 en  Bogotá   y  1-1 en Lima-y clasificaron al Mundial.

A Chile llegaron sin escándalos,  con  un  puñado de  hinchas,  las valijas, y una frase  de  Adolfo  Pedernera, el técnico,  metida en lo más profundo de su ser: “Nada  podemos  perder y, en el peor de los casos, ganaremos experiencia”. Esa humildad, ese bajo perfil, los transmitieron Cobo Zuluaga, Maravilla Gamboa,  Cuca Aceros  y Caimán Sánchez a la generación  que llegaba. De un solo golpe no podían, ni ellos ni los que venían detrás, quebrar ese dominio argentino que marcó al fútbol profesional  colombiano desde sus comienzos, en 1948.

Aquellos eran, todavía, años clasistas en el fútbol. A los argentinos se les pagaba el triple o más, y siempre en la fecha que correspondía. Los colombianos tenían que conformarse con los restos. La situación creó resentimientos, es obvio. Pero  no  cambió.  La humildad  se convirtió  en un complejo  de inferioridad racial, social, cultural y futbolístico.  El jugador colombiano sentía pánico al enfrentar  a los argentinos, a los brasileños o a los uruguayos.  Se creía menos. Salía al campo convencido de que lo mejor que le podía pasar era no salir goleado, humillado.

El primer  resultado  importante de una Selección Colombia ante  Argentina  se dio en 1971. Fue durante un  torneo  preolímpico  celebrado  en  Bogotá,  cuando el conjunto que dirigía el yugoslavo Toza  Vaselinovic igualó a unos con los argentinos y obtuvo  la clasificación para la Olimpiada de Munich. El gol del empate lo anotó Adolfo  Andrade,  a quien  llamaban El Rifle, sobre  los últimos  minutos  del partido.  Y fue celebrado  a rabiar por un estadio que no estaba acostumbrado a ganar, por un  público  conforme que  ya aceptaba  de  buena  gana perder  por 1-0.  Era la primera  vez que  Colombia no perdía con Argentina.

Hacia   1977 llegó  a Cali Carlos Salvador Bilardo. Fiel siempre a lo que  aprendió de su maestro Oswaldo Juan Zubeldía, empezó a trabajar con la mentalidad de sus  dirigidos. Comprendió  que  quien piensa  que  va a perder, pierde irremediablemente. “Mirá,  yo  tenía que colocarles en las paredes de los vestuarios las tapas de la revista El Gráfico para que vieran que los argentinos eran  como ellos,  para  que  se acostumbraran”, dijo  en febrero  de 1994 Bilardo. Pero  cuando expresó que  Colombia  estaba  agrandada y declaró que  el 5-0  del  Monumental  no  significaba  q u e  Colombia fuera   cinco veces más que Argentina, se armó la polémica en el país. Los  diarios,  las  revistas   y los  noticieros lo calificaron de mentiroso. “¿Cómo viene  a decir eso  este señor después  de todo lo que Colombia le dio?”. “Es increíble que una persona pueda llegar a ser tan  ingrata”, decían. Como si la gratitud tuviera algo  que  ver con  la verdad, como  si  las  palabras  del  argentino hubieran tenido la intención  de ofender. A Bilardo no le perdonaron sus verdades.

Lo trataron de resentido. Y con ese manto se cubrió la realidad una vez más. Nadie se preguntó por qué iba a ser resentido un  técnico que  lo había  conseguido todo con la Selección de Argentina: campeón del  mundo en 1986  y subcampeón en  1990.  Nadie permitió que  sus comentarios fueran una hipótesis que  llevara a una conclusión. No, su nombre fue tachado, igual que su imagen, igual que sus opiniones. Hasta Hernán Darío Gómez y Francisco Maturana se subieron a ese bote. “Está loco, no sabe lo que dice”, fueron sus declaraciones.

Lo que más le dolió a la prensa  nacional, y por ende, al público, fue que  expresara abiertamente que Colombia no era favorita para ganar el Mundial. Una  muestra más de la ceguera a la que llegó el país con su Selección. También  le ocurrió  a Pelé, cuando  criticó  los lujos de Freddy Rincón ante el Milán de Italia (seamos claros, la segunda línea, y desgastada, además, del Milán de ltalia). Fue  esa  otra  de  las  razones  del fracaso posterior:  La intolerancia. La intolerancia impidió  que  se  pudieran solucionar algunos defectos,  que se dijera  la  verdad.  Colombia no escuchó  consejos,  sencillamente  porque se creyó perfecta en su fútbol. Y, obviamente, se derrumbó cuando  apareció  el primer  obstáculo.  Allí, ante el primer obstáculo, mostró su verdadera esencia. Su verdad. Lo anterior, todo lo anterior, había sido adorno, mentira.

***

El 5 de septiembre de  1993, la Selección  Colombia de fútbol  arribó  en pleno al estadio  de River Plate, sobre las cuatro  de la tarde. La recibieron con gritos  hostiles y gestos amenazantes. Argentina  se  jugaba su  paso al Mundial en ese partido y ya a esas horas pocos creían en el cuadro de Alfio Basile. Cuarenta minutos después de su llegada, los colombianos salieron a reconocer el terreno,  una forma  de  decir,  a probar  al público.  Estaban tranquilos. Córdoba saludó a la tribuna,  como  si nada. Rincón hizo bromas con Barrabás, Asprilla salió a hablar a través de un teléfono  celular.

Ese gesto, y en aquel instante, fue maravilloso para Colombia. Asprilla estaba de ídolo. “Ese negro tiene mucha personalidad”, decía la gente. A los diez minutos él y sus compañeros se devolvieron  al vestuario,  donde iniciaron  esa mística rutina de vendajes, ungüentos, masajes y ruegos que antecede un partido. En la charla técnica, Maturana les recordó a sus  jugadores que salieran tranquilos, que ya habían cumplido. Al final les dijo: “Respeten a los argentinos, ellos tienen un país grande y un fútbol grande. Se merecen respeto”.

Afuera, la  tribuna no  cesaba   de  cantar, siempre dirigida por  las barras  ubicadas detrás de  los arcos. De cuando  en cuando, se metía  con  algún colombiano que mostraba su bandera y le dedicaba un estribillo insultante. Aquello parecía  más el circo romano que  un estadio de fútbol. Las calles de Buenos Aires  y de rodo el resto del país  estaban vacías.  Había llegado  el  momento esperado.  Por  dos  horas, a Argentina dejó  de  interesarle todo lo que no tuviera  que ver con el fútbol. Y a Colombia, por  supuesto, también.

Al  principio el  partido fue  un  monólogo.  Argentina atacaba  por  todos lados. Por  abajo, por  arriba, por los costados, por el centro. En sólo diez minutos Gabriel Batistuta había  perdido dos  opciones  claras de anotar. Podía haber  goleada, ese  era el sentimiento general  en Núñez. Cuando el reloj marcó el minuto 40 de la primera parte, Colombia llegó por  vez primera al arco de Sergio Goycochea. Fue por una  jugada  solitaria de Rincón, que amagó  dos veces dentro del área y soltó un disparo fuerte al primer palo. Tres minutos después se comenzó a escribir la historia.

Valderrama recibió un balón  en su campo y se fue en diagonal, de izquierda a derecha. Esquivó a dos rivales y metió uno  de esos  pases que sólo él puede  meter, por la mitad de la defensa argentina. De atrás surgió Rincón, como un fantasma, enfrentó al portero, lo eludió hacia su  derecha y marcó el  1-0.  Estupor en  Buenos Aires, gritería en Colombia. A partir de entonces el juego  fue una  locura. Pero  no  porque los colombianos hubieran impuesto su ritmo, sino porque los argentinos se fueron con  todo a buscar  el empate.

En  medio de ese  desorden, surgió el Asprilla todos querían ver. Tuvo libertad y espacio, y los supo aprovechar. En  un  contraataque anotó el 2-0.  Argentina  se  fue  por  el  descuento, sin  tomar precauciones. En siete  minutos tuvo cuatro, cinco, seis oportunidades claras de gol; Córdoba las salvó todas. Llegó el momento  del  3-0.  De  nuevo  Asprilla, suelto, libre,  con  todo el  campo a su  disposición. Metió un  pique  de  50,  60 metros, arrastró a toda  la defensa argentina y llegó  a la última línea. Goycochea tapó su  remate, pero  el rebote le llegó a Leonel Álvarez, quien  buscó el fondo e hizo el centro hacia  atrás. Rincón volvió  a aparecer y le pegó mordido a la pelota. !Gol! Lo demás  fue desesperación para  Argentina. El  4-0 lo consiguió Faustino Asprilla después de robarle una pelota a Borrelli en tres cuartos de cancha, y el 5-0, Valencia, luego de un pase de Asprilla. En siete  ocasiones llegó Colombia al arco  de Sergio Goycochea. Anotó cinco goles.  En  realidad, un  accidente del fútbol que se repite cada muchos años.

Hacia  las ocho de  la noche  de  aquel  domingo el estadio de Núñez mostraba una  imagen   insólita. Ahí estaban todos juntos. Las “barras bravas” de Boca,  San Lorenzo, Racing, Temperley, Al!Boys. “Patoteros” que meten miedo. Muchachos y viejos  con  los ojos  inyectados  de odio hacia  una  sociedad de la cual se han  marginado. Allí estaban ellos,  todos juntos. Y aplaudían a los  colombianos. Como Diego Maradona, de pie en  la tribuna. Como los otros hinchas, menos violentos, pero igual de apasionados.

Se quedaron allí por  mucho tiempo. Diez, quince, veinte minutos. Una eternidad…  Para llorar. Para cantar de nuevo “vamos, vamos, Argentina, vamos, vamos  a ganar”. Para  recordar. Después se marcharon, en silencio. Unos a la Boca, otros a Villa Fiorito, otros al centro…  Llevaban un  aliento amargo, un  aliento a bronca. Para  ellos  el fútbol siempre fue  vida. Y la vida siempre la pagaron a plazos con fútbol. Ese 5 de septiembre tocaron fondo. Cada  uno,  a su estilo, lo entendió.

La muerte olvidada

Los colombianos se subieron al primer vuelo  de Avíanca  el  lunes   siguiente. Convivieron durante las  siete horas que  duró el  trayecto desde  Buenos Aires  hasta Bogotá con  periodistas, hinchas, directivos y curiosos. Como iban  de ganadores, no  había problema en que la intimidad se quebrara. Brindaron con  ellos,  y con ellos se desahogaron de  tanta  rabia  contenida hacia  Argentina. “Por fin…  y ojalá  nos encontremos en  el Mundial para volverles a ganar. iPedantes!”  Freddy Rincón era uno de los más eufóricos. Había  vengado años y años  de humillaciones. Por  lo menos así lo sentía esa mañana.

El  vuelo  arribó a Eldorado hacia  las cuatro en  la tarde. Desde el mediodía la avenida que llega al aeropuerto se  encontraba repleta de aficionados. Estaban  felices, como la noche  anterior, pero  también sentían rabia. Todavía sentían rabia, esa rabia nacida en el periodismo, patentada en el periodismo y que explotó en las calles el 5 de septiembre. Banderas azul celeste  y blanco quemadas  aún  yacían  en  el suelo  junto con restos de aguardiente, ron,   harina  y  pólvora. La  Policía empezaba  a reportar los innumerables casos de violencia y los muertos de la celebración. Para  muchas familias,  un  partido de fútbol y una victoria se habían  transformado en una pesadilla.

Ese detalle apenas si quedó registrado en los diarios. No  hubo una  sola  voz  que  analizara, que  fuera  capaz de decir: “Este es el producto del odio inculcado a través de  los  medios de  comunicación hacia  los  argentinos”. “O esto es lo que  produce una sociedad hecha de rencillas, resentimientos y complejos de inferioridad”. Para encubrir la estupidez y la barbarie, la prensa  optó por recordar que en Bélgica, hooligans ingleses habían  asesinado a 41 fanáticos, el 30 de mayo de 1985, en el estadio de Heysel, Bruselas, cuando Juventus y Liverpool jugaban  el partido decisivo de  la Copa Europea de Clubes.

No  recordó, claro está,  que  por  ese  motivo la primer ministra británica, Margareth Thatcher, dispuso la entrega  de  250.000 libras esterlinas a  los  damnificados, y que tomó todas las medidas  para castigar, como en efecto castigó, a los  responsables. Tampoco recordó que  la UEFA (Unión Europea de Fútbol Asociado) sancionó a todos los clubes ingleses con cinco años  de suspensión para  cualquier competencia internacional. Ni  recordó que a raíz de esa tragedia los hooligans empezaron a ser perseguidos en todas partes  del mundo.

Fueron más de 100 los muertos de ese domingo septembrino. Por  lo menos, esa es la cifra  que  dan los diarios. El  5-0  también  hizo olvidar a las víctimas. No hubo minutos de silencio ni entierros colectivos ni ayudas para los familiares. El presidente Gaviria  no dijo una palabra  al respecto. Recibió a la Selección Colombia en El Campín para condecorar a sus  integrantes con  l Cruz de Boyacá. Esa noche, los futbolistas y Maturana, en pleno,  le pidieron al Presidente que  dejara  en libertad a René Higuita, quien  estaba  recluido en  la Cárcel Modelo de Bogotá desde  el 9 de  junio. Cumplía una condena por haber  intercedido en  la liberación de  la hija  del  narcotraficante Luis  Carlos Molina Yepes. “Había que  entender la situación, estábamos en  un momento de gloria  y parte  de esa gloria  le pertenecía a René”, dijo  Maturana después. Estaban en la gloria y por eso creían  que  podían hacer  lo que  se les antojara.

Desde entonces, Colombia  no  dejó  de  respirar fútbol. Y la nueva  moral  de signo pesos  se apropió de ese  deporte. Ya  no  fueron sólo  los  dineros de  oscura procedencia los que  lo invadieron. Las empresas privadas  también se anotaron  en  la lista con gruesas sumas -antes de  las  Eliminatorias, ya Bavaria  había  decidido  patrocinar a todas  las Selecciones Colombia-, así como los medios de comunicación y las agencias de publicidad. El  fútbol y  sus  jugadores contaminaron todos los espacios de la vida nacional. Tanto, que  terminaron por contaminarse a sí mismos.

El fútbol dejó  de ser  un  simple juego.  Creó muchos  intereses, y esos  intereses lo devoraron. Sus  jugadores no estaban acostumbrados a tanta fama,  a tanto dinero, a tanta lisonja. Los periodistas no supieron manejar esos instantes de  gloria. Al  revés,  los  despilfarraron. Y los directivos asesinaron la fuente de sus  riquezas por no saber  qué  hacer con  tanta  riqueza y cómo conseguir más. Todos descuidaron el fútbol, al pretender vivir del fútbol.

Es  como para  no creerlo. En  Argentina, en  Uruguay,  en  Brasil,  en  Italia,  en  Alemania, el fútbol nació hace más de  120 años.  Desde entonces hay campeonatos,  periodistas que  registran cada  juego  y aficionados que hablan de fútbol en largas tardes  de café. Esos  países han ganado títulos del mundo, medallas olímpicas, campeonatos internacionales… Produjeron futbolistas históricos, mágicos, que llevaron el fútbol  a otros países. Ciento veinte  años  para  aprender, para  crecer, para  entender que el fútbol no es únicamente lo que se ve en la cancha. Y todavía se equivocan. Todavía quedan por fuera de los Mundiales. Colombia, en cambio, con  escasos 46 años de vida futbolística, ya aspiraba a una Copa  del Mundo.

***

El año  de 1993 cerró para el fútbol colombiano con  el título de  Atlético Junior y con  la distinción otorgada por  el diario El País, de Montevideo, a Carlos Alberto Valderrama como el mejor jugador del año.  El triunfo de  Colombia sobre Argentina en Buenos Aires  y  la muerte de  Pablo Escobar, ocurrida el 2 de  diciembre en Medellín, fueron seleccionados como los dos acontecimientos más importantes de los doce  meses que estaban por concluir. No  tenían  nada que ver el uno con el otro. No obstante, sus protagonistas sí tuvieron nexos durante muchos años. Pero esa es otra  historia.

El 16 de diciembre, en Las Vegas, Estados Unidos, se supo por fin en qué grupo quedaría Colombia y cuáles serían sus rivales durante el Mundial. Ese grupo, el C, y los rivales, Rumania, Estados Unidos y Suiza, terminaron  de inflar el globo. Como no eran  Alemania ni Italia ni Holanda ni Brasil,  no habría  problemas, pensaron muchos. Incluso Francisco Maturana, por lo general  tan reservado, dejó  escapar su alegría  ante  los  micrófonos ese mismo día. “Es uno de los menos complicados, quizás, el grupo más accesible,  pero eso  no quiere decir  que sea fácil. Todos los  equipos en  un  Mundial son  difíciles”, afirmó.

De  nuevo se perdió la memoria. Se minimizó a Rumania,  que  en  el Mundial de  Italia había sido  una  de las gratas revelaciones. Se despreció a Estados Unidos, sin siquiera advertir que los norteamericanos no dejan el más pequeño detalle  al azar.  Y se  ignoró a Suiza,  que había obtenido su clasificación por encima de Portugal e Italia. El 17 de diciembre de 1993 había por todo el país un sentimiento de tranquilidad. Era una  confirmación: Colombia estaba  clasificada  de antemano, sin necesidad de medirse a nadie, para la segunda fase del Campeonato. Las  vacaciones de fin de año fueron para muchos la ocasión para firmar la papeleta de clasificación.

* Este es el primer capítulo del libro Pena Máxima, Un juicio al fútbol colombiano (Editorial Planeta). Los restantes se irán publicando cada tres días en este mismo espacio de El Magazín.

 

Fernando Araújo Vélez

La primera convocatoria de 1994 la hicieron Maturana y Gómez en enero y los primeros entrenamientos se realizaron en el Club de Bavaria, al norte de Bogotá. Francisco Maturana, Hernán Darío Gómez y Juan José Bellini marcaron los lineamientos iniciales de lo que sería la preparación del equipo para llegar en 10 puntos al Mundial de Estados Unidos.

Derroteros generales, porque de lo que se acordó en aquella reunión quedó muy poco. Diversos intereses y personajes incidieron para que el proceso se transformara. El manual del fútbol, la lógica del fútbol, quedaron relegados. Dicen los entendidos, los estudiosos, que toda preparación para una competencia importante debe iniciarse con rivales débiles, pues el ritmo se debe adquirir lentamente. Que en la segunda parte debe subir el nivel de esos contrincantes, pues ya el equipo, supuestamente, está en su máximo nivel. Y que, al final, debe retomarse a los rivales livianos para evitar lesiones de consideración y que una eventual derrota perjudique la moral de los futbolistas.

Esa es la teoría, por la cual, además, se han regido todos los últimos campeones del mundo. Es claro, también, que el plan de preparación tiene que series de utilidad al técnico y a los jugadores. A nadie más. Sin embargo, ninguna de es tas premisas se cumplió en el caso de Colombia porque muchos metieron la mano y porque la prensa y la afición no entendieron lo que son los juegos de fogueo. Se pretendió sumar cuando no había nada que sumar. A la Selección la presionaron antes del Mundial. Se suponía que no podía perder, siquiera, los juegos de entrenamiento. En general, esos encuentros se tomaron como si fueran de alta competencia.

El primero de esos partidos fue en Barinas, ante Venezuela. Colombia ganó 2-l (goles de Valenciano y Tréllez). Un resultado lógico. Sin embargo, las críticas se iniciaron desde ese momento. Que Valderrama está muy lento, que la defensa aún no trabaja armónicamente, que Harold Lozano tiene que estar desde el comienzo, que Víctor Aristizábal es un invento de los técnicos, que Barrabás Gómez no puede estar en la Selección Colombia … Desde el primer partido la prensa mostró esa tendencia que la acompañaría durante todo el año: crítica o elogio, nunca un matiz.

Entre tanto, la presión aumentaba. Ya era casi una obligación obtener la Copa del Mundo. Los comentarios que llegaban desde el exterior alimentaban la vanidad. César Luis Menotti dijo que Colombia era una de sus favoritas en el Mundial. Algo similar comentaron Arrigo Sacchi y Johan Cruyff. Titulares a seis columnas con esas declaraciones. Pero ni Cruyff ni Sacchi conocen Colombia; Menotti vino tres días en 1979. Por eso no pueden conocer la realidad colombiana, la manera de pensar de sus habitantes, la cultura, la historia. En aquel entonces hablaron de lo técnico y de lo táctico. Y tenían razón: por esos dos aspectos Colombia podía llegar a la final de USA-94.

Una semana después del partido en Barinas, Colombia viajó hacia Arabia Saudita a enfrentar al equipo de aquel país, clasificado al Mundial y dirigido por el holandés Leo Beenhaker, ex técnico del Real Madrid. Una buena oportunidad para conocer un mundo diferente y un fútbol por el que nadie apostaba. Colombia jugó bien los dos partidos ante Arabia, el 6 y 9 de febrero: empató el primero 1-1 y ganó el segundo 1-0. No obstante, ya empezaba a presentarse un problema: Oscar Córdoba era la gran estrella del equipo. Cuando el arquero de un onceno se convierte en figura es porque el rival llegó con mucha frecuencia y peligrosidad a su arco.

La lectura, a la colombiana, fue a la inversa: “Tenemos uno de los mejores porteros del mundo”. Córdoba fue factor determinante para los buenos resultados de la primera gira. Ante Fiorentina de Italia, que lideraba la segunda división, sostuvo un duelo individual con el argentino Gabriel Batistuta. Como había ocurrido el 5 de septiembre en Buenos Aires, esa noche el colombiano le atajó balones casi imposibles al argentino. Casi que el partido se centró en ellos dos. El enfrentamiento Córdoba-Batistuta disimuló la lentitud de la defensa colombiana y la poca sincronización que existía entre los volantes de recuperación y esa última línea.

Nadie recapacitó, pero Batistuta, solo, sin compañía, generó seis posibilidades de gol y seis veces salvó el portero la situación. ¿Dónde estaban los defensas que debían controlar al argentino? ¿Dónde el mecanismo para contrarrestar el desequilibrio de un hombre capaz? ¿Dónde la famosa máxima de “tenemos la pelota todo el tiempo para que el contrincante no la toque y no produzca situaciones de peligro?” El encuentro terminó igualado 0-0. Para unos fue buena la producción de Colombia. Otros dijeron que debía haber ganado. El equipo, o sea, jugadores, técnicos y dirigentes, se mostraron optimistas. En cierta forma, pensaban como el país. “Si así, con unos pocos titulares, nos va tan bien, ¿cómo será cuando estén todos?”.

La frase la pronunció Diego Barragán, preparador físico, pero igual hubiera podido ser de cualquier otro. Era la tónica general del grupo. No lo decían abiertamente, pero en la intimidad se empezaban a sentir campeones. Lo mismo creía gran parte de la prensa. Unos y otros alimentaron esa convicción. Luego fue el país el que se convenció.

El vacío de Valderrama

El cuarto juego de aquella gira resultó histórico. En el estadio Orange Bowl de Miami, Colombia enfrentó el 18 de febrero a la Selección de Suecia, calificada para el Mundial y una de las novedades europeas. Los suecos no llegaron con sus titulares, pero de cualquier forma se entregaron . A ellos también les convenía ganar en experiencia. Al comienzo el trámite fue parejo. Colombia trataba de tener el balón apoyada en la clase de Carlos Valderrama. Suecia intentaba romper ese esquema con profundos contragolpes. Sobre el final del primer tiempo, el país entero se estremeció. El Pibe fue a trabar un balón en tres cuartos de cancha y recibió un planchazo. Estuvo tirado en el suelo por cinco minutos. Pero reaccionó con violencia en la siguiente jugada y fue expulsado.

Después se supo: había sufrido una ruptura parcial en el ligamento cruzado anterior de su rodilla derecha. A esas alturas, febrero de 1994, era casi como quedar por fuera de la Copa. “Es difícil que yo reaccione, pese a que siempre están tratando de provocarme. Ante los suecos me calenté porque sentí, apenas recibí el golpe, que era de quirófano. En un segundo me pasó de todo por la cabeza, hasta la posibilidad de quedarme viendo el Mundial por la tele. Son momentos de ira, momentos en los que no te puedes controlar”. Valderrama no habló demasiado de su lesión. Tampoco de su reacción, pero vivió el drama segundo a segundo. Sólo su fuerza de voluntad, su amor por el fútbol, consiguieron colocarlo entre los once que enfrentaron a Rumania el 18 de junio.

En esos días expresó por vez primera su deseo de ganar el Campeonato del Mundo. En una entrevista publicada por la revista Cromos el 21 de marzo, dijo que eso era lo único que le faltaba en la vida. Cuando le preguntaron si el favoritismo y la confianza no eran exagerados, respondió: “Tal vez por parte de la afición y del periodismo. Nosotros no nos sentimos campeones ni nada por el estilo, hemos trabajado mucho en ello. No hay problemas. Estamos claros en que mejorando lo de Italia estamos cumplidos”. Un día antes del debut ante los rumanos, en Los Ángeles, se olvidó de sus declaraciones anteriores y sostuvo que Colombia llegaba al Mundial para llevarse el título.

Carlos Alberto Valderrama fue otro capítulo aparte en esta historia. Fue operado en el hospital San Ignacio de Bogotá el domingo 20 de febrero. Cuentan quienes pudieron visitarlo en su habitación que estaba acabado, desconsolado. Que lloró, que dijo que no alcanzaría a estar para el Mundial… Algún noticiero alcanzó a informar que inclusive se había cortado el pelo. Y esta no es una anécdota más, aunque lo parezca. Para Valderrama, como para muchos futbolistas, el cabello es una especie de talismán. Unos lo llevan largo, otros corto, pero para todos, o por lo menos para el noventa por ciento de ellos, el pelo es un amuleto. Decir que Valderrama se lo había cortado era como afirmar que estaba derrotado. No fue así. Después de la primera crisis, Carlos Valderrama se levantó. Se puso el overol y empezó a trabajar como cualquier muchacho de 20 años.

En Barranquilla, y al lado del profesor Hernández, kinesiólogo del Atlético Junior, el número 10 de la Selección comprendió que todo dependía de él. No se amilanó ante el dolor, no se quejó, no descansó. Si alguien quería jugar el Mundial, ese era Carlos Valderrama. A mediados de marzo le quitaron el yeso. A finales del mismo mes ya corría y realizaba ejercicios para fortalecer el músculo. A principios de abril dijo que quería jugar. El folclor colombiano surgió otra vez. Todos opinaron, todos polemizaron. Que sí, que no, que aún le faltaba. El cuerpo médico de la Selección,  Hernán Luna e Ignacio Zapata, se opuso; el de Junior lo apoyó.

El 30 de abril Valderrama volvió al fútbol en Paraguay. Con la camiseta número 10 del Junior, ante Cerro Porteño, por la Copa Libertadores, con la cinta de capitán, el pelo largo de siempre y un poco de temor. Poco a poco retornó a su ritmo, a sus pases de gol, a sus genialidades. Y lentamente recobró su lugar en la Selección. En mayo se incorporaron las estrellas de Europa y Brasil: Faustino Asprilla, Adolfo Valencia y Freddy Rincón. El equipo estaba armado, por lo menos en lo futbolístico. Valderrama, el líder natural, ya se había recuperado del rodo. La sociedad que tantas alegrías le había regalado a Colombia volvía a juntarse en las canchas. El talento, intacto. Las ganas, también. Sólo que…

Valderrama fue el estandarte de Colombia desde 1987, el mismo año en el que León Londoño Tamayo, entonces presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, le entregó la Selección de mayores a Francisco Maturana. Por su estilo, su calidad y su tranquilidad, fue desde un comienzo el líder natural del grupo. Ese año de 1987 El País de Uruguay lo escogió, por primera vez, como el mejor futbolista de Suramérica. Sus presentaciones en la Copa América de Argentina lo habían consagrado. Aquel Valderrama de 1987 obligó a las comparaciones. Ruud Gullit, Enzo Franchescoli. Incluso Diego Maradona. El siguió, igual que antes, igual que en sus años de fracaso con Millonarios. Jamás un desplante, nunca un gesto violento. Respuestas para todos, autógrafos para cualquiera.

En el 88 fichó para el Montpellier de Francia. Se marchó con la ilusión de abrir espacios para el fútbol colombiano, con su esposa Clara Ibeth y sus dos hijos, Linda y Alan. Otra vez el examen cada ocho días. Otra vez las conjeturas. No le fue bien. El técnico, Pierre Mosca, odiado en Colombia por el pecado de sentar al Pibe, no lo tuvo en cuenta. Jugaba por momentos, sólo por momentos. Así se le pasaron los días. Aprendió algo de francés, Au revoir Monsieur,  a marcar un poco, a tirarse al piso, a soltar el balón más rápido. Pero jamás pudo ser El Pibe. Con la Selección Colombia que jugó en el 89 la Copa América de Brasil y las Eliminatorias para el Mundial de Italia perdió el examen. Los fantasmas de Millonarios volvían. De nuevo las dudas. Dudas y más dudas. Hasta que llegó el Mundial, allí donde se conoce quién es quién. Allí donde el fútbol elige y decide.

Ante Emiratos Árabes y Yugoslavia, ante Alemania y Camerún, Carlos Alberto Valderrama fue más que antes, más que siempre. Pidió el balón, sin importar que tuviera dos o tres adversarios encima, lo entregó claro, se mostró como salida, fue gol y marca. Fue claridad y magia. Había trabajado duro ese año para llegar bien al Campeonato del Mundo. El invierno francés lo había pasado allá, metido dentro de un buzo de entrenamiento. Corriendo, haciendo pesas, sudando … Uno, dos, tres, y de nuevo a empezar. Luego se fue al Real Valladolid. Después, al Deportivo Independiente Medellín. Y por último, al Atlético Junior. Muchos clubes, muchos estadios, muchas críticas y aplausos. Sí, en 1994 él tenía que ser el líder del equipo. El hombre que impusiera el orden, los ritmos… Hasta la manera de comportarse dentro y fuera del terreno de juego. No lo fue. Algo se rompió en su interior. Hizo ‘crack’, y terminó con millones de sueños.

Siempre fue un tipo extraño Valderrama. Callado, para muchos, tímido; alegre entre los suyos solamente. Un tipo extraño. Diferente a todos los demás. Sin esas ansias locas de ser “el protagonista”. Sin la necesidad de encontrar su nombre en rodos los diarios. Seguro, fuerte, sincero. Un jugador que jamás se arrugó, aunque tuviera a todo el público encima y al campeón del mundo enfrente. “Yo me divierto jugando al fútbol, como lo hacía en Pescadito cuando comencé”, solía decir. Y no era falso. El Pibe siempre tuvo la capacidad de pensar dos segundos antes que el contrincante, e inventarse una maniobra sútil. Patrimonio de los genios. Pero algo pasó la víspera del debut en Estados Unidos.

A Valderrama se le rompió rodo. Dejó de ser el líder, perdió su batuta, extravió los papeles. Y lo más grave, el respeto de sus compañeros. El 18 de junio, en el Rose Bowl de Pasadena, El Pibe no fue el tipo sereno de antes. El jugador talentoso que se inventaba una y dejaba pagando a los demás. Ese día gritó, insultó, regañó, manoteó … fue otro Valderrama ¿o el que en esencia es? El lunes 20, Francisco Maturana dijo: “El equipo está descompuesto porque Carlos (Valderrama) no ha ejercido su liderazgo dentro del campo. Lo perdió, y un equipo de fútbol sin líder es como un barco a la deriva. Ya no le creen”.

Preparación para la derrota

La primera gira de la Selección concluyó en Estados Unidos con un empate y una victoria: 2-2 ante Corea y 2-0 frente a Bolivia. El juego con los bolivianos fue de simple trámite. Nada para rescatar. El de Corea fue distinto. Porque los coreanos (también con varios suplentes) desnudaron a Colombia; pusieron al descubierto la lentitud de algunos jugadores. Y del esquema en general. La estructura de Colombia estaba determinada por futbolistas que superaban los 30 años. Y con edades así era muy difícil armar una táctica basada en la movilidad, como lo requiere el fútbol moderno.

Ante Corea, los colombianos estuvieron perdidos la mayor parte del tiempo. Salvaron un punto (como si los puntos importaran en esa fase), en parte, gracias al orgullo de ciertos hombres (Andrés Escobar, Leonel Álvarez, Barrabás Gómez), en parte, gracias a esa dosis de suerte que acompañó al equipo en los partidos de fogueo. O de ‘mala suerte’, mejor. Porque Colombia toda, feliz por mantener un invicto ficticio, no supo ver los errores. Y no los supo ver ni encontrar por los resultados positivos. Frente a adversarios de segunda y tercera línea era lógico que se ganaran los partidos. Como era lógico también que no hubiera fallas. Mentira tras mentira. La segunda parte de la preparación para el Mundial fue una de las más grandes graves mentiras del fútbol colombiano a través de su historia.

Y ahí también se equivocó Francisco Maturana al ceder de nuevo, como antes, con Asprilla. Cedió a los intereses del patrocinador -Bavaria-, que necesitaba más juegos para que su publicidad luciera más. Y cedió a los de la Federación, que buscó más partidos para recaudar más dinero. No fue capaz de decir: “Estos dos encuentros, o estos tres, no los necesito. No están de acuerdo con el plan que nos trazamos desde comienzos de año”. Le faltó la personalidad que le exigió días después a Carlos Valderrama. Le faltó el temple para imponer al fútbol sobre el dinero. Tanta autoridad perdió, y tanta fue la comercialización del equipo, que desde aquella segunda gira los futbolistas marcaban un gol y debían ir a una esquina a celebrarlo con el dedo índice levantado. (Cobraban 300 dólares por tanto marcado). Una exigencia más de los patrocinadores, que necesitaban hacer comerciales con el equipo para vender un producto.

En realidad, un caso único. No hay un solo antecedente al respecto en más de 100 años de historia futbolística. “El gol es todo en el fútbol. Es sentir que vivís, que hacés parte del mundo. Y en medio de todo, que sos exclusivo en ese mundo. Son muy pocos los que tienen la oportunidad de hacer goles. Por eso todo lo que rodea al gol es sagrado. La pelota en la red, el grito del estadio, el arquero vencido… Yo no sé cómo describir un gol. De pronto, es como encontrar en un segundo el sentido de tu existencia. Sentir que ese es tu destino. Que para marcar ese gol naciste. Y después, la celebración… Ahí, en ella, te encontrás con la felicidad. Cara a cara. Y sacás todo lo que tenés dentro. No se le pueden poner leyes o reglas a la celebración. Es como matar un poco al fútbol”. Unos años atrás, en 1978, el argentino Mario Kempes definía el gol y la celebración de esta manera.

Estaba en contra de una medida de la FIFA que impedía a los futbolistas celebrar con libertad. A Colombia el dinero la llevó incluso a prostituir la celebración. Como prostituyó su camiseta en mayo de 1993, durante un partido de preparación para la Copa América de Ecuador. En El Campín, ante 60.000 aficionados que querían disfrutar de su equipo, Colombia salió a la cancha con un letrero en la franela que decía: ‘Bavaria’ (hacía unos días esa empresa había firmado un contrato con la Federación Colombiana de Fútbol). Lo increíble y anecdótico de la historia fue que nadie, ni en la Federación ni en el equipo nacional, sabía que la Fifa tiene rotundamente prohibido utilizar un aviso comercial en el uniforme de una Selección, así sea para jugar amistosos. A los pocos días de aquel encuentro ante Chile, la FIF A multó a los colombianos por haber violado la norma.

Pero no todo lo del patrocinio fue negativo. Es cierto que tuvo injerencia en los partidos de preparación; que pagó para que los jugadores celebraran con el dedo levantado; que utilizó la camiseta para vender. Pero también es cierto que elevó el nivel social y económico de los futbolistas; que gracias a ese patrocinio, Colombia dejó de alojarse en hoteles de segunda categoría; que facilitó absolutamente todos los implementos que el equipo necesitaba; que pagó desplazamientos sumamente caros; que promovió al grupo en todas las formas posibles. En fin, gracias a aquel contrato, el fútbol colombiano se instaló en un escalón en el que jamás había estado antes. Y los errores no hubieran sido errores si alguien hubiera tenido la suficiente personalidad dentro del equipo (léase cuerpo técnico y directivos) para decir no. Pero la historia ya se escribió. Y esas son las historias que hay que analizar para, algún día, cambiar “la historia”.

No es en 90 minutos ni con una victoria. Es con muchos errores y con mucha crítica, sobre todo con mucha crítica y análisis, que se construye. Aquella última fase de preparación terminó de la peor manera, aunque los diarios y noticieros continuaran en su labor de desorientación. Los jugadores sintieron que el país estaba rendido a sus pies. Y empezaron a mandar. ¿En qué punto estaba por mayo del 94 la autoridad de Francisco Maturana? Para la primera semana de aquel mes, la Fedcración había firmado un partido ante la Cremonese de Italia en Neiva. En realidad, daba igual que se jugara o no. Ese encuentro no iba a cambiar el rumbo de la situación.

La cambió la actitud de los futbolistas que, liderados por Valderrama, decidieron no ir a aquel compromiso. Una pequeña rebelión interna a las puertas del Campeonato del Mundo. Y otro pésimo precedente. A esas alturas, hay que volver a preguntarse: ¿En qué punto estaba la autoridad de Maturana? ¿Quién era el que mandaba en el equipo? ¿Él? ¿ Hernán Darío Gómez? ¿Valderrama? ¿Asprilla? ¿Los dirigentes de la Federación? ¿Los patrocinadores? ¿Otras personas? El partido, se sabe, jamás se jugó. Round para los futbolistas. Se jugaron muchos otros: la suma total de encuentros de preparación llegó a 22. Ningún equipo de los que llegaron al Mundial tuvo tantos. Uno bueno, ante el Bayern de Munich en Bogotá. Otros regulares y, el resto, pésimos.

Sin embargo, la prensa se encargó de engañar al país. Vendió, por ejemplo, al A.C. Milán que enfrentó a Colombia como el verdadero A.C. Milán, cuando apenas era un cuadro de suplentes que, fuera de eso, había jugado la noche anterior al partido con los colombianos. En otras palabras, el Milán que igualó 1-1 con Colombia en Miami llegó ese día procedente de México, descansó tres horas y se marchó al estadio a cumplir con el empresario. Y aún así le causó problemas a Colombia. Sería bueno recordar que cuando el marcador estaba 1-1 el árbitro no sentenció un legítimo tanto del cuadro italiano. Fue ese el partido que desató la polémica con Pelé, todo porque O’ Rei osó decir que los colombianos estaban muy ‘sobradores’. En las revistas, en los periódicos y en los noticieros censuraron las palabras del brasileño.

Hasta llegaron a enrostrarle que él, en sus tiempos de jugador, era sobrador. Una cuestión que no se puede discutir. Algunos dirán que sí, otros dirán que los lujos, que realizó se los inventó por necesidad -por ejemplo, aquel ocho en el Mundial de México al uruguayo Ladislaw Mazurckiewicz o aquel disparo desde media cancha contra el portero Ivo Víktor, de Checoslovaquia. ¿Qué necesidad podía tener Pelé de decirles a los colombianos que no fueran sobradores? ¿Acaso era miedo? ¿O un consejo de buena fe? Habría que interrogar a todos los que lo atacaron por cometer el ‘sacrilegio’ de criticar a Colombia. De alguna manera, los hechos de junio del 94 le darían la razón a Pelé. Y a todos los que, como él, se atrevieron a expresar que Colombia no era perfecta.

El último compromiso de preparación enfrentó a Colombia con el Palmeiras de Brasil. Fue en Pereira, el 12 de junio de 1994. Con el estadio repleto y el presidente César Gaviria como espectador. Desde el comienzo el juego fue difícil. Palmeiras no fue al Mora Mora de paseo. No era ni la cuarta división de Nigeria ni el Frankfurt Eintracht ni un combinado centroamericano armado a última hora. Los colombianos, con la línea titular que debutaría seis días después en el Mundial, no encontraban la fórmula. Los brasileños apretaban en todos los sectores y creaban peligro adelante. Pero ni siquiera los árbitros quisieron aliarse con la verdad. La Federación designó a Jorge Zuluaga para que dirigiera aquella despedida colombiana. Y Zuluaga metió la mano. Se inventó una falta dentro del área visitante y expulsó a tres brasileños. Así, de un solo golpe, se acabó el examen más serio para la Selección Colombia. El encuentro finalizó 4-1 a favor del local. Otra ocasión para que los medios de comunicación echaran a volar el globo de la ilusión. Otra oportunidad para que los apostadores confirmaran sus intuiciones, para que los hinchas soñaran con un imposible, para que los desprevenidos creyeran en lo que se les vendía, para que los ‘vivos’ hicieran plata. Y otra oportunidad, también, para que los jugadores aumentaran su poder.

Nadie sabe la razón, nadie la entiende tampoco. Pero esa noche quedaron libres. Tres días de permiso a menos de una semana de un Mundial. Tres días de permiso que los juiciosos aprovecharon. Y los disipados también. Dicen que Faustino Asprilla hizo de las suyas en Tuluá. Y ‘de las suyas’ es casi todo lo que la imaginación desee. El marres 14 de junio la Selección Colombia se subió a un vuelo directo de Avianca que la llevó, sin escalas, a Los Ángeles. Con ella abordaron periodistas, directivos, hinchas, familiares y curiosos. Los mismos personajes de Barranquilla y de Buenos Aires iban a Los Ángeles. El optimismo era de 1O puntos sobre 1O. Nadie dudaba del éxito.

“Era como si el Mundial fuera cuestión de jugarlo y nada más. Como si fuéramos a ganar sólo con salir a la cancha. Antes del juego en Buenos Aires, ante Argentina, había temor, ese temor que siempre siente un jugador de fútbol antes de salir al campo. No sé… yo me sentí extraño los días que precedieron a la Copa del Mundo. Como si flotara. No entendía por qué no sentía nervios, no entendía por qué mis compañeros estaban tan serenos. Era una rara sensación”. El jueves 7 de julio, Oscar Córdoba le confesó a un amigo, en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York, lo que había sentido antes del torneo. Ese día llegó a Colombia, mucho tiempo después que sus compañeros de equipo. En Los Ángeles, el optimismo se transformó en convicción. En certeza. La autoridad de Francisco Maturana terminó por extinguirse. Igual que el cariño que alguna vez había sentido por algunos de sus dirigidos. Un desorden total en el momento más importante. Un desequilibrio anímico que nadie previó. Una lucha de vanidades que nadie controló. Estaban por comenzar el fracaso, el absurdo, el papelón. Todo eso que se labró durante un año o más. Todo ese producto de la ignorancia. Todo ese producto de la insensatez… el reflejo de lo que es el país.

***

A ese hombre le habían roto su ilusión más grande. Por eso estaba allá, en el último rincón del vestuario. Rodeado de gente pero solo. Más solo que nunca. Las voces las escuchaba sin oírlas. Las sombras las percibía sin distinguirlas. Su mente repetía una y mil veces las escenas que acababan de terminar. Los gritos de la tribuna, las órdenes de sus compañeros, las voces de aliento que llegaban desde el banco. En cámara lenta repitió los goles que nunca fueron y los que fueron, los gestos de indolencia que lo rodearon, los pases equivocados. Con los ojos enterrados en el piso, con las manos temblorosas de rabia, dejó que la película concluyera. Hubiera querido permanecer allí toda la vida. Pero un grito lo obligó a continuar: “Leo, nos vamos. Dúchate que esto ya se acabó”.

Se duchó, sí. Y el agua de la regadera y el agua de su cuerpo se le confundieron. Igual que los sentimientos que lo desbordaban. Por momentos se abstraía de la realidad y llegaba a convencerse de que todo era una pesadilla. Por momentos entendía que era estúpido jugar a los duendes, y regresaba al partido. Partido de locos,  partido de mierda, partido fatal. Algunas frases se le aparecieron, vagas, repentinas. Y algunos rostros. No supo cuánto tiempo estuvo ahí, bajo el agua. Ni cuánto se demoró en salir del estadio. Cuando volvió a sentir que era él, estaba frente a una cámara del noticiero CM&. Intentaba hallar respuestas para lo que había ocurrido. Y se tragaba muchas verdades.

Tenía la voz quebrada. Nunca antes en su vida se le había quebrado la voz ante una cámara. Nunca antes había querido decir tantas cosas. Pero se las calló. Fuera de cámaras apenas dijo: “A algunos habría que romperles la cara. Es lo que se merecen”. Después de sus palabras cortadas guardó silencio. Juró silencio. Y se marchó. Esa noche, la del 22 de junio de 1994, fue la última noche de fútbol para él, si se entiende al fútbol como debería ser: pasión y alegría, lucha y honor, entrega y sentimiento… Nunca antes había sentido tanto dolor y tanta impotencia dentro de una cancha. Nunca antes había sentido tanta decepción en la vida. Cuentan que esa noche no durmió. Ni habló. Ni peleó. Simplemente, recordó.

Esta es la historia de un fracaso. La historia amarga de un equipo de fútbol que se creyó Campeón del Mundo sin haber ganado nunca antes nada, sin haber hecho siquiera algunos méritos para estar entre los opcionados. Esta es la historia de un país que les creyó a sus periodistas todo lo que dijeron, todo lo que ocultaron, todo lo que exageraron, todo lo que mintieron. La historia de una sociedad descompuesta que jamás admitió un error, que vio en el fútbol la salvación, la alegría y la paz. La historia de unos cuantos, de muchos, que quisieron hacerse ricos con el talento de otros. Esta es la historia de una ilusión que terminó en muerte. La historia del olvido, de la ingratitud, del rencor, de la envidia. O la historia de Colombia a través de una pelota de fútbol.

El final de ella comenzó a escribirse el 14 de junio de 1994, cuando la Selección arribó a Los Ángeles. Desde entonces comenzó a arrastrar opinión. En un país indiferente por ese deporte, llamaba la atención que tanto inmigrante armara escándalo por un equipo. Banderas, música, pitos, fiesta… De vez en cuando, por las desoladas calles de la ciudad, pasaba una caravana colombiana haciendo sentir su alegría. Las pelucas amarillas y ensortijadas que identificaban a Carlos Valderrama también identificaban a Colombia. Nunca antes tan favorita, nunca antes tan protagonista, nunca antes tan limpia de la negra imagen con que se le conoce. Colombia y sus 35 millones de habitantes eran un puñado de hombres que, por su fútbol y con su fútbol, borrarían antiguos pecados.

El equipo se alojó desde aquel martes en el Hotel Marriot de Fullerton, una de las innumerables ciudades de la ciudad. De ahí al estadio Rose Bowl, para entender las distancias, un automóvil gasta una hora y media, por autopistas impecables y sin trancones. En bus habría que calcular tres, o más. En el mismo hotel de la selección se hospedaron los directivos, algunos periodista,  muchos aficionados y también muchos norteamericanos.

Los primeros dos días en USA-94 fueron de armonía, de bromas, de buen clima y de optimismo. Los jugadores hablaban con la prensa y con los hinchas, cuando y cuanto querían. Ya Francisco Maturana empezaba a hacer ciertas distinciones. Hablaba para sus periodistas amigos -Fabio Poveda, César Augusto Londoño, Esperanza Palacio, Carlos Antonio Vélez-y para la prensa extranjera. Casi la misma exclusividad en el trato que mostraba con algunos de los futbolistas. En agosto del 93, en plenas Eliminatorias, Iván René Valenciano había dicho que Maturana no se preocupaba por ellos, que Hernán Darío Gómez era el que siempre estaba detrás del equipo, averiguando, aconsejando, motivando. En Estados Unidos aquella tendencia se confirmó. Maturana fue una especie de relacionista público; Gómez, el verdadero técnico.

La confianza llevó a que no hubiera secretos. A los entrenamientos de Colombia iba el que quisiera. En uno de ellos se empezó a poner en evidencia que las sonrisas y los halagos eran de dientes hacia afuera. Que no era cierta aquella frase cliché de que la Selección era una familia. Tampoco esa que Francisco Maturana había repetido hasta la saciedad y que hablaba de la madurez del grupo. Todo eso se reveló en las primeras actitudes de Freddy Rincón. En una ocasión, antes del debut, simuló una lesión y, cuando vio la preocupación de Maturana, soltó una carcajada. En otra, también antes del juego frente a los rumanos, descargó todas las maldiciones imaginables contra el técnico porque éste le había sancionado un fuera de lugar.

Faustino Asprilla y Adolfo Valencia, cada uno a su modo y por su lado, siguieron el ejemplo de Rincón. Aprovechaban cualquier oportunidad para inventar una burla, un desplante, una grosería. El técnico reaccionó, por lo menos durante aquellas primeras jornadas. Por esos días, y ante un grupo de sus íntimos, dijo que si fuera por él, ya hace rato habría excluido de la nómina a Rincón, Asprilla y Valencia. Aún no habían llegado los instantes amargos de la derrota, pero ya Maturana tenía claro que estos tres individuos sólo le traerían problemas. Aquí se entienden un poco sus declaraciones a César Augusto Londoño, periodista de Caracol, cuando culpó a Valderrama de haber perdido su liderazgo dentro del grupo.

Pero se entiende también su falta de temple. Como él no era lo suficientemente fuerte para controlar a Rincón, a Asprilla y a Valencia, esperaba que otro lo hiciera. Y el más indicado por su rol de líder y capitán era Carlos Valderrama. Lo acusó porque El Pibe no hizo lo que él tenía que hacer. Pero, claro, no fue en el Mundial donde Maturana perdió su autoridad. La había perdido mucho antes: cuando le permitió a Asprilla violar las reglas cuantas veces le vino en gana, cuando lo perdonó, cuando accedió a que los jugadores no fueran al compromiso ante la Cremonese en Neiva, cuando permitió que los dirigentes y los patrocinadores manejaran los partidos de preparación…

La autoridad no se perdió en un día ni por un hecho aislado. Una nota publicada por El Tiempo el domingo 7 de agosto de 1994 decía que los brotes de indisciplina habían rebasado cualquier cálculo: Valencia ni siquiera bajaba a desayunar, almorzar o comer con sus compañeros, pues prefería hartarse de hamburguesas en su habitación; Freddy Rincón estuvo enloquecido durante el campeonato porque en Colombia, antes de partir, un brujo le había dicho que le iba a ir muy mal en el Mundial, que Colombia perdería y que él se fracturaría una pierna; Asprilla no había respetado horarios ni códigos y se había embriagado varias veces; Valenciano se había pasado de copas; a Valderrama se le habían subido los humos… El artículo dijo muchas verdades, pero todas esas verdades no fueron las que llevaron al fracaso. O por lo menos, no sólo esas. Hubo otras. Mentales, futbolísticas, sociales. Ellos, los jugadores, siempre dijeron que no estaban agrandados, que el favoritismo venía de afuera, que no se sentía por dentro. Era obvio que dijeran cosas de ese estilo pues no podían gritar a los cuatro vientos que sí se consideraban los mejores, que sí estaban agrandados, que sí estaban convencidos de obtener la Copa del Mundo. El viernes 17 de junio, por ejemplo, Adolfo Valencia se escapó de la concentración para ir de compras. Quería unos zapatos elegantes. Nada malo si no fuera porque debía cumplir un reglamento. Nada malo si no fuera porque hacía parte de una delegación que representaba a un país.

Se fue con un periodista, uno de tantos que “colaboraron” con los futbolistas para que hicieran lo que se les antojara. Y habló con él de fútbol, claro. “Yo no le veo problemas a este Mundial, de verdad. Fíjate lo que mostró el partido inicial entre Alemania y Bolivia. Nada de nada. ¿Y el grupo que nos tocó? Nada del otro mundo. Sólo es cuestión de divertirnos corno lo sabemos hacer y de empezar a celebrar. ¿Con qué nos puede sorprender Rumania?”. Esa relación que sostuvieron los jugadores con algunos periodistas fue nefasta. Charlaban todos los días y a todas horas. De un posible traspaso, de las indicaciones de Maturana, de lo que más convenía hacer en el partido, de las familias, de los amigos, de las mujeres. De todo y de nada. Era imposible llegar a un cierto grado de concentración, la concentración que se requiere en un Campeonato del Mundo, con tanta opinión suelta.

En el Mundial de México 86, lo primero que hizo Carlos Salvador Bilardo con la Selección de Argentina fue aclarar las reglas del juego. Restringió los horarios de entrevistas y sometió a su equipo (a la postre Campeón del Mundo) a un aislamiento casi sagrado, a una verdadera concentración. En Estados Unidos, Brasil se refugió en las afueras de Palo Alto en un sitio denominado Los Gatos. Allí sólo podía ingresar el que tuviera autorización del técnico Carlos Alberto Parreira. Y Brasil fue el campeón en USA 94. Lo mismo ocurrió con Alemania, Argentina, Italia, España, Holanda. Esos países con historia. Esos países que han aprendido de sus errores y han repetido sus aciertos.

En el Mundial de Italia las cosas habían sido distintas. Por aquel entonces ya era un triunfo estar en el Campeonato. Eran otros tiempos y la vanidad aún no se había colado en el equipo nacional. Meses antes del torneo, Francisco Maturana se fue a Bolonia a conseguir una sede. Averiguó, probó, consultó y se decidió por la Villa Palaveccini, un lugar que reunía todo lo que un equipo de fútbol pudiera necesitar. Canchas de fútbol, soledad, buenas habitaciones, buena comida, paisaje, tranquilidad. Allí estuvo la Selección interna durante toda la primera rueda. Cuando le tocó enfrentar a Alemania, en Milán, también mantuvo esa base de concentración. El equipo sólo durmió una noche por fuera de la Villa.

¿Será que en Estados Unidos, por los alrededores de Los Ángeles, no hay un lugar tranquilo, con todas las comodidades que un equipo necesita? Parece que Colombia no lo encontró. ¿O será que no lo buscó por la certeza de que no se necesitaba, por la certeza de que con el equipo que tenía iba a llegar lejos de cualquier manera? Es paradójico. Maturana dijo que el error más grave fue haber escogido el Hotel Marriot de Fullerton porque permitía la afluencia de periodistas y público en general. Pero nadie le recordó que en Italia había hecho lo contrario y le había ido bien. Nadie le recordó tampoco lo de Barranquilla y Buenos Aires.

Rumania

En su libro Maturana, talla mundial, el técnico de la Selección habló sobre el primer rival de nuestro país en el Campeonato del Mundo. Opinó sobre lo que podía ser Rumania, no de lo que podía hacer Colombia frente a ese equipo. Se refirió a dos asuntos muy importantes:

“Rumania es un equipo con muy buenos jugadores de fútbol. Allí encontramos a Hagi, quien estuvo en el Real Madrid y en algún tiempo fue considerado corno el Maradona del Este. Juega Popescu, cuya experiencia en muchos países es notable. Encontramos a Saban y a Dumitrescu, cuyas referencias como rendimiento individual son muy buenas, porque han sido importantes siempre en sus clubes especialmente en el Estrella de Bucarest, que es el cuadro base de esta Selección. La suma de sus individualidades les permite pensar que en cualquier momento pueden hacer una fiesta. Por otra parte, la tradición muestra que los rumanos no tienen suficiente continuidad y que presentan muchos altibajos de rendimiento. Sus jugadores no tienen la entereza suficiente para ser permanentemente superiores y brillantes.

Si nos los topamos en su día de inspiración, la pelea va a ser muy complicada. Si están en un punto bajo, son accesibles. Para nuestro esquema Rumania se acomoda bien. Manejan el toquecito, lo que ayuda al ordenamiento de Colombia y eso anticipa que puede resultar un bonito partido. Que tiene el agravante de ser el juego de arranque y uno nunca sabe qué cosa le pueda pasar, cómo se van a manejar todas esas angustias y las emociones. Pero es difícil, tanto para ellos como para nosotros. Si fuera un partido en circunstancias normales, sin estas presiones, puedo anticipar que debería ser un reñido juego, pero nadie puede predecir lo que resulte en ese ambiente del estreno en el Mundial. Hay un ingrediente muy determinante, nuevo, que va a marcar bastante, como es el asunto de los tres puntos al ganador. Ello puede voltear el cariz de los partidos del comienzo, cuando todo el mundo suele ser tímido. Pero ahora, con tres puntos por delante, que significan una ventaja muy importante que todo el mundo quisiera tener a la mano desde el primer día, se van a plantear esquemas mucho más aguerridos y difíciles”.

Sobre el tema de los tres puntos Maturana había hablado ya en diciembre 17 de 1993, cuando terminó el sorteo de los grupos en Las Vegas. Dijo en aquella ocasión, palabras más, palabras menos, que esa nueva reglamentación no provocaría muchos cambios y que, por el contrario, podía ser perjudicial para el espectáculo. Primero, porque habría equipos que saldrían al terreno decididos a no perder. Segundo, porque aquel cuadro que convirtiera un gol, muy probablemente lo defendería con uñas y dientes para adjudicarse los tres puntos. Con el tiempo cambiaría de opinión.

La noche anterior al debut los jugadores fueron objeto de un pequeño homenaje en el que se les condecoró. Asistieron la plana mayor de la Federación, el equipo y don Julio Mario Santodomingo. Todos sentados en la misma mesa. Todos alrededor del mismo tema. Esa noche fue de calma y de ansiedad, tanto en Los Ángeles como en Colombia. Hernán Darío Gómez recordó su cábala, vieja cábala, de tomarse unos tragos la noche anterior a los encuentros importantes y Francisco Maturana se encerró en su habitación. La alineación se conocía de tiempo atrás -Córdoba, Herrera, Perea, Escobar, Pérez, Gómez, Álvarez, Rincón, Valderrama, Valencia y Asprilla-, lo mismo que las indicaciones del técnico. En la última charla que precedió al juego, Maturana volvió a decirles a los jugadores que no podían regalar las espaldas. Que mantuvieran intactos los 30 metros de distancia entre el primero y el último hombre, pero que jugaran cerca de Córdoba. Era ésta una de sus mayores preocupaciones: que el equipo no diera espacios atrás.

Pero no fue así. Los colombianos salieron a apretar a los rumanos contra su arco, convencidos de que eran superiores. Y dieron ventajas atrás. Ese error, con un calor asfixiante, superior a los 35 grados centígrados, y con un equipo rápido enfrente, fue el suicidio. Los rumanos aprovecharon dos contraataques, una genialidad de Hagi y se fueron adelante 2-0. Sobre el final de la primera fase Adolfo Valencia le devolvió a la tribuna colombiana un poco de aliento con un gol de cabeza. Nadie lo había presupuestado: después de los primeros 45 minutos, Colombia perdía con Rumania 2-1. Los 15 minutos de descanso fueron una pesadilla. Gritos, objeciones, insultos, recriminaciones… En ese lapso se gastaron muchas de las energías que más tarde hicieron falta. Y se gastaron sin que dejaran nada en claro, que fue lo peor.

Cuenta la historia que 18 años atrás, en la final del Mundial de 1978, los argentinos habían llegado al descanso después de los 90 minutos reglamentarios, que habían finalizado 1-1 frente a Holanda, en la misma tónica. Se gritaban, se peleaban. Entonces los llamó César Luis Menotti y les dijo: “No griten, no peleen más, miren a los holandeses, están acabados. Pasémosles por encima y guardemos las energías para ganarles de una vez”. Ganaron 3-1 y, la verdad sea dicha, arrollaron a los holandeses en los 30 minutos del suplemento. La Selección Colombia jamás conoció esa anécdota. En la segunda parte del juego contra Rumania la desesperación llevó al caos. Valderrama gritaba y regañaba, pero nadie le hacía caso. Asprilla se repetía en la misma manía de intentar la jugada salvadora él solo. Leonel Álvarez corría y luchaba por todas partes, pero parecía que no tuviera compañeros. Rincón dudaba cada vez que le llegaba la pelota: las advertencias de su brujo lo habían predispuesto por completo. Y Óscar Córdoba, a esas alturas, ya era un manojo de nervios.

Los minutos se diluyeron entre la angustia y el desorden. Rumania supo aprovechar las circunstancias y, a pocos minutos del final, en otra genialidad de Hagi y merced a otro contrataque, marcó el 3-1 definitivo. (Ese tercer tanto, lo mismo que el primero, fueron obra de Radiociou). A las seis de la tarde de aquel sábado 18 de junio de 1994, la Selección Colombia de fútbol a mostrar su verdadera catadura. Entonces el equipo ya no fue más el grupo unido, la familia unida de la que tanto se habló. Un resultado, un solo resultado adverso, derrumbó al equipo. Lo desmoronó. Un marcador en contra resucitó las mentiras que se habían tapado, los errores que se habían cubierto. Y volvieron a aparecer los mismos viejos temas desiempre. Fútbol y narcotráfico, fútbol y periodismo, fútbol y dirigentes deportivos, fútbol y preferencias… y el resultado de todas esas esas mezclas. Todo el veneno guardado por meses y años salió a flote en el instante más candente. Y contaminó hasta a los más inocentes. El grupo, que de grupo no tenía nada más que apariencia y el nombre, se rompió. Por un lado Valderrama, Valenciano, Mendoza,  De Ávila; por otro,  Valencia y Rincón; por otro los de Nacional… Ante tal fraccionamiento el equipo se quedó sin líder. Surgió un líder por cada grupúsculo que se formaba. Yo no me hablo con éste; éste no le dirige la palabra a aquél; aquél no se entiende con el otro; el otro no quiere saber de ninguno. Después del fracaso Gabriel Briceño, del Diario Deportivo, comentó: “La cosa fue tan grave que salieron a la luz cuestiones que nadie se imaginaba, como la resistencia de casi todo el equipo hacia Barrabás Gómez. Hasta Maturana estaba en desacuerdo con su inclusión. Lo incluía porque Hernán Darío Gómez, en la Copa América de Ecuador, había amenazado con irse si lo excluían.  Después,  los resultados se dieron y Maturana tuvo que aguantarse a Barrabás. Pero en la Selección no lo querían, y uno de los que más se opuso siempre fue Valderrama. En muchas ocasiones se enfrentaron ellos dos”.

Los días que le siguieron al partido con Rumania fueron un auténtico bazar en el Marriot de Fullerton, un atentado contra la disciplina. Briceño anota de nuevo: “Una de esas tardes fuimos al hotel a pedirle a Rincón que nos diera su artículo para el periódico. Él tenía contrato con Diario Deportivo, nos daba las notas y nosotros se las pasábamos,  las enviábamos a Bogotá. Nos tocó esperar hasta la noche porque él estaba de mal genio. Nos dijo que después de la comida nos atendía y nosotros esperamos. Por ahí nos encontrábamos cuando vimos a Aristizábal con dos amigas que hablaban español con acento costeño. Charlaron con él 20 ó 30 minutos y se fueron a un rincón. Él subió por las escaleras y bajó con Asprilla. Se presentaron, hablaron más tiempo y ellos se fueron al comedor. Las dos niñas seguían ahí. Hacia las nueve y media de la noche ellas se marcharon. A los pocos minutos salieron ellos. A las 10 y 45 de la noche, cuando nos fuimos, no habían aparecido. Y a las diez de la noche ya todos tenían que estar en sus habitaciones. Era la regla. Diego Barragán registraba los cuartos a esa hora para verificar que todos estuvieran”.

Esta es sólo una de las tantas historias que se cuentan de lo que aconteció en Fullerton. Hay mil versiones parecidas, con los mismos protagonistas y con otros. Además, ya en este punto poco importan los nombres o las circunstancias. Hubo una verdad en Fullerton: la autoridad estaba hecha añicos antes del crucial compromiso que los colombianos tenían que disputar ante Estados Unidos el miércoles 22 de junio. El ánimo se había roto en mil pedazos después de la derrota frente a los rumanos. Los jugadores ya ni creían en Francisco Maturana ni les importaba lo que él dijera. Fue el martes 21 en la tarde cuando Maturana dijo que el equipo estaba destruido porque Carlos Valderrama había perdido su liderazgo. Y fue el martes 21 en la noche cuando decidió que Adolfo Valencia no iría de titular ante los norteamericanos. Esta decisión volvió a encender la polémica que se había callado tiempo atrás.

Hernán Peláez y Edgar Perea calentaron el ambiente con frases directas contra el entrenador y el tema Valencia-sí, Valencia-no, provocó airadas reacciones. El técnico no dijo nunca cuáles eran las razones que tenía para excluir al jugador y al periodismo tampoco le importó conocerlas. Por eso la distancia entre Maturana y los periodistas se hizo cada vez mayor. Hoy se sabe la verdad: lo sacó del equipo titular por sus reiteradas faltas disciplinarias. Peláez, Perea y compañía creyeron que la decisión había sido netamente futbolística. Otros hasta se atrevieron a decir que había sido una “sugerencia” del cartel de Cali . Dijeron que a Valencia lo habían sacado de la titular para que jugara De Ávila por “sugerencia” del cartel de Cali, pues así se valorizaría el samario. Pero, ¿acaso se puede valorizar un jugador de fútbol que anda por los 30 años? ¿No hubiera sido más razonable para los partidarios de la valorización interceder por Harold Lozano, a quien el público pedía a gritos y quien, por razones de edad, sí podía valorizarse? No. La lógica indicaba que la razón por la cual Adolfo Valencia había sido marginado de la titular para el juego ante Estados Unidos no pasaba por los predios del cartel de Cali. Sin embargo, la lógica es enemiga acérrima de algunos periodistas. Y el rumor de la “sugerencia” hizo camino.

El proceso en una memoria

Para las diez de la mañana del 22 de junio de 1994, Francisco Maturana ya estaba descompuesto. Había pasado la noche casi sin dormir. Había vuelto a vivir, uno a uno, los escalones que lo tenían ahí, a pocas horas del todo y del nada. De otro “todo y nada”. Había repasado de nuevo la historia iniciada en 1987. Fue un día de mayo de ese año cuando León Londoño Tamayo, presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, lo buscó para que se hiciera cargo de un equipo que jugaría el preolímpico de Bolivia. El reto era asistir a las Olimpiadas de Seúl 88. Él, que era el principal candidato, dijo que sí. Y con esa aceptación empezó esta historia. Sin duda, lo más importante que ha vivido el fútbol nacional. A pesar de todo. Y a pesar de muchos.

Antes, todo lo realizado había estado marcado por la improvisación. Por ello, en casi 40 años de profesionalismo -el primer torneo rentado se jugó en 1948-, Colombia sólo había asistido a una Copa del Mundo, la de Chile en 1962. Desde entonces, el empate de Arica a cuatro goles con la Unión Soviética había sido el único punto de referencia válido. Hasta aquel año de 1987. Hasta cuando apareció Francisco Maturana. Con él, el fútbol colombiano encontró su identidad. Y con ella, los resultados que tanto tiempo aguardó. Maturana aceptó dirigir la Selección Colombia de mayores el 2 de mayo de 1987. Fue ese el comienzo y el fin: el comienzo de un nuevo fútbol que el mundo reconoció y aplaudió; el fin de años y años de amarguras.

Maturana, quien como jugador apenas llegó a sobresalir en el Atlético Nacional, el Bucaramanga, el Deportes Tolima y algunas selecciones colombianas de niveles secundarios, encontró en la universidad la base humana que lo llevó a triunfar. Porque no fue el hombre de fútbol el que aceptó el desafío de dirigir a Colombia. Fue el hombre forjado en las aulas universitarias, donde estudió odontología. Fue el hombre profundo, analítico, humano, sensible y convencido de sí mismo el que decidió cambiarle la imagen al fútbol. Aquello que aprendió en las canchas le sirvió para diseñar una táctica y para escoger algunos colaboradores. Pero lo que recogió de la universidad fue decisivo para poner esa táctica en práctica; para convencer a sus jugadores, a los directivos, periodistas e hinchas de que “su camino” debía ser “el camino”. Y siempre es más difícil  convencer que diseñar.

En 1986, cuando se hizo cargo de su primer equipo, el Cristal Caldas de Manizales, Maturana empezó a hacer que creyeran en su fútbol. En ese fútbol de potrero, de parque y playa que Colombia posee desde comienzos de siglo, cuando los ingleses dejaron en Barranquilla la primera pelota y decidieron las primeras reglas. En ese fútbol tan mezclado como la raza misma, donde se encuentran la fuerza del europeo, la técnica del argentino, la inventiva del brasileño y la velocidad del africano. En ese fútbol creyó Maturana. Y después, todo el país. En abril y mayo de 1987, Colombia fue la sensación del Preolímpico jugado en Bolivia. Nadie apostaba por aquellos ‘paisas’ ni por Maturana, pero la fidelidad a un estilo los llevó al tercer lugar. Luego, al técnico le ofrecieron el cuadro de mayores. Y él aceptó. Con Hernán Darío Gómez como su asistente y con Diego Barragán como preparador físico. Ellos fueron la base en aquellos comienzos. Durante el Mundial de Estados Unidos todavía estaban con Maturana. Y cada vez que se hable de este proceso es necesario nombrarlos, porque muchas de las decisiones importantes del fútbol colombiano se les deben.

Fue en la Copa América de Argentina, en julio de 1987, cuando Colombia se mostró ante el mundo con su nuevo estilo. Derrotó a Bolivia 2-0, a Paraguay 3-0 y perdió con Chile 1-2 en tiempo suplementario. En el partido por el tercer puesto, los colombianos derrotaron 2-1 en Buenos Aires a Argentina, con Diego Maradona incluido. “Ese fue el partido perfecto, táctica y técnicamente”, diría Maturana en 1989. Aquel torneo le entregó a Colombia el pasaporte para que fuera invitada a jugar, en mayo del 88, la Copa Sir Stanley Rous ante Escocia e Inglaterra. Nunca antes un seleccionado nacional de mayores había ido a Europa, y menos, a disputar un torneo de tanta tradición.

El estadio de Wembley, una especie de archivo que guarda lo mejor de la historia del fútbol, sería testigo de aquella revolución. Todos los ingleses: hooligans, empleados de banco, altos ejecutivos y nobles, deseaban presenciar esa renovación que llegaba de América del Sur. Y la presenciaron, claro. La aplaudieron, la sufrieron y disfrutaron casi como propia. Aquel día, 24 de mayo de 1988,  a Wembley no le cabía una persona más. Colombia, la de Valderrama, Higuita, Álvarez, !guarán y Escobar que aparecía sólo de a pocos en la televisión, era la verdadera protagonista de la noche. Al final del 1-1 definitivo, algún inglés se atrevió a decir que por momentos le había recordado a la Hungría de los años cuarenta.

Y ese, el comentario del inglés, fue el mejor premio para Maturana. Porque la Copa se quedó en Londres pese a los dos empates (0-0 con Escocia, 1-1 con Inglaterra) y al exquisito fútbol colombiano. Pero lo del hincha quedó como una anécdota de gran valor. Hay que recordar que los húngaros vencieron a Inglaterra en Wembley 6-3 por allá a finales de la década del 40. Esa gira – Colombia también enfrentó a Finlandia y le ganó 3-1- fue decisiva para Maturana. En ella comprendió que su idea del fútbol lo podía llevar lejos, que no importaban los pergaminos del rival ni las tácticas ultramodernas. En ella afianzó viejas teorías, como aquella de que en el fútbol lo único que importa no es meter la pelota dentro de un arco. También valen el comportamiento, la educación, los modales.

Todo eso se transformó en dogma para Francisco Maturana. Aún hoy, antes de cualquier partido crucial, les recuerda a sus jugadores que no se gana nada con tirar el balón de punta hacia la tribuna. Que hay que respetar al público, a los rivales, a la prensa, a los árbitros. Encontró en la universidad las respuestas a sus ideales. Y sus ideales cada vez fueron más firmes gracias a la vida. O a sus resultados. Por lo menos, a los que antecedieron a USA-94. Todos esos resultados se le habían dado a Maturana por varias razones. Pero de todas ellas (apoyo de los directivos, del periodismo, de los aficionados; facilidades económicas, patrocinio, etc.), la más importante fue la de “el equipo”. En él, hasta que se inició el Mundial del 94, el técnico había encontrado a los  intérpretes de su “partitura”, unos intérpretes de primer nivel que jamás habían dudado. Después de siete años, muchos de aquellos que iniciaron este proceso se mantenían allí, incluidos, obviamente, Gómez y Barragán. Y algunos, aunque separados por distintas circunstancias, como René Higuita, aguardaron hasta el final, pacientes, una nueva oportunidad.

Lo de Higuita es especial en este recuento, porque fue él, de alguna manera, el líder futbolístico de este concepto. Su manera de entender el puesto de arquero llevó a Colombia a definir su estilo dentro del campo. Con él como líbero, como último hombre, apto para salir jugando y sacar limpia la pelota, la defensa pudo situarse muchos metros adelante de lo normal. Y en línea, sin utilizar los dos stoppers y el líbero que implantó la Argentina de Carlos Salvador Bilardo en 1986. “Si no cometiera errores sería Dios”, dijo Maturana en 1990. Óscar Córdoba, quien con lujo lo reemplazó en las Eliminatorias hacia USA 94, era, en cierta forma, una prolongación de René Higuita. Y cualquier portero que juegue con la Selección, mientras impere en ella el concepto inculcado por Maturana, debe respetar aquellas premisas que Higuita le legó a la posteridad.

En la defensa, Andrés Escobar, Luis Carlos Perera y Luis Fernando Herrera se conocían de memoria el libreto. Estuvieron desde el comienzo y, salvo algunos imponderables -la lesión de Escobar en 1993, por ejemplo-, eran amos y señores de la última línea. Como lo eran, en la zona de volantes, Carlos Valderrama, Gabriel Jaime Gómez, Leonel Álvarez y Freddy Rincón. Valderrama, cuestionado a veces, siempre fue el gran patrón del equipo. Porque administraba los ritmos, porque decidía, se mostraba siempre para recibir la pelota, rotaba por todo el terreno y le imprimía a Colombia su identidad. Era, sin duda, un ’10’ sin reemplazo en este grupo. Álvarez y Gómez fueron la cuota de temperamento y marca para Maturana y Hernán Darío Gómez desde el 87. Tal vez no fueron jamás un espectáculo para la tribuna, no tenían que serlo, pero por inteligencia, experiencia y entrega, eran líderes.

El último de los estandartes se llamaba Freddy Rincón. Apareció para el Mundial de Italia y, sin conocer bien el fútbol de Maturana, se fue haciendo imprescindible. Para Estados Unidos 94 era pieza vital, para destruir y llegar al gol. La delantera tuvo durante el proceso a distintos protagonistas. Arnoldo Iguarán, Antonhy de Ávila, John Jairo Tréllez, Víctor Aristizábal, Carlos Enrique Estrada, Albeiro Usuriaga, Rubén Darío Hernández, Adolfo Valencia, Iván René Valenciano, Faustino Asprilla… Todos dejaron algo. Sin embargo, para el Campeonato del Mundo, los titulares adelante eran Asprilla y Valencia. En 1989, Maturana y Gómez (éste como asesor) le dieron a Colombia su primer título internacional. La Copa Libertadores, el torneo más importante a nivel de clubes del continente, que se le había escapado al América de Cali tres veces consecutivas (llegó a las finales en los años 85, 86 y 87), la consiguió Atlético Nacional el 31 de mayo en el estadio El Campín de Bogotá.

Después de remontar un 0-2 ante el Olimpia de Paraguay, le colocaron el sello a una página histórica del fútbol colombiano. Nacional, como siempre ocurrió desde aquellos comienzos del 87, fue la base del equipo que disputó la Copa América del 89. A Brasil, Colombia arribó como favorita. Pero sólo ante los locales (empate a ceros el 7 de julio en Salvador) pudo mostrar algo de su fútbol. Al final, terminó eliminada tras un lánguido 1-1 con Perú en Recife. Luego, en septiembre y octubre, Colombia acabó con 27 años de dolor. Ante Paraguay y Ecuador primero, y luego frente a Israel, en una serie extra, obtuvo el tiquete para jugar el Mundial de Italia. La celebración duró más de dos días, y el país entero empezó a soñar con el campeonato. Ese año cerró con la final de la Copa Intercontinental de Clubes en Tokio. El 16 de diciembre, Nacional estuvo a segundos de forzar una definición desde el punto penal ante el Milán de Italia. Pero un gol de tiro libre anotado por Alberigo Evani al minuto 119 del partido (hubo tiempos suplementarios), acabó con la ilusión.

Aquel Milán de Arrigo Sacchi, Ruud Gullit, Frank Rickjaard, Franco Baresi y Marco Van Basten nunca había tenido tantos problemas en una final. Por momentos, el superequipo de los últimos años parecía perdido. El toque de Nacional, las salidas de Higuita, la seguridad de Andrés Escobar y el talento de Alexis García hicieron de aquélla algo así como “la noche en la que el fútbol se vistió de gala”. Y llegó 1990. Y el Mundial de Italia. Colombia quedó ubicada en el grupo tres con Emiratos Árabes, Yugoslavia y Alemania. Colombia en Bolonia, al norte de la península. Colombia ante los ojos del mundo. Debut y victoria, el 9 de junio, sobre Emiratos Árabes (2-0); dolor y crisis, el 14, ante la derrota (0-1 ante Yugoslavia); hazaña frente Alemania. Hazaña, sí. Y dolor y angustia también.

Fue un martes de junio, el 19, y en Milán, ante 50.000 alemanes, cuando Colombia irrespetó a Europa para plasmar su fútbol de potrero en el césped del Giuseppe Meazza.  Y fue 1-1 para que Colombia llegara por vez primera en su historia a la segunda ronda de una Copa del Mundo. Fue delirio cuando Rincón empató en tiempo de descuento. Cinco días después, el 23, fue llanto cuando Camerún le dijo a todos que no iba de paseo por Italia. En Nápoles, Colombia salió confiada (una palabra decisiva y repetida para el fútbol colombiano) a jugarle a un equipo que no regala nada. Y terminó derrotada 2-1 después de 120 minutos. A Higuita lo culparon (perdió un balón fácil ante Roger Milla cuando el juego iba 0-1), pero él se defendió. Maturana también lo defendió. Con el adiós de Colombia a Italia se empezó a derrumbar un poco el proceso. Maturana se marchó a España a dirigir al Real Valladolid, se llevó a Higuita, a Leonel Álvarez y a Valderrama, y la Selección quedó a la deriva.

A la Copa América de Chile (1991), el equipo fue con otro entrenador, Luis Augusto García, y con otra ideas. Al final sólo hubo una palabra, “aceptable”, para describir aquella actuación. Al Atlético Nacional lo condujo desde entonces Hernán Darío Gómez. “Tranquilo Pacho, que yo jamás te voy a correr el buraco. Sólo si tú te vas yo subo”, le había dicho alguna vez Gómez a Maturana. En 1990 aquellas palabras se cumplieron, y el proceso, con otro nombre, con algunas variantes, pero con la misma esencia, siguió su camino. Gómez fue campeón de Colombia con Nacional en el 91. Y en el 92 llevó a la Selección Preolímpica a las Olimpiadas de Barcelona. Con la Selección de mayores apenas estuvo unas semanas, las amenazas Jo llevaron a dimitir.

En diciembre de 1992, cuando el torneo nacional era un polvorín, Maturana y Gómez aceptaron hacerse cargo de la Selección otra vez. Maturana ya había regresado y estaba con el América; Gómez era el técnico de Nacional. Hubo polémica, discusión, rumores, peleas, malentendidos e incertidumbre. No obstante, al final pudieron más la vieja amistad y el camino recorrido que todas las intrigas y amenazas. Allí se inició entonces este segundo capítulo del proceso. Y pasaron la Copa América de Ecuador, las Eliminatorias, las exageraciones…

En la mañana del 22 de junio de 1994, Francisco Maturana todavía se preguntaba por qué diablos estaba metido ahí. Por qué había vuelto a aceptar la Selección, luego de que en el 90 había prometido no volver. Recordó esa reunión en Cali con Carlos Antonio Vélez, Mario Alfonso Escobar, Hernán Peláez, Germán Blanco, Juan José Bellini y Ricardo Alarcón. Y recordó aquel “sí” que les dio. A ellos y al fútbol de Colombia. A ellos y a una aventura que terminaría en tragedia.

Juéguela al 22

El fútbol es como la vida. Al fin y al cabo, hace parte de la vida. Y en la vida vale muchas veces más la actitud que el talento. Colombia siempre tuvo el talento, pero jamás encontró la actitud necesaria para enfrentar situaciones difíciles. O no pensó en ella, que es peor. La historia del fútbol no está hecha de grandes equipos plagados de genialidad. Está hecha de grandes equipos plagados de actitud (positiva, se entiende). Y decir actitud es decir fortaleza mental, generosidad, sinceridad, honestidad. Decir actitud es decir convicción. Por ahí, cualquiera podría decir que el pecado de Colombia en el Mundial fue de convicción. Entonces habría que hablar de una convicción inflada, sin bases ni fundamentos. Y de una convicción real, nacida de la acción. Si Brasil y Argentina y Alemania llegan a los Mundiales siempre convencidos de que deben llegar a la final, lo hacen porque pasadas acciones avalan esa convicción. La avalan y la hicieron posible: con resultados, con títulos, con momentos difíciles superados.

Esa es la historia de la que hablaba Diego Maradona en Buenos Aires el 4 de septiembre de 1993. Cuando Colombia llegó a Estados Unidos con la convicción de que sería Campeón del Mundo, había un error de términos, de palabras. Porque no puede haber convicción sin acción. Y la acción (es decir, los resultados, los títulos) de Colombia siempre fue muy pobre a través de su historia. Fueron los partidos de preparación los que se tomaron como “la acción”. Pero esos juegos fueron una mentira. Entonces,  ¿qué convicción podía haber si no estaba respaldada por hechos, por acciones? En Colombia se equivocaron los términos. Por eso, cuando surgió la primera derrota, aquella famosa “convicción” se desinfló. Y el equipo se cayó. Antes del partido ante Estados Unidos estaba destruido, sencillamente por la ausencia de “convicción”, por la falta de actitud. Si hubiera existido esa cualidad habrían aflorado la fortaleza mental, la honestidad, la sinceridad, la entrega.

No apareció nada de eso, con dos o tres excepciones. Y no apareció porque no existía. Esa falta de actitud, o de convicción, como se quiera, también tocó a Francisco Maturana. Ser grande es serlo en los instantes difíciles. Y Maturana flaqueó en el más difícil, en el que menos podía hacerlo. “No nos podemos amilanar por unas amenazas. Siempre han existido y siempre existirán. Además, el día que quieran hacerte algo no te lo van a anunciar. Te lo hacen y punto”, le había dicho a Hernán Darío Gómez en 1992 para convencerlo de que se uniera a él en la Selección Colombia. Por aquellos tiempos, algunos casetes con frases poco amistosas llegaron a las emisoras y las casas de los dos técnicos para que no se hicieran cargo del equipo. El 22 de junio de 1994 el destino (en realidad, una manera superficial de referirse a la realidad del país) colocó al técnico frente a otras ameenazas. Y el técnico reaccionó de una forma totalmente opuesta a como lo había hecho en 1992. En pleno Mundial, y a horas del juego más importante de su vida, se derrumbó. No sólo accedió a lo que deseaban los terroristas, sino que transmitió su debilidad y su temor al equipo.

Es casi imposible encontrar la razón de su reacción. Pudo ser porque sintió demasiado cerca la amenaza, por el miedo cierto de que algunas vidas corrían peligro. Pudo ser porque con ella, con la amenaza, halló la manera de excluir a un jugador que no lo convencía. Pudo ser porque los nervios de la derrota frente a Rumania lo dejaron sin fuerza… Pudieron ser todas esas razones juntas, y otras, las que lo llevaron a actuar como actuó. Lo único comprobable  de esta historia es que el 22 de junio Francisco Maturana encontró un mensaje en su hotel, que más que mensaje era una amenaza directa contra su vida y contra la de otras personas. Le decían que si no sacaba a Gabriel Jaime Gómez de la alineación que enfrentaría a Colombia con Estados Unidos, correrían peligro su vida, la de Hernán Darío Gómez y la del propio jugador. Maturana habló con el futbolista y con Hernán Darío Gómez y entre los tres decidieron que no pondrían en peligro la vida de nadie. Así, Barrabás quedó por fuera de la titular.

“Todo esto me llena de tristeza y también de dolor. No sé hasta dónde podremos llegar con acciones como esta”, le dijo a la cadena Univisión ese mismo miércoles. Tal era el clima que vivía Colombia el día del juego que decidiría su permanencia en el Campeonato del Mundo. En el hotel, antes de salir hacia el Rose Bowl, se hablaba de todo menos de fútbol. “Yo, la verdad, estoy que reviento. No tiene sentido esto. No tiene sentido que la muerte ande rondando por ahí a causa de un partido de fútbol”, dijo en medio del desorden Andrés Escobar. Cámaras, luces, micrófonos, cables, periodistas, curiosos, hombres oscuros… había de todo en el lobby del Marriot. Y Colombia, por segunda vez en el torneo, y en menos de tres días, era comentario obligado para el mundo. Con la noticia de Barrabás Gómez abrieron todos los informativos del mediodía en Estados Unidos. Especularon, dando a entender que las amenazas provenían de los carteles de la droga.

El viaje hacia el estadio transcurrió en silencio. Ya todos los integrantes de la delegación conocían la noticia. No hubo salsa en el bus ni bromas ni cábalas. En Los Ángeles la temperatura había ascendido a más de 35 grados centígrados a la sombra. Las autopistas y calles que llevaban al Rose Bowl eran una especie de lenta y callada procesión. Por fin, en la cancha, volvieron a surgir los gritos y las barras de la afición. Al público colombiano poco le importaban los pormenores de la situación, le importaba la victoria. Nada más que la victoria. Muchos habían pagado millones (dependiendo del plan, cinco, siete o diez millones de pesos) para llegar hasta Los Ángeles desde Colombia a acompañar al equipo. Otros se habían trasladado desde distintos puntos de Estados Unidos para ver a la Selección que les daría la alegría más grande de sus vidas. Todos ellos estaban en el Rose Bowl, o por los alrededores, desde muy temprano. Era una tarde muy similar a la que habían vivido el sábado 18 de junio.

La rutina del vestuario fue diferente ese día. Era una rutina vacía de sentido, una rutina que se acercaba con peligro a su real significado en el diccionario. El eco, entre tanto silencio, retumbaba más fuerte, y cualquier sonido se repetía mil veces. Maturana comenzó la charla técnica con la voz casi apagada. Repasó dos o tres conceptos nada más y se calló. No pudo continuar. Por vez primera en su vida de fútbol no había podido continuar con una charla técnica. Ya el nudo en la garganta no lo dejaba hablar. Ni el nudo en la garganta ni los recuerdos. Tuvo que retirarse. Salir del vestuario a desahogar su dolor. Dicen que lloró, que en un instante se le quebró todo. Dicen que ese dolor se filtró hasta el vestuario. Y que los jugadores supieron por qué Francisco Maturana no había podido concluir con sus indicaciones.

Así salió la Selección Colombia de fútbol a jugar el partido que definiría su clasificación a la segunda ronda del Campeonato Mundial de Estados Unidos. Así enfrentó al cuadro local. El partido, un partido totalmente atípico desde antes de jugarse, fue intenso al comienzo. Mucho nervio, mucha tensión, demasiada presión, hicieron que los colombianos se fueran encima de los norteamericanos desde el primer minuto. Sin orden, sin profundidad, sin tranquilidad. Cada quien intentaba por su lado, como si los 22 encuentros de preparación y los seis de las Eliminatorias (para no mencionar los de la Copa América de Ecuador) no hubieran tenido lugar jamás. Como si los once integrantes del equipo se acabaran de conocer.

Después de los primeros diez minutos el juego dejó de ser intenso. Se volvió extraño. Carlos Valderrama, el eje por donde debían pasar codos los balones ofensivos colombianos, empezó a equivocarse. Nunca se había equivocado tanto Val derrama. De 45 pelotas que recibió durante los 90 minutos apenas jugó bien 14. Menos del 30% de efectividad, para los amantes de la estadística. Lo de Rincón fue similar, aunque con menos contacto. Y lo de Asprilla… Sólo una opción de gol produjo el equipo colombiano en el primer tiempo. Fue en una acción de Anthony de Ávila, quien estrelló un remate en la base del poste derecho del arco norteamericano. Nada más, fuera de los permanentes errores en la entrega y de las ganas por conseguir un resultado por parte de Leonel Álvarez y Andrés Escobar. Nada más.

A los 36 minutos Colombia recibió el castigo por tanta apatía, por tanta equivocación. Estados Unidos, replegado atrás y aguardando el instante preciso para salir en contraataque, fabricó muchas más posibilidades de gol que Colombia. Cuando el juego se puso 1-0 ya habían aparecido tres veces los norteamericanos por el arco de Óscar Córdoba. El destino (otra vez una elegante manera de referirse a la realidad colombiana) quiso que fuera un autogol de Andrés Escobar el que marcara la primera diferencia. Después, otro contragolpe y una falla más de Óscar Córdoba pusieron el asunto 2-0. Lo que parecía imposible para tanta petulancia había llegado. Estados Unidos, un país al que nunca le interesó el fútbol y por el que nadie daba un céntimo, le ganaba 2-0 a uno de los equipos favoritos para obtener el título del mundo. Estados Unidos, un equipo de aficionados (así lo llamaron en Colombia algunos periodistas), sacaba del torneo a una ‘potencia’ llamada Colombia.

Ni el ingreso de Adolfo Valencia ni el de Harold Lozano pudieron revertir la situación. ‘El Tren’ anotó el descuento cuando los minutos se iban. Y ante tanta desidia era imposible que pudiera aparecer el empate. Ese triunfo fue la locura para Estados Unidos, la victoria que necesitaban para que el fútbol ingresara de una vez al mercado. Por eso celebraron tanto; por eso los diarios del jueves publicaron en sus primera planas el resultado y alguna foto en color; por eso en la noche del 22 los noticieros le dieron más de cinco minutos al hecho; por eso la bandera de rayas y estrellas salió a recorrer el césped del Rose Bowl apenas terminó el encuentro. Para Colombia fue el adiós. Esa noche, en la sala de prensa del Rose Bowl, un periodista argentino, Jorge Barraza, dijo que Colombia se había derrumbado porque no había tenido la jerarquía para enfrentarse a su condición de favorito. Y bien, es que la jerarquía es parte fundamental del fútbol. Quizá la más importante. Sin esa jerarquía, o acritud positiva, o convicción (como la llamábamos arriba), son imposibles los títulos. A través de su historia, Colombia jamás ganó “el partido que tenía que ganar”. Es diferente ganar 5-0 en Buenos Aires cuando se necesita un empate y cuando una derrota no significa morir del todo (Colombia, si perdía ante Argentina el último partido de las Eliminatorias, iba a enfrentar a Australia en el repechaje), y hacerlo cuando se requiere esa victoria para continuar con vida.

Esa es la diferencia entre los equipos grandes, los que ganan los campeonatos del mundo, y los buenos equipos. La diferencia entre los ganadores y los perdedores: ganar el partido que hay que ganar. Lo del fútbol de Maturana también se derrumbó, aunque todavía, por ahí, muchos lo defiendan hasta la saciedad. En el fútbol, las victorias dicen la última palabra. Y en USA 94 esa última palabra estuvo muy lejos de la esgrimida por Maturana y Gómez desde 1987. Los equipos ganadores, Brasil, Italia, Suecia y Bulgaria, jugaron a otra cosa. Sus armas no fueron el toque insulso en mitad de cancha ni el reiterado, y por reiterado conocido, cambio de frente. Esos equipos jugaron en bloque, con balón y sin balón. Con jugadores que lo hacían posible pues tenían la edad y el estado físico para correr los 90 minutos sin descanso. Maturana confió en los mismos hombres de siempre; y esos hombres, con el calor del verano norteamericano y la presión desgastante de un mundial, se fundieron.

No pudieron hacer el pressing del fútbol moderno. No pudieron “achicar” los espacios. Regalaron siempre las espaldas, en parte por lentitud, en parte por los años. Sin pelota, Colombia fue un desastre, esa es una verdad irrefutable. Y con ella también. En tres juegos hizo cuatro goles, recibió seis y creó tan sólo ocho opciones de gol. Sobre los estadounidenses, Maturana había dicho: “Son la gran incógnita, por la sencilla razón de que uno no sabe lo que están haciendo. Al referirnos a los americanos, debemos recordar que son personas que pueden llegar a situaciones insospechadas de motivación. Su público los va a ayudar y, aunque uno no sabe si van a tener un verdadero compromiso con su hinchada, de todas maneras están ahí, como locales. Eso pesa. Han hecho una preparación impresionante, de mucho tiempo,  con cualquier cantidad de partidos de fogueo, contra todo tipo de equipos, incluidos los de alta reputación y ante ninguno han pasado vergüenza. Sin embargo, no han tenido una continuidad en la alineación que a uno le permita decir que los americanos jugarán de esta u otra manera. Realmente, no se sabe cuál es el equipo verdadero porque entra uno y sale otro, no permanecen, y hoy tan sólo su técnico, Bora Milutinovic, sabe lo que tiene en la cabeza. Por esa condición de impredecibles, los americanos son sumamente peligrosos. Más que los otros”.

Luego de la derrota ante Estados Unidos empezaron a surgir toda clase de rumores. Había que encontrar alguna justificación, era urgente y necesaria alguna explicación ajena al fútbol y ajena a la alineación titular de Colombia. Porque, ¿cómo podía explicar un periodista que había pregonado a los cuatro vientos que Colombia ganaría el Mundial, que la eliminación había sido por razones futbolísticas? ¿Cómo aceptar que en realidad no era el superequipo que podía vencer a cualquiera y en cualquier circunstancia? Se dijo que la ausencia de Valencia desde el minuto inicial había perjudicado al equipo, pues con Valencia habrían llegado los goles de la victoria. (Bueno sería recordar aquí que Franz Beckenbauer dijo en octubre del 1994 que Valencia apenas había anotado los goles que cualquier centrocampista regular hubiera anotado en el Bayern Munich).

Se dijo, y tiene que ver con la misma razón anterior, que De Ávíla no había encajado dentro del esquema y que había jugado por sugerencias del cartel de Cali. Se dijo que el árbitro había influido en favor de los locales, precisamente por ser locales. Se dijo también que algunos jugadores habían vendido el partido. Que habían “invertido” en Las Vegas mucho dinero en contra de Colombia, pues para ese juego las apuestas se encontraban en proporción de 19-1 a favor. Es decir, cada dólar pagaba 19 si Estados Unidos ganaba. Este rumor, imposible de confirmar a menos de que los presuntos implicados hablaran, se adueñó de la opinión y terminó por convenirse en certeza. La revista Semana, en su edición del 12 de julio de 1994, afirmó: “Como la actuación de los jugadores dejó mucho que desear, en toda Colombia comenzaron los rumores sobre el posible influjo de los grandes grupos de apostadores, que habrían presionado a los futbolistas por medio de amenazas o de ofertas de dinero para que perdieran el compromiso”.

Ese es un viejo tema, el del fútbol y las apuestas. O el del fútbol y la compra de jugadores. En octubre del 94, un alto exdirectivo del deporte, no precisamente del fútbol,  comentaba en una reunión que habían sido ciertas las apuest. Incluso acusó con nombre propio a tres jugadores que tenían el mismo color de piel. “Pero no tengo pruebas”, dijo. Dos meses antes, un funcionario de la embajada norteamericana en Bogotá había asegurado lo mismo. Cuestión de apuestas o de miedo. Cuestión de nervios o de presiones, lo cierto es que ante Estados Unidos Colombia jugó el peor partido en mucho tiempo. Porque una cosa es entregarse, luchar y perder, aunque sea por el marcador que sea, y otra,  caer vencido sin siquiera hacer el esfuerzo por triunfar. Ese fue el dolor que quedó. Esa fue la duda que nació de aquella actuación.

Lo que llegó después de la eliminación fue lo más parecido al infierno. La comunicación se rompió entre los jugadores y ntre los técnicos y los jugadores. El respeto se esfumó. De repente se habían olvidado todos los conceptos, todo lo que que había hecho grande a esa Selección. De repente se habían refundido los papeles. Nadie mandaba, nadie obedecía. Las declaraciones se salían de tono, las conversaciones eran recriminaciones… Bronca, rabia, dolor, eso era lo que guiaba al equipo. El jueves 23, Freddy Rincón y Harold Lozano se trenzaron a puñetazos en pleno entrenamiento. Una falta de Lozano, común y corriente, provocó a Rincón . En vez de palabras hubo golpes. En vez de cordura, locura. Ni el entrenador ni el preparador físico ni los dirigentes intervinieron.

El sábado 25, Gómez y Maturana también se dejaron llevar por los impulsos, todo porque el segundo no quería que el primero hablara con la prensa y éste había aceptado una entrevista. El domingo 26, día del partido con los suizos, ni siquiera hubo charla técnica en el hotel. No pudo hacerse porque muchos de los jugadores no aparecieron. El último partido fue de trámite. Aún existía la posibilidad de clasificar, pero era muy remota. Los números todavía eran aliados de Colombia. Se necesitaban una victoria de Estados Unidos sobre Rumania y una de Colombia sobre Suiza. Y que los goles también alcanzaran para el promedio. Casi un milagro. En Stanford, un estadio raro, con tribunas de madera, árboles y mucho polvo, los colombianos ganaron 2-0 (goles de Hermann Gaviria y Harold Lozano). En el Rose Bowl de Pasadena los norteamericanos no colaboraron. Fue mejor así, aunque en aquel instante se pensara diferente, porque Colombia no merecía estar en la segunda fase. Después del juego con los suizos el grupo se dispersó. Hubo algunos amagos de conflicto y muchos problemas a mitad de camino. El lunes, Juan José Bellini volvió a hablar.

Dijo que cuatro futbolistas de la Selección no podrían volver a vestir el uniforme de Colombia: Carlos Valderrama, Adolfo Valencia, Faustino Asprilla e Iván René Valenciano. ¿La razón? Habían transgredido todas las normas posibles. Se habían fugado de la concentración y se habían embriagado. Ese mismo día, en la puerta del ascensor del Marriot de Fullerton, Valencia lo buscó para que le diera explicaciones. Discutieron a gritos. El jugador lo llamó deshonesto, mentiroso y mafioso. Si no se fueron a las manos fue porque intervino Francisco Tulande, periodista de RCN. En realidad, a Bellini jamás lo quisieron en el equipo. Cuando llegó a Bogotá, el presidente de la Federación se retractó de todo. Dijo que jamás había dicho tales cosas. Todo quedó igual.

El final ya estaba firmado. ¿Cuándo se firmó? ¿Dónde? ¿Por qué? Todas las respuestas pueden responder los interrogantes. Es que no hay una respuesta. Tampoco hay una fecha. No hay sólo un responsable. Porque no fue una la razón que hizo fracasar al fútbol colombiano en el Mundial de Estados Unidos. Ni fue uno el culpable. En esta historia se mezclaron fechas y nombres, hechos y razones. Se mezclaron los intereses personales con los económicos, los sociales con los deportivos. Y cada mezcla fue una razón de fracaso. Se mezcló el país con el país. El de acá con el de allá. Es que Colombia no podía tener un equipo ordenado, disciplinado, honesto, limpio, talentoso, fuerte. Y no podía tenerlo porque Colombia, el país, no es así.

El lunes 27 de junio un hombre se acercó al hotel Marriot. Dijo que se llamaba Julio Ramírez. Era un hombre más, dolido, herido, frustrado. Un hombre y un país al mismo tiempo. Quiso hablar con Asprilla, pero se lo negaron. Quiso hablar con Valderrama, pero ya no se encontraba. Entonces pidió un papel. “A ustedes la vida les cobrará esta muerte”, escribió.

CAPITULO TERCERO

Fernando Araújo Vélez

“¡Muuuuyyyyy bueeenas taaaarrrrdes! A  partir de este momento, ‘La Voz’, el más grande… iEdgaaar Pereaaa Ariaas!”  En seguida se escucha un jingle que dice: “Tu papáaa llevará a todos los rincones de mi querida patria, Colombia, las acciones de este dramático partido entre las selecciones de Argentina… “, suena otro jingle: “iUuuuh… uuuuh!”. Y un coro: “iArgentina se murióooo… se murióooo,  Argentina se murióooo”… “y Colombiaaaaa”. Suena orto jingle que dice: “iAaayyy… quéee ooorgulloooso me siento de ser un buceen colombiano “. La voz del locutor continúa diciendo:

“Así es, damas y caballeros… Les voy a narrar los 90 minutos más dramáticos y emocionantes de la historia del fútbol suramericano. Un partido no apto para cardíacos. Si usted sufre del corazón, no oiga este partido, porque hoy los once varones, los once machos colombianos le van a demostrar a  estos mequetrefes habladores de paja, bailadores de tango y milongas, que la cumbia es un mejor ritmo y que del toque-toque y dale-y-dale nosotros sí sabemos. Hoy le vamos a tapar la tremenda bocaza a ese hablador que se llama Maradona, y también le vamos a demostrar al mundo cómo es que se juega al fútbol. Ese fútbol de calidad que sólo sabe jugar el equipo de mi tierra. Damas y caballeros, prepárense, porque a partir de este momento les vamos a dar a estos churrasqueros iduro y en la cabeza!

“Nosotros no comemos cuento con esas figuras infladas de Goycochea, Ruggieri, Simeone,  Batistuta. Nosotros, con Rincón, Asprilla, el Tren Valencia y el Pibe Valderrama, tenemos el fútbol suficiente para darles una lección a estos petulantes que creen que después de Dios no vienen los santos ni los ángeles sino ellos. Pero hoy les vamos a demostrar, iaquí, en su propio patio!, que Colombia tiene la mejor selección de fútbol del mundo. Así es, damas y caballeros. Bienvenidos al espectáculo de su majestad… iel gol!”

No hace falta señalar que esa fue la introducción que realizó el señor Edgar Perea para su transmisión del partido entre Colombia y Argentina el 5 de septiembre de 1993. No hace falta tampoco anotar que para cualquier exaltado esas palabras eran una invitación a la violencia. Para el público colombiano, la forma más directa de engañarse. Veinte días antes, frases similares de Perea y otros locutores habían incitado a algunos hinchas embriagados a agredir a la Selección Argentina en el aeropuerto de Barranquilla. Aquel día, Colombia había ganado 2-1, y el clima en el estadio Metropolitano y en el país había sido de fiesta.

Aún así, la animadversión hacia los argentinos, provocada por años y años de frases envenenadas, llevó a la agresión. ¿Y qué tal que los argentinos hubieran ganado ese juego por un tanto de dudosa legitimidad? ¿Qué hubiera ocurrido con los jugadores y el árbitro de ese partido? Pero no, la cuestión finalizó con victoria colombiana, igual que en Buenos Aires el 5 de septiembre. El día del 5-0, en la transmisión del encuentro entre argentinos y colombianos, el relator (así se les dice en el Sur a los locutores), Víctor Hugo Morales decía:

“Hemos llegado al momento culminante de esta Eliminatoria. El escenario es perfecto y el ánimo de la tribuna está encendido desde temprano. Pase lo que pase en el campo, ojalá no tengamos que lamentar algún incidente. Esa debe ser nuestra prioridad. Colombia llega con todo. Con un fútbol que ha recibido los mejores elogios del continente y con futbolistas en el mejor momento de sus vidas. Argentina aspira, y con ella todos nosotros, a un triunfo convincente que nos devuelva la fe. Con la fuerza y la inventiva que han construido nuestra historia futbolística. Desde los tiempos de Stábile, de Boyé, de Moreno, Sastre, Arico, D ‘Stéfano, Sívori, Labruna, Carrizo y Onega, hasta los de Bochini, Kempes, Pasarella, Ardiles y Maradona. Basile y sus muchachos tienen un compromiso con la historia, más allá de todas las desavenencias que se hayan presentado en el camino”.

En las tribunas del Monumental, unas letras luminosas que se apagaban y encendían transmitían el mensaje de esa tarde: “El fútbol es una pasión. No una confrontación bélica”. Las palabras de Morales y el letrero del estadio mostraron desde el comienzo cuál era el lema de los argentinos para el crucial compromiso. Ese día, los principales diarios bonaerenses resaltaron la actuación del cuadro colombiano durante los partidos anteriores y elogiaron a algunos de sus principales jugadores.

A Carlos Alberto Valderrama, por citar uno nada más, Clarín le dedicó una página y lo comparó con Adolfo Pedernera, una de las glorias históricas del fútbol rioplatense. Después del 5-0, la tribuna, con Diego Maradona incluido, aplaudió a Colombia. En realidad fue un homenaje. Una forma de decir: “Gracias, este es el fútbol que nosotros los argentinos queremos ver en nuestra Selección”. Aquella ovación, una demostración de nobleza, fue interpretada de otra manera por Edgar Perea, quien afirmó: “El parlanchín Maradona, venido a menos futbolísticamente, sólo pudo agachar la cabeza después del fabuloso marcador de cinco goles por cero con que el equipo clasificó”. El mismo concepto,  pero con otras palabras, fue repetido por gran parte del periodismo colombiano.

El lunes 6, en el aeropuerto de Ezeiza, dos reporteros de Telecaribe prendieron la madrugada bonaerense con sus actitudes y sus frases : “Pobres argentinos. Creyeron que por jugar aquí y por habernos enseñado algo de fútbol nos ganarían. Así los queríamos  ver, como ustedes están en este momento. Tristes, aburridos, humillados. Así los queríamos ver hace mucho tiempo. ¿Y ahora qué? ¿No quieren otro partídito?” A los dos periodistas no les importaban ni la hora -cerca de las cuatro en la mañana- ni las víctimas de sus provocaciones. En un momento sacaron micrófonos y entrevistaron a la gente, en el mismo tono y conla misma intención.

De pronto, una mujer que atendía cuestiones de pasajes y pasaportes se desesperó y les dijo: “Ustedes se parecen a esos envidiosos que de repente se encuentran con un tesoro. Y lo restriegan y lo restriegan en vez de disfrutarlo. Yo les pregunto: ¿acaso con el 5-0 de ayer nos borraron la historia, los dos títulos mundiales y todo lo demás que prefiero no mencionar? ¿Por qué no lo disfrutan y lo celebran como deberían? Parece que jamás hubieran ganado un juego. En la vida hay que aprender a perder, como nos tocó a nosotros ayer, pero también a ganar. Es igual de difícil, pero también igual de gratificante”.

Los colombianos la escucharon hasta el final. Casi sin entender. Después, simplemente, comentaron que aquella mujer era una amargada, una resentida. Y se rieron. La prensa, los medios de comunicación, los periodistas, han sido casi tan protagonistas como los futbolistas, los técnicos y los dirigentes. Ellos -seamos justos, el 90% de ellos- han dicho y escrito lo que han querido, sin medir las consecuencias, pasando por encima de la objetividad. Quizá jamás han deseado el fracaso, pero han colaborado para que éste se produzca. Más, incluso, y en algunos casos sin saberlo, que los equipos que alguna vez derrotaron a un cuadro colombiano.

“Un país grande, futbolística e históricamente, tiene una prensa grande”, le dijo Francisco Maturana en agosto del 93 (durante las Eliminatorias) a la revista Cromos. Habló aquella vez de la importancia y el poder de los medios de comunicación, de lo delicados que resultaban los comentarios de algunos periodista, del ejemplo que jamás había copiado Colombia de otros países, como Argentina y España. Pero es que aquí la historia también cuenta. Esos países tienen 100 o más años de fútbol,  y por lo tanto, tienen 100 o más años de periodismo deportivo.

Lo que vive la prensa colombiana hoy, sus defectos, sus virtudes, lo vivieron Argentina, Brasil, Uruguay y Europa hace muchos años. De esos viejos errores aprendieron. Y el público también, que cada día les exigió más y más, pues sabía más y más. Lo que hoy existe, existe porque antes hubo generaciones que se equivocaron. En Colombia,  la generación de hoy es prácticamente la primera. Aprendió ella sola, de sí misma. No tuvo espejos para mirarse en ellos ni maestros para aprenderles (con las excepciones de Carlos Arturo Rueda, Melanio Porto Ariza, Marcos Pérez y unos pocos más).

Si en Brasil apareció un Pelé en el 58, fue porque tenía un Didí a quien emular, y éste, a un Leónidas a quien intentar copiar. Romario, por tanto, es consecuencia de un Zico, de un Sócrates, de un Pelé y de todos los anteriores. En Argentina un periodista que trabaje en prensa tiene que escribir bien. Es casi una obligación. La cultura  que crearon Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y Domingo Faustino Sarmiento, por citar sólo a algunos, acostumbró al pueblo a leer bien. Por eso no es tan sencillo engañarlo. En términos generales, el pueblo argentino sabe de letras. Y como sabe, exige. Con el fútbol es igual. En Colombia, en cambio, los ejemplos de fútbol y de periodismo son casi nulos. Como casi no existen, la emulación recae en el que más alto está. En el que más fama tiene. O más dinero. O más audiencia (nada de eso significa que sea el mejor). Y a ese le creen lo que dice o lo que escribe.

Para él debería ser un compromiso superarse. Durante esta última etapa del proceso Maturana-Gómez la prensa nacional olvidó todos esos conceptos. Se dejó llevar. Por la alegría del hincha normal en algunos casos; por las pasiones regionalistas en otros. O por el dinero, ingrediente decisivo en este presente colombiano. Decía Carlos Antonio Vélez en octubre de 1994: “Es que el periodista no puede ser igual ni tener los mismos conocimientos que el hombre que habla en la calle, porque él, el periodista, tiene una obligación. Es él quien debe formar, informar, guiar al hombre de la calle. No al contrario. Y para formar y demás es necesario que esté permanentemente estudiando, actualizándose. Pero no, si aquí uno lee, el de allá le va a decir que es aburrido o creído. Y eso… para no hablar del dinero, de los favores y de todos esos elementos que han corrompido a muchos.

Y no es necesario llegar al tema de los dineros oscuros para hablar del mercantilismo en el periodismo. Es sencillo: si a un locutor o a un comentarista le pagan su salario y además le entregan cupos publicitarios en parte de pago, le va a hacer fuerza a la Selección o al club de su región. Porque si al equipo le va bien, a él también le va a ir bien. Va a vender más cupos, va a tener más publicidad. Y el que vende, casi siempre es mentiroso. Porque tiene que vender. E l periodismo colombiano vendió a su Selección en el 93 y en el 94. Le convenía además venderla para obtener más ganancias. Se podría decir que la infló, sin importarle el perjuicio que sobreviniera después por esa actitud.

En una venta, cuando de lo que se trata es de convencer a los demás de las bondades de un producto, no se mencionan jamás los defectos de éste. Por eso los periodistas no le hicieron mayores críticas a la Selección Colombia. No convenían. Se hubieran ‘espantado’ los anunciantes y sus millones de pesos. El negocio no hubiera funcionado. Es la historia casi exacta que se repite año tras año. Ocurrió con el América de Cali a mediados de los ochenta, con Nacional después, con Millonarios, con las selecciones juveniles… Ha sido una constante apoyar ciegamente a todo lo colombiano -bueno, regular o malo- para ganar en publicidad, viáticos y audiencia. Pero esas no han sido las únicas causas de la mentira en la prensa nacional.

Ha habido otras razones no tan metalizadas. Han existido mentiras por vínculos sentimentales, por amistades, por favores. Decía Maturana antes del Mundial: “Parte de esa comunidad -la de la Selección- se ha logrado a través de una persona, un lugar, unas circunstancias que han sido el alma del equipo: Fabio Poveda Márquez y su casa. No hablamos del periodista corno tal, sino de la persona que nos prestó todo su espacio personal para encontrarnos. Esa es una de las razones por las cuales siempre disfrutamos cuando nos concentramos en Barranquilla. Podemos escaparnos a la casa de Fabio y pasar con él unos ratos muy especiales… Allá en su casa sí está la historia íntima de este equipo”.

Después de leer las palabras del técnico de Colombia: ¿Puede Fabio Poveda Márquez ser imparcial y objetivo en sus columnas de El Heraldo o en sus comentarios radiales siendo íntimo amigo de la Selección? Y por el otro lado, ¿podría alguna vez Maturana negarle una entrevista a Poveda, como lo hace con infinidad de periodistas colombianos? Esos vínculos afectivos también produjeron daño. Fabio Poveda Márquez fue uno de los tantos periodistas colombianos que encumbraron a la Selección Nacional como futura campeona del mundo. Él mismo, después de la eliminación en la primera ronda, aceptó que también había sido, en gran parte, responsable de la debacle.

Maturana y la prensa

Estas fueron algunas de las reflexiones de Francisco Maturana sobre el periodismo deportivo antes del Mundial de 1994:

“Otras cosas que son parte de la Selección, probablemente una de las más incidentes y difíciles, son sus relaciones con la prensa. A pesar de que somos todos individuos muy diferentes, mantenemos una gran unión alrededor de la causa. Esa causa es cada vez más fuerte y crece en la medida en que la ataquen. No se imaginan nuestros detractores el bien que le hacen al grupo cuando hablan mal de alguno o de todos. Eso sí que nos une. Hasta tal punto, que cuando hay períodos de calma, hasta buscamos prender la polémica v el debate para que nos atornillen aún más. Nos fascina salir a defendernos de los críticos a punta de resultados, que es lo que hasta ahora ha sucedido con lujo de detalles.

“Hoy, ya se ha polarizado más el debate con algunos enemigos de la Selección, especialmente en la radio. Están todos identificados y sabemos quiénes son, por lo cual nos defendemos también más concretamente. El grupo está cada vez más por encima de  esas confrontaciones y me siento superior a esas peleas. En cambio, algunos periodistas viven en su guerra permanente y les encanta, pero los dejamos en un rincón, sin pararles bolas. Finalmente, este grupo ya se ha aguantado seis años de palo y no veo  por qué tengamos que hacer las paces, pues subsisten amplias diferencias y ofensas por reparar. Pero lo que sí no hace ningún miembro de la Selección es revolcarse en el mismo fango con sus enemigos.

“No somos inflexibles. Por ejemplo, con César Augusto Londoño y Adolfo Pérez había serias discrepancias y rechazo. Pero tuvimos un encuentro con ellos, amistoso, correcto y caballeroso, a través del cual pudimos conocerlos mejor y analizar muchos de sus valores, hasta que concluimos que teníamos una imagen distorsionada de ellos. Después de esas charlas, nos dimos un nuevo espacio para las relaciones. Primero los traté yo personalmente. Después, los vinculé al grupo y los aceptaron a tal punto que durante la Copa América era normal que se sentaran en nuestra mesa, que nos hicieran entrevistas más espontáneas, que les hiciéramos bromas o jugáramos cartas. Porque cuando se entra al grupo, es porque eres una persona buena y querida y te aceptan plenamente. No para obtener prebendas o elogios de la prensa ni para que nos quieran, sino porque los valores humanos priman y deben respetarse.

“Pero así como con estos dos muchachos hubo una reflexión, en cambio con Edgar Perea subsiste igual antagonismo. Las cosas con él no son fáciles. Ya durante los días previos al Mundial de Italia hubo problemas graves y hasta un veto de todo el equipo, sin una sola excepción, contra Perea. Tuvo que intervenir la Asociación Colombiana de Redactores Deportivos, Acord, para obtener, digamos, una tregua, porque si esa noche nos dimos la mano fue más para propiciar un clima de trabajo que para conciliar diferencias que son muy profundas. Hoy, probablemente, quien más defiende a Edgar Perea dentro de la Selección soy yo, porque un día de estos la situación va a estallar ya que el clima es tenso, aunque en el fondo confiamos en que todo se pueda conciliar, tal como ha sucedido con otras personas.

“Con otro periodista que tenemos un divorcio total es con Iván Mejía. Yo entiendo que uno no puede reunir la unanimidad ni ello es conveniente, pues la crítica enriquece y fortalece. Con el correr de no sé cuántas selecciones, nos encontramos siempre con la situación de los periodistas que no comparten tal o cual determinación o discuten la escogencia de uno u otro jugador. Eso es normal. Lo que no es normal es que siempre sean los mismos periodistas con el mismo cuento, lo que deja de ser casualidad. Hoy Mejía está engañando a la gente porque es mal intencionado, diciéndole que este equipo tiene que quedar campeón para vengarse si nos clasificamos terceros, cuartos u otra cosa, para poder argumentar en contra nuestra. El señor Mejía nos está montando ese complot”.

El tiempo y los sucesos de junio y julio le darían la razón al técnico. En cualquier momento podía estallar la crisis con Edgar Perea. Y estalló el martes 22 de junio. En pleno campeonato, Maturana y Gómez decidieron vetar a Hernán Peláez y a Edgar Perea. Una insinuación del primero sobre influencias externas en la Selección, por las cuales Antonhy de Ávila jugaba ante Estados Unidos en lugar de Adolfo Valencia, fue el detonante. Unos días después, Maruja Pachón de Villamizar, por aquel entonces ministra de Educación, dijo que los medios de comunicación habían tenido una gran responsabilidad en codo lo sucedido. Y se desató la polémica. Otra polémica que concluyó en la nada, como siempre.

Es que en Colombia los debates son tan superfluos que jamás tienen una conclusión. Nunca se desarrollan las teorías. Se quedan allí, a mitad de camino. Importa más la imagen de tal personaje, de tal gremio o del país en general, que la realidad. A la ministra le dijeron que era más irresponsable que cualquier otra cosa hacer tales declaraciones y ella guardó silencio. Ni profundizó ni dio razones; simplemente, dejó pasar el vendaval por encima. Pero no fue la señora Pachón la primera en hacer declaraciones de este estilo. Al periodismo deportivo se le acusa de parcialidad, superficialidad y deshonestidad desde hace mucho tiempo.

La verdad vendida

Años atrás, cuando José Gonzalo Rodríguez Gacha aún vivía, el señor Ignacio Gómez (de El Espectador) dio a conocer una lista de periodistas que recibían dinero del narcotráfico. Entre otros, estaban allí los nombres de Jaime Ortiz Alvear, Oscar Restrepo, Esteban Jaramillo, Juan Carlos González e I.  Mejía. El escándalo duró poco tiempo. Jamás se pudo saber si los implicados eran culpables o inocentes. En cualquier caso, la duda quedó flotando; todavía hoy llama la atención que no se hubieran presentado argumentos ni a favor ni en contra de los inculpados. No hubo más ataques ni acusaciones. Pero tampoco hubo defensores. Ninguna prueba… el caso quedó cerrado. Sólo para conversaciones y conjeturas de coctel.

Esa relación de dineros de dudosa procedencia y periodismo comenzó hace muchos años, cuando en el mundo de los toros y en el de la política se hicieron populares los famosos ‘sobres’. Consistían en que los protagonistas de la noticia les enviaban dinero a los cronistas que se encargaban de esos temas para que hablaran o escribieran bien de ellos. De acuerdo con el medio la suma era grande o modesta. Y de acuerdo también con el personaje. Aquellos periodistas que aceptaban el soborno se justificaban con el argumento de que recibían malos salarios. La práctica se volvió costumbre e ingresó al mundo del fútbol, de lleno, por allá por los años setenta.

Al comienzo no eran sumas millonarias las que se movían. Pero hacia 1975, dineros turbios y oscuros personajes empezaron a in filtrar el fútbol colombiano. Mientras más oscuros eran los individuos, mejor imagen necesitaban. Y más pagaban por ella. Rodríguez Gacha, a quien le encantaba el fútbol y jugar al lado de su equipo, Millonarios, con la franela número 10, invitaba casi sábado de por medio a algunos periodistas a su finca en Pacho, Cundinamarca. Hacían asados, hablaban de fútbol y jugaban reporteros, comentaristas, directivos y futbol istas. “Mire, aquello era un derroche. De comida, de trago y mujeres. Iban muchos de los que uno escuchaba por la radio y veía en la tele. Los domingos era bien extraño que criticaran a Millonarios. O mejor dicho, los domingos nunca criticaban a Millonarios, así el equipo jugara supermal”, comentaba un vecino de la población.

Por aquellos años -1987, 1988 y 1989- el cuadro azul de Bogotá era uno de los permanentes animadores del torneo nacional. La prensa capitalina tomó partido sin medias tintas, como lo había hecho la de Medellín con Nacional o la de Cali con el América. El éxito de esa prensa parcializada, de aquellos periodistas-hinchas, fue desbordante. Las transmisiones de Luis Fernando Múnera Eastman (‘el paisita de oro’), los comentarios de Jaime Ortiz Alvear y las discusiones de Edgar Perea con quien le llevase la contraria marcaron la época. Cada uno defendía su equipo a muerte. Lo ensalzaba tanto como hundía al rival. De ellos, y por ellos, surgieron odios que jamás menguaron. En Medellín nadie podía aceptar a Carlos Enrique ‘La Gambeta’ Estrada ni a Eduardo Pimentel, ambos, jugadores de Millonarios.

En Bogotá, la resistencia hacia Leonel Álvarez, de Nacional, era sistemática. La de aquellos años era una guerra de fútbol que trascendía el amor por un equipo aunque el hincha corriente creyera que todo se basaba en el ‘amor a la camiseta’. Bueno, al fin y al cabo así se lo hacían entender los periodistas. Un domingo de diciembre de 1988, a Carlos Estrada le rompieron la frente por ir a celebrar un gol de Millonarios frente a la tribuna de Nacional. Los ánimos exaltados por el fanatismo que atizaba desde la cabina Múnera Eastman habían cobrado su primera víctima. Aún hoy, en cualquier conversación que toque el tema de los locutores se recuerda la manera como el mismo ‘paisita de oro’ se refería a Pimentel durante las transmisiones: “La lleva el cuatro”. Y en seguida les ordenaba a los fanáticos: “iChiflen! iChiflen! “. Se negaba a nombrarlo por su nombre porque Pimentel había dicho que Francisco Maturana era ‘rosquero’.

En Bogotá, en mayo de 1989, después del encuentro de vuelta por los cuartos de final de la Copa Libertadores, los futbolistas ele Nacional y el juez Hernán Silva tuvieron que aguardar más de una hora para poder salir del estadio El Campín. Según la prensa capitalina, el árbitro había favorecido al conjunto paisa. Los hinchas, enardecidos por la eliminación (1- 1 terminó aquel juego y con ese marcador Millonarios quedó marginado de la Copa) decidieron cobrar cuentas por sí mismos. Sinembargo, el periodismo salió a defender lo que no tiene defensa afirmando: “Pero es que en Italia también hay mafia y en Argentina hay muertos, y en Inglaterra existen los hooligans”.

En 1990, cuando los comentarios sobre el Mundial de Italia se habían esfumado ya, el árbitro uruguayo Juan Daniel Cardellino fue amenazado de muerte en Medellín. Debía dirigir, como en efecto lo hizo, un partido por la Copa Libertadores entre el Atlético Nacional y el Vasco da Gama de Brasil. No quiso denunciar lo que había ocurrido por temor a posibles represalias. Tan pronto como salió de Colombia, pasó el informe a la Confederación Suramericana de Fútbol y ésta, después de prolongadas deliberaciones, decidió sancionar a la capital antioqueña para cualquier tipo de partidos internacionales por un año y tres meses. Desde entonces, la prensa colombiana decidió declararle la guerra a Nicolás Leoz, presidente de la Confederación, y a la entidad que dirigía. “Confabulación Suramericana de fútbol”, así fue como la empezaron a llamar en todos los medios nacionales.

La verdad era que fuerzas extrañas y oscuras estaban destruyendo el fútbol colombiano. Después de aquellos sucesos todo fue éxito. Y por lo tanto, inflación. Jamás lo había comprobado, pero Colombia tenía el mejor fútbol del continente y del mundo. Antes había sido René Higuita, quien dejó de ser ‘el mejor portero del mundo’ por un error, aquel que le costó a la Selección nacional el primer gol ante Camerún en el Mundial de Italia 90. Después fueron Faustino Asprilla, Iván René Valenciano, Freddy Rincón… Cualquiera que hiciera un gol o que fuera transferido a Europa ingresaba a la elite mundial del fútbol. Y si no lo colocaban de titular, como en los casos de Valenciano y Carlos Valderrama en el Montepellier, era debido a una extraña y estúpida confabulación. El odio hacia los colombianos, la mala imagen… esa era, según la prensa deportiva, la razón para que en el banco de algún equipo estuviera un colombiano. El mundo contra Colombia.

Los triunfos de 1993 terminaron de obnubilar al periodismo y, con él, al pueblo colombiano. “Asprilla: más cerca de la inmortalidad”, tituló El Tiempo una nota sobre el jugador en septiembre del 93. El artículo decía: “Cuando un jugador empieza a agotar los calificativos es que está rumbo a la inmortalidad. Y eso es Faustino Asprilla: el mejor futbolista del mundo en la actualidad. En una sensacional actuación, condujo al Parma a una victoria por 3-0 sobre T orino, anotando los tres goles y configurando un cuadro de gloria en el lapso de tres semanas. Liquidó el mito de Argentina en el Monumental de Buenos Aires, le bastaron 30 segundos para ser la figura en el triunfo sobre Génova e hizo trizas el cerrojo sueco en la Recopa Europea con dos golazos en tres minutos y demolió el invicto del Torino en la liga italiana. ¿El mejor? No hay duda en el presente”.

Poco después, Asprilla fue el mayor fracaso del Mundial de 1994. En seis meses, y ‘repentinamente’,  dejó de ser el mejor del mundo. La gente de la calle, se sabe, le cree ciegamente a los periódicos y a los noticieros. Incluso decide apuestas sobre tal o cual suceso, “porque lo dice el diario, porque lo escuché en la radio, o porque lo vi en la televisión”. Si en un medio impreso está escrita la palabra alguacil con z, esa es a máxima prueba de que se escribe con z. Si dice que Asprilla es el mejor del planeta o que Colombia va a ganar el Mundial… pues así debe ser. En Colombia se les cree todo a los periodistas y se les imita en todo.

En su libro Edgar Perea polémico, el locutor chocoano relata un acontecimiento de la siguiente manera: “En los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Panamá tuve que transmitir el partido Colombia-Panamá desde el lado de la línea del campo de juego pues no había cabinas de transmisión en ese estadio. Cuando el partido iba ardoroso de parte y parte, el árbitro pitó un pénal  a favor de los panameños, que derrotaba inmediatamente al equipo colombiano. Nosotros lo calificamos como injusto porque no había existido el penalti; era una ayuda que el árbitro quería darle al equipo de Panamá. No sé en qué momento tiré el micrófono a un lado y  metí dentro del campo a discutir con el árbitro, a la par con los jugadores colombianos. Fui un rebelde más en la cancha y hasta llegué a empujar al árbitro en la discusión. Entonces entró la Policía, me sacó del campo de juego y no me dejaron seguir transmitiendo el partido”.

Una muestra del carácter del locutor que supuestamente más escuchan los colombianos. En otra parte Perea afirma que en Colombia

“…tenemos también al periodista “soba-chaqueta”, que nunca aporta nada. Nunca ve nada malo, o si lo ve, no se atreve a decirlo, tal vez por falta de conocimientos. Se mantiene a la espera de los resultados para poder “opinar” y siempre está de acuerdo con el técnico, porque su muy poca independencia económica y profesional sólo le permite meterse debajo del árbol que está dando más sombra: el técnico de moda. Cuando las derrotas y malas actuaciones se presentan, siempre encuentra una excusa para no comprometerse, y cuando las victorias y buenos resultados llegan, es el primero en montarse en el bus que fue incapaz de empujar cuando estaba varado. Estos avivatos son la gran mayoría en nuestro país…”.

Los años recientes han sido pródigos en ejemplos de periodismo viciado y corrompido. Para ese periodismo vende más el patrioterismo que la verdad. “Hacen más por uno los enemigos que los amigos”, decía alguna Norma Jimeno, columnista de la revista Cromos. En el fútbol la crítica se transformó en pecado y con respecto a la Selección Colombia,  aquel que le descubriera un defecto se convenía en antipatriota. “Tan lejos llegó aquella situación que era absurdo y hasta repugnante escuchar a unos periodistas de Caracol defender a la Selección para mantener el puesto. Obviamente, les daba miedo criticar pues el patrocinador del equipo (Bavaria) era el mismo patrón. ¿Qué clase de objetividad puede haber así?”, comentaba y se preguntaba Gabriel Bricei1o después del Mundial.

Hace muchos años, exactamente 44, Brasil sufrió la derrota más triste de su historia. Fue el 16 de julio de 1950 en el estadio Maracaná de Rio de Janeiro, construido para albergar a 200.000 espectadores. Para los brasileños era un hecho que ganarían el torneo de ese año. Llegaron a estar tan convencidos, que los jugadores, antes de salir a la cancha, se colocaron una camiseta debajo de la oficial que decía ‘Brasil, Campeón Mundial 1950’. Los diarios ya habían impreso ediciones con títulos similares. Todas esas exageraciones no son parte de esta historia, pero ayudan a comprenderla. Aquella final ante los uruguayos de Obdulio Varela terminó 2-1 a favor de los celestes. La más grande sorpresa de la historia del fútbol hasta hoy. Hubo suicidios en Brasil ese día. Y una larga melancolía que sólo se mitigó ocho años más tarde.

El 17 de julio, en medio del dolor, el diario O’Globo aplaudió a los uruguayos y consideró justa su victoria, pese a la mejor técnica de los brasileños. Decía, entre tantas cosas: “Será forzoso reconocer que los cracks de la celeste merecieron el triunfo, sobre todo por el espíritu de lucha que demostraron, por el corazón que los llevó de vencidos a triunfadores, superando la mayor técnica y virtuosismo individual de los brasileños”. Este comentario, o el paréntesis, si se quiere, sirve para mostrar cómo un país con tradición sabe afrontar una derrota; cómo el periodismo está para reseñar la verdad, por difícil o dolorosa que sea.

En Colombia, los hechos y los ejemplos sobran para cuestionar a la prensa y sus propietarios. Porque muchas veces son ellos los que dirigen al periodista, los que le imponen lo que debe decir y lo que debe callar. Y, en últimas, los que mantienen en su lugar a aquellos agitadores de masas que sólo buscan popularidad o rating sin medir consecuencias. Los nombres ya están dichos… Sólo falta esperar la próxima tragedia.

 

La desilusión de un hincha

Era el boxeador triste de los años olvidados. El iluso que todos los días (a las 5 en punto de la mañana) salía a devorar kilómetros y kilómetros de calor y polvo. Su nombre… lo mismo daban su nombre o su apellido; su historia… su historia estaba por escribirse. Sus sueño eran lo único que importaba. Ganaría unos pesos, tal vez algunos dólares, y después sí, comprarse el tiquete para ir a la Copa América con Colombia. Después sí, a sufrir con Colombia. A gritar cada gol como si fuera el último grito de la existencia. Era el boxeador triste de los años olvidados, el soñador que se reventaba las manos con la bolsa de arena para obtener pegada.

No había podido ser futbolista porque no era muy dúctil con las piernas, pero ahorraría todos los esfuerzos por estar cerca a sus ídolos. Willington, Arboleda, Umaña, Zape, Díaz, Campaz. “Si consiguiera por lo menos para ir a los juegos en Bogotá”, le decía a su madre, que hasta algunas baratijas vendió para ayudarlo. Seis meses en esas, hasta que en un entrenamiento le metió su mano izquierda a Prudencio Cardona y lo mandó al suelo. Silencio entre los siete negros que miraban la sesión. Silencio en el manager que vio la oportunidad de ganar algunos pesos. El primer contrato para Julio Ramírez, los primeros ahorros, los primeros partidos.

Peleó tres veces como profesional. Una derrota, una victoria y una derrota, lo suficiente para cumplirle a su ilusión. Se mandó a hacer el ‘afro’ en la peluquería de la tía Josefina para quedar igual a Diego Umaña (su ídolo), guardó en su equipaje lo que encontró. Y sus guayos (‘por si acaso’). Claro, por si acaso. A los 19 años aún podía ser futbolista. ¿y si me dejan en una práctica? ¿Ah? ¿y si al Caimán le gusta mi swing? ¿Ah? ¿Tú qué dices mami?

Un motivo para vivir

Anduvo por Bogotá, Asunción, Montevideo, Lima y Caracas. Tan nervioso que apenas si hablaba. Tan feliz que cada dos días le mandaba una carta a la vieja Rosario, su madre, para contarle cada partido, para describirle cada gol (como si la vieja no lo hubiera vusto todo por la televisión). Cuando volvió, a Barranquilla entera la quería reunir para referirle su historia. Por el sueño cumplido, sí, pero más por la emoción de haber visto a aquel equipo ganarles a uruguayos, paraguayos y ecuatorianos.

“Subcampeones mami, subcampeones. ¿Quién lo hubiera soñado?”. Qué risa le habían dado aquellos que no le creían cuando hablaba de ‘sus’ genios. Cómo había  celebrado cada gol, preciso por todos esos que no le creían. Qué atajadas las de Zape.  Qué jugadas las de Willington. Qué talento el de Arboleda. Y ni hablar de Umaña. ¿Me parezco? ¿Cierto que cada vez me parezco más?”.  Julio Ramírez jamás olvidó aquel año de 1975. No fue futbolista. Y el boxeo acabó con él como en la historia de ‘El Flecha’, de David Sánchez  Juliao.

En 1977 se embarcó para los Estados Unidos por un primo que le habló bellezas de ese país. En Queens se hizo hombre como mecánico. Allí encontró a su esposa. Allí nacieron sus dos hijos. Y en Queens también entendió que lo valioso en realidad no tiene precio. Diecisiete años tuvieron que pasar. .. Diecisiete años de repetir aquello de Henry Miller que decía “Soy la soledad que toca el xilófono para pagar el alquiler”. Mucho tiempo, demasiada nostalgia para sentir de nuevo algo de aquel 1975.

Cuando supo que el Mundial del 94 se haría en Estados Unidos creyó que el tiempo se había devuelto. El boxeador triste de los años olvidados se transformó entonces en el borrachín alegre de los sueños recobrados. El Mundial, un motivo para vivir. Y Colombia, un motivo para hacer verdad lo imposible. “Y si pude antes, ¿por qué no ahora?”. Esa era la pregunta que lo rondaba. No sería con el boxeo pero…

En tres meses, un préstamo aquí, un préstamo allá, montó una tienda de ropa deportiva. Encontró la forma de llevar camisetas desde Colombia (Júnior, Millonarios, América, Santa Fé), regateó para conseguir guayos baratos y así empezó. El 18 de junio de 1994 fue uno de los primeros en llegar al Rose Bowl para ver a su Colombia ante Rumania.

La ilusión en sus miradas

Por aquello de los agüeros, cargó con la misma bandera que había paseado 17 años antes por Suramérica. Tenía dos agujeros, estaba descolorida ya, pero qué importaba. También llevó un afiche de aquel equipo del 75. Algunos se reían al verlo, otros le preguntaban. Él decía que ese había sido el mejor cuadro de Colombia en la historia. Y se ofuscaba cuando le respondían que al lado de Valderrama, Asprilla, Rincón y Valencia, esos, los que él adoraba, eran colegiales. “Por lo menos, hasta hoy, son los únicos que han ganado algo, así fuera un subcampeonaco”, murmuraba él, ofendido.

Dentro del estadio no dejó de alentar a su equipo. Estaba feliz otra vez. Le contaba a su hijo (el menor, porque al mayor sólo le gusta el fútbol americano) de aquel equipo del 75. Al fin y al cabo, había decidido vivir de recuerdos y no de los famosos Tinos, Trenes y Pibes. “Todo lo que me maté por creerle a gente ignorante”.

“¿Estos eran los genios que iban a ganar el Mundial?”, preguntaba y se preguntaba después del juego, mitad resentido, mitad engañado. “Qué tal que los del 75 hubieran tenido todo este apoyo… “. El miércoles 22 de junio repitió la misma rutina, pero ya no gritó, ya no alentó más a Colombia. Trató de imaginar que Valderrama era Umaña, que Asprilla era Willington, que Córdoba era Zape… No pudo. Con el segundo gol de Estados Unidos se levantó. “Te espero afuera”, le dijo a su hijo. Y salió para sentarse en un andén con su afiche desplegado. Así estuvo hasta el final del partido, con los ojos clavados en el 75; con la ilusión hecha pedazos.

No le importaban la plata, los meses invertidos, los trabajos. No le importaba siquiera la derrota. Sin ver, vio a esos hinchas que salían llorosos; con la peluca de Valderrama en la cabeza, con la camiseta amarilla… Y sintió que en cada uno de ellos estaba él 17 años más joven. “Ven Carlitos”. Le habló suave a su hijo. “Mira a estos ti pos”, y señaló ‘su’ equipo. “No tenían patrocinios ni ganaban millones, apenas para vivir. Los presidentes jamás fueron a verlos. Y cada gol que hacían era la misma felicidad. No sé cómo explicarlo… Es como cuando tú vas contra la corriente y ganas ; la alegría es tres veces mayor. Por el triunfo, por la gente que no creyó en ti y por ti mismo, ¿ves? Míralos, se les notaba la ilusión en la mirada, las ganas…”.

No dijo más. No tenía nada más que decir. A él, como a todos los que salían del Rose BowL le habían matado la ilusión. Y eso era lo que más le dolía. El boxeador triste de los años olvidados. Un hincha más, herido, acabado. Una víctima de la ilusión generada por la Colombia de USA 94. En realidad, el espejo de un país. El reflejo de una afición. Su historia fue la historia de todos. Con otros nombres tal vez. Con algunas variaciones quizá. Pero en el fondo, la misma historia.

Al volver a Queens no tuvo necesidad de contar lo que le había ocurrido. Los noticieros lo habían hecho por él. Habían desmenuzado a Colombia. Habían hablado de las influencias negras del fútbol colombiano. De las amenazas, de las supuestas apuestas, del narcotráfico. De todo lo que a él le avergonzaba. “Y. pensar que en aquellos tiempos míos nada de esto  existía”.

* Este es el tercer capítulo del libro Pena Máxima, publicado por Planeta 18 años atrás. Los dos primeros están publicados en este mismo blog.


CAPITULO CUARTO

Fernando Araújo Vélez

“No, mire, el problema es que para hablar con el patrón primero hay que hacerlo con un contacto. Y ese contacto, usted sabe, está muy delicado de salud”. El hombre, sin nombre, claro, como todos aquellos que tienen alguna relación con el cartel de Cali, respondió así a la solicitud del autor para entrevistar a Miguel Rodríguez Orejuela. Después dijo: “Hablamos cuando el contacto se recupere. Yo lo busco”. Por esos días, finales de noviembre de 1994, Juan José Bellini, presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, se encontraba muy delicado de salud. Un pre infarto, seguido de otro, lo mantenían en cama. El hombre sin nombre no lo mencionó jamás, pero tampoco era necesario: Bellini y Rodríguez Orejuela se conocen desde los años ochenta, cuando ambos integraron una lista disidente de accionistas que deseaba hacer parte de la junta directiva del América.

En un principio fueron derrotados, pero después terminaron por apoderarse del club o del proceso de toma de decisiones del club, que es casi lo mismo. A Bellini y a Miguel Rodríguez Orejuela se les ha visto juntos en numerosas oportunidades e, incluso, en varias fotografías . En julio del 94, la revista Semana publicó una en la cual aparecían los dos y Manuel Francisco Becerra, quien también fue directivo del conjunto vallecaucano antes de ocupar la Contraloría General de la Nación. En 1993, Bellini, ya como presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, condecoró a Miguel Rodríguez Orejuela en Cali por sus servicios prestados al deporte. Nunca se supo cuáles habían sido esos servicios ni a quiénes había beneficiado, pues a ese homenaje sólo asistieron algunos íntimos amigos. La prensa, además, no publicó una sola línea al respecto.

En diciembre de 1994, el hombre sin nombre reapareció con otro mensaje: “El patrón no quiere hablar de fútbol pues eso le puede hacer daño al América. Dice también que a él no le han comprobado vínculos con el club y tampoco con el fútbol y que una entrevista ni ayuda ni nada. Que si quiere hablar con Bellini, pero sólo de fútbol…”. Fue muy claro todo. Lo del contacto, lo de Rodríguez, lo de Bellini. Además, a este último jamás le interesó hablar de otra cosa que no fuera el fútbol. Al fin y al cabo, sus antecedentes en otros campos no le convienen. Por no decir que jamás le interesó hablar para los medios de comunicación. Más de una vez se vio involucrado en discusiones de alto voltaje con periodistas. Y más de una vez terminó entrevistas con alguna frase salida de tono.

La Fiscalía General de Colombia tuvo que enviar a Washington un comunicado, en diciembre del 94, en el cual afirmaba que no había razones para investigar al dirigente deportivo. Sin embargo, la embajada de los Estados U nidos le otorgó una visa especial -de sólo 40 días- para asistir al Mundial del 94. Y esto,  gracias a que la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociado) intercedió para que el presidente de la Federación Colombiana pudiera asistir al certamen. Además, mientras estuvo en territorio norteamericano fue celosamente vigilado.

Los nexos entre los Rodríguez Orejuela (Miguel y Gilberto), el fútbol y el América vienen de años atrás, de finales de la década del 70. Por aquellos años empezaron a llegar al club escarlata jugadores costosos, muy por encima de lo que se acostumbraba en el medio. Óscar ‘El Pinino’ Mas y Aurelio José Pascuttini fueron de los primeros. Sus pases estaban por encima de los 350.000 dólares, en una época en la que no eran comunes cifras tan elevadas, al menos en Colombia. Óscar Mas arribó al América en medio de la sorpresa y la incredulidad generales. Era una de las figuras más célebres del fútbol argentino. Hizo toda su carrera con River Plate (uno de los dos equipos más importantes de Argentina), fue seleccionado nacional a los 17 años y jugó el Mundial de Inglaterra en 1966. En 1973 y 1974, dos años antes de que llegara a Colombia, estuvo en el Real Madrid.

Jugó un año con la camiseta número 11 del América. A veces bien, a veces muy bien, a veces regular. Pero eso es lo que menos importa en esta historia. Lo interesante es que un deportista de esos quilates no podía llegar al fútbol colombiano con el dinero que se manejaba por entonces. Además, América no había sido jamás campeón. Era casi un cuadro de mitad de tabla de posiciones hacia atrás. Tampoco tenía mayores pretensiones ni la manera de lograrlas. En 1979, bajo la dirección técnica de Gabriel Ochoa Uribe, quien había prometido años atrás no volver al fútbol, América obtuvo su primer campeonato. La leyenda de la ‘maldición del garabato’ había quedado enterrada. Los Rodríguez ya estaban involucrados de lleno en el club y desde finales de 1975 se hablaba de sus vínculos con el narcotráfico.

El 27 de febrero de 1981, Gilberto Rodríguez fue capturado en el Perú después de un accidente de aviación: la avioneta en la que viajaba estaba cargada de pasta de coca. A él y a su hermano Miguel, Estados Unidos los reclamó en extradición por más de quince juicios por delitos relacionados con el tráfico de narcóticos. Ellos aseguraron que no tenían nada que ver con tales acusaciones… y tampoco con el América de Cali. No obstante, un informe secreto y confidencial del DAS, fechado en 1994, los señalaba como propietarios del América, entre otras muchas empresas, tales como Tecnoquímicas. Dentro de todo este enredo, quizás el caso más famoso fue el de la ‘maleta de Fonseca’.

En ella iban, supuestamente hacia Buenos Aires, varios millones de dólares (se dice que diez) destinados a comprar, para Argentina, el título del Campeonato Mundial de 1978. Los había enviado, con un sujeto de apellido Fonseca, el cartel de Medellín pero jamás llegaron a su destino. La maleta se perdió, igual que su dueño, y los dólares aparecieron en Estados Unidos tiempo después. Entonces, los abogados de la mafia comenzaron a actuar para recuperar el dinero. Entre tantos argumentos falsos, esgrimieron el de que en Colombia no había ninguna clase de pena para aquel que tuviera dólares en efectivo. Falso, pues por aquellos años la Superintendencia de Control de Cambios era sumamente estricta. Cada dólar encontrado en cantidades superiores a los 10.000 era sancionado por la entidad con otro dólar (es decir, la multa era del 100%).

Para sustentar su tesis, el staff del cartel decidió contratar a Diego Pardo Koppel, quien había sido director de la Superintendencia. Pardo Koppel dijo en Estados Unidos lo que la mafia deseaba que dijera, o sea, que en Colombia cualquier individuo podía andar tranquilo con cantidades gigantescas de dólares en efectivo. En 1982 Pardo fue nombrado por Belisario Betancur como Alcalde de Bogotá. No obstante, cuando se conoció su participación en el caso de la maleta de Fonseca, tuvo que dejar el cargo. “Fui contactado por un personaje influyente de la política (quien era ministro de Gobierno y había sido Presidente de la Dimayor)”, se limitó a decir. El negocio del cartel en Argentina era con los militares, quienes habían instaurado desde 1976 una dictadura, luego de derrocar a María Estela Martínez de Perón.

En 1978 el Presidente era Jorge Rafael Videla y él, como todo su gabinete, sabía que la manera más efectiva de desviar la atención del pueblo de la guerra sucia que se libraba en el país, era obtener la Copa del Mundo. Por eso las relaciones entre la mafia y los uniformados fueron tan estrechas a finales de los años setenta. Y por eso aquel pacto era perfecto. El cartel enviaba el dinero y los militares le permitían comprar lo que deseara en su país. No fue casual que el cartel de Cali adquiriera un equipo de segunda división en Argentina. No fueron casuales las negociaciones del América con jugadores gauchos de primer nivel. No fue casual tampoco que el narcotráfico comprara innumerables casas y edificios en el Sur.

Los dólares de Fonseca jamás llegaron a Buenos Aires, se sabe. Y por eso nunca se pudo demostrar lo del Mundial 1978. Pero la duda quedó flotando en el ambiente. Los años ochenta fueron pródigos en estrellas rutilantes. América compraba y vendía pases como quien compra y vende dulces. Por el club desfilaron los mejores futbolistas del continente. En 1985, 1986 y 1987, el cuadro caleño llegó a disputar la final de la Copa Libertadores, pero en las tres oportunidades perdió. La primera ante Argentinos Juniors, la segunda frente a River Plate y la tercera con Peñarol de Montevideo. Nada había alcanzado para lograr la Copa Libertadores. Ni los dólares de los Rodríguez Orejuela ni la táctica de Ochoa ni el talento de las ‘estrellas’. “Pero si teníamos a los mejores jugadores de Suramérica… “, decía la periodista Any Velasco. “Y al mejor técnico… “, seguía.

Y sí, era cierto. América tenía a varios de los mejores jugadores del continente. En el marco, a Julio César Falcioni, quien era requerido con insistencia por Carlos Salvador Bilardo para jugar en la Selección Argentina. Adelante, a Ricardo Gareca -jugador de Selección, un gol suyo en Buenos Aires ante Perú le dio a Argentina el tiquete al Mundial de México-y a Juan Manuel Bataglia, el delantero más importante de Paraguay. En la mitad, a Willington Ortiz -aún hoy es considerado por muchos como el mejor jugador colombiano de rodos los tiempos-, a Roberto Cabañas, el futbolista paraguayo más cotizado de aquellos años y a Julio César Uribe, el número uno del Perú. Y a Gerardo González Aquino, sin tantos  ribetes como los anteriores, pero fundamental. Para terminar esta lista que suena a exageración, en el banco estaban De Ávila, John Edison Castaño, Álex Escobar, Jairo Ampudia y Hernán Darío Herrera.

No había jugador que se destacara en Colombia que no fuera adquirido de inmediato por los ‘Diablos Rojos’. Si era para que actuar de titular o no, poco interesaba. Interesaba tenerlo, quitárselo a los rivales, ‘cotizar’ su pase. Las historias de Castaño y Herrera son perfectas  para explicar lo que ocurría. Ambos eran figuras: Herrera,  del Nacional y de la Selección, Castaño, de la Preolímpica de Asunción que había hipnotizado al continente, la de Luis Alfonso Marroquín, Higuita y Tréllez. Al ‘Arriero de Oro’, así llamaban a Herrera en sus buenos tiempos, lo compró América y lo dejó en la banca por los tiempos de los tiempos. A Castaño también, y eso que Castaño había sido elegido el mejor jugador del torneo preolímpico suramericano de Paraguay y fue  una de las revelaciones del Mundial Juvenil disputado en la Unión Soviética en 1985. Ni Herrera ni Castaño volvieron a jugar como antes. La banca no sólo los dejó inactivos, sino que también les quitó la fe en sí mismos. Hernán Darío Herrera se retiró hace poco más de un año del fútbol. Castaño, después de múltiples idas y venidas, llegó al Atlético Huila. Allí está todavía. De él dijeron en Cali que lo habían perdido el dinero y la droga, y que esas eran las razones que lo habían llevado a la suplencia. En fin… el destino más previsible para un muchacho de 17 años que llega con toda la gloria y se ve relegado de pronto a las últimas páginas del fútbol.

Después de la amurgura de 1987América no volvió a jugar la final de la Libertadores. Los títulos nacionales empezaron a escasear: desde el 79 hasta el  87, el conjunto caleño obtuvo cinco campeonatos; entre el 87 y el 94 sólo dos. Hubo razones de fútbol para que ello ocurriera, pero también hubo otras que no tuvieron nada que ver con la capacidad del cuadro rojo para hacer goles o defender un resultado.

Los años azules

Esas razones estuvieron marcadas por dólares, igualmente turbios pero de un origen distinto, y por una guerra que, aunque estalló al margen del fútbol, terminó por involucrado. Aquellos años ochenta tuvieron casi todo lo bueno, pero también casi todo lo malo. Los mejores futbolistas y los equipos más poderosos, los campeonatos más disputados y los elogios más exagerados. Detrás, un patrocinio de muy dudosas calidades morales.

En 1987, y luego de aquella final perdida ante Peñarol, América se quedó por fuera de la Libertadores. Todos los que dijeron que América arreglaba rivales r compraba árbitros tuvieron que admitir que esas artimañas no eran un pecado exclusivo del equipo caleño. Tuvieron que aceptar que otros cuadros empleaban los mismas tácticas delincuenciales. El fúbol dejó de ser fútbol, simplemente porque las victorias dejaron de depender del balón. Entonces el campeonato del 87 fue para Millonarios. Diez años después de Onega, Brand y Amado, quienes le habían ofrecido la estrella número once.

Ese título fue el primero del reinado de Gonzalo Rodríguez Gacha en el equipo azul. En una oportunidad, el extinto narcotraficante hablaba con Germán Castro Caicedo y Pablo Escobar sobre la manera de convencer a Gabriel García Márquez para que intercediera por ellos ante el presidente Belisario Betancur. La única vez que Rodríguez abrió la boca fue para preguntar:  “¿Y cuánto cobra ese por lo que le pedimos?”

Así fue siempre El Mexicano. En la vida como en el fútbol. Hombre de billetes en la mano para solucionarlo todo. Hombre de comprar, vender o matar. Los jugadores de Millonarios eran, en realidad, sus jugadores. “Lo único que sé es que si alguno de estos vergajos se llega a ir del equipo, no amanece. Poco me importa lo que le ofrezcan por fuera. Aquí se tiene que quedar, por lo menos hasta que a mí me sirva”, le dijo alguna vez a un periodista en uno de sus acostumbrados asados sabatinos. Por fortuna, jamás tuvo que cumplir con su amenaza.

Se dice que por una parte se conoce al todo; tal es el principio básico de las encuestas. Y esta es sólo una de tantas historias de los tiempos de Rodríguez Gacha. Una historia que demoró cuatro años en conocerse y que muestra a la perfección lo que era el fútbol colombiano en 1987. El final, o mejor, el veredicto, nunca llegó, como es costumbre en Colombia. No hubo culpables ni inocentes y los personajes no volvieron a hablar del tema. Cada quien continuó en lo suyo, en el paraíso de la impunidad.

Corría el primer semestre de 1991. El campeonato colombiano se jugaba domingo, miércoles y domingo. Sin mayores escándalos, sin mayores emociones. En uno de esos juegos, disputado el 3 de abril, se enfrentaban en el estadio Pascual Guerrero el Deportivo Cali, dirigido por Jorge Luis Pinto, y el Deportes Quindío, conducido por Luis Augusto García. El resultado, 2-0 a favor del Cali, y el partido, intenso, sólo fueron parle de la anécdota, pues la discusión que inició Jorge Luis Pinto en la pista atlética se robó los comentarios de la prensa especializada.

Pinto, entrenador de Santa Fe en el 87, acusó de deshonesto a García frente al público y los micrófonos. La respuesta de éste fue inmediata. Y lo que era un partido de fútbol terminó por convertirse en una pelea verbal entre los dos técnicos. Hubo ofensas, amenazas y gestos obscenos. Después del juego ambos dijeron lo suyo para la televisión y la radio. La polémica tomó vuelo y muchos recordaron algunos oscuros incidentes ocurridos durante las finales de 1987. La historia de Pinto y García llegó a la Dimayor.

La Comisión Disciplinaria de la entidad decidió sancionar al técnico del Cali con diez fechas de suspensión y $ 1.650.000 de multa. García, por su parte, continuó dirigiendo al Quindío. Mientras tanto, preparaba los planes para la Selección Colombia que jugaría la Copa América de Chile ese mismo año. (El Chiqui había sido nombrado por la Federación Colombiana de Fútbol en enero, después del retiro de Francisco Maturana  y la renuncia de Hernán Darío Gómez por amenazas contra su vida y la de sus familias).

Sin embargo, cuando se pensaba que todo había concluido, Pinto y los directivos del Cali se quejaron y la Comisión decidió sancionar en idéntica forma a García. Hubo presiones, dudas y muchos comentarios. Todo ello llevó a que la Dimayor le exigiera al técnico del Cali que presentara pruebas de sus acusaciones. El 10 de abril, Jorge Luis Pinto fue con algunos jugadores a la Notaría 11 de Cali para rendir declaración bajo la gravedad del juramento. Así consta en los documentos, firmados y autenticados por el notario Álvaro Niño Serrano.

Más tarde, dentro de las pruebas que Pinto le entregó a Álvaro González, revisor fiscal de la Federación Colombiana de Fútbol, los interesados en el asunto pudieron ver algunos documentos que denuncian algunas de las irregularidades de García durante el campeonato del 87. El Comité Ejecutivo de la Federación, compuesto por su presidente, León Londoño Tamayo, y por Álvaro González, Gustavo Jaramillo, Efraín Pachón, Arturo Bustamante, Álvaro Mejía y Carlos Ariel García, estudió el caso. Sin emitir concepto, decidió entregárselo al Tribunal Deportivo de la organización, después  de ratificar a García como técnico de la Selección. Era el 30 de abril.

El Tribunal Deportivo, rama jurisdiccional de la Federación, integrado por Carlos Enrique Marín Vélez, Hernán Gómez Agudelo y Jesús María Cobo Arizabaleta, anunció que el 14 de mayo entregaría su veredicto. Y ese día, en horas de la noche, León Londoño recibió un sobre sellado con el resultado del estudio. Allí se declaraba a García como ‘no responsable’ de las acusaciones. Sin embargo, al fallo le faltaba la firma del presidente del Tribunal, Marín Vélez, quien no dio explicaciones sobre su actitud. Los otros dos miembros del grupo se limitaron a decir que le aconsejaban al Chqui que renunciara a su cargo, pues su presencia en la Selección le hacía daño a la imagen de Colombia en el exterior.

La tarde del 14 de mayo, día en que el tribunal deportivo iba a anunciar su veredicto, debían presentarse a declarar los testigos de Pinto, pero Hamir Carabalí y Luis Norberto Gil, respectivamente jugadores de Santa Fe y Millonarios en 1987, no lo hicieron. Se excusaron por motivos personales, aunque después dijeron que alguien los había amenazado. Antes, en su declaración escrita ante el Notario 11 de Cali, Carabalí había expresado que en la tarde del 16 de diciembre de 1987 se le había acercado Luis Norberto Gil para ofrecerle un millón de pesos de parte de Luis Augusto García si bajaba su rendimiento con el fin de facilitar la victoria de Millonarios.

Gil, por su parte, declaró que ese día había conversado con su compañero Miguel Augusto Prince, quien le había pedido que contactara, en nombre de García, a Carabalí para ofrecerle la suma antes mencionada. Pero esto jamás lo tuvieron en cuenta los señores del tribunal. Ese mismo 14 de mayo se presentó a declarar Francisco Mario Osorio, gerente deportivo del Quindío en 1985. Osorio confirmó que García le había entregado, en septiembre, dos cheques, uno de $100.000 y otro de $140.000 para que los depositara en la cuenta bancaria de la señora Etilia de Palomá, esposa del árbitro Luis Alfonso Palomá. La consignación fue hecha por él, bajo el nombre de Mario Tobón, en la sucursal del Banco de Colombia en Corabastos y allí, según Osorio, se pueden constatar los hechos.

Pese a esto, los miembros del tribunal dijeron que el señor Osorio jamás había sido dirigente del Quindío. Pasaron algunos días y se halló un carnet que confirmaba la presencia de Osorio en la dirección del Quindío durante todo el año de 1986, firmado por el gerente de la Dimayor en aquel entonces, Jorge Correa Pastrana, y por el presidente, León Londoño Tamayo. A raíz del dictamen del tribunal, Pinto declaró que llevaría sus pruebas ante el Tribunal Deportivo de Coldeportes Nacional y que, en caso de que allí se presentara la misma decisión, recurriría a la justicia ordinaria para dilucidar el asunto. El Chiqui García, por su parte, se marchó sonriente y dijo que no hablaría más del tema, pues la Selección Colombia era más importante y había que prepararla para la Copa América que se iniciaba el6 de julio en Chile.

García convocó a sus jugadores en Barranquilla, lejos del escándalo y de los murmullos que se habían desatado en Bogotá. Todo parecía concluido. Nadie había vuelto a hablar del caso. Los periodistas se dedicaron a la Copa Libertadores de América, los protagonistas a sus equipos y las pruebas se quedaron en el escritorio de los señores de la Federación. El 20 de mayo el ambiente volvió a agitarse. La revista Nuevo Estadio de Manizales publicó algunos de los documentos que había presentado Jorge Luis Pinto para acusar a García. El Tiempo demostró con un facsímil del carnet de Francisco Mario Osorio que éste sí había trabajado para el Quindío en el 86. La integridad de García quedó de nuevo a la deriva. Entonces apareció en el escenario el árbitro Armando Mosquera Aguilar con una declaración autenticada ante notaría, en la que afirmaba haber actuado como juez de línea en un encuentro entre Santa Fe y Millonarios el 18 de noviembre de 1987.

Afirmó que la actuación de la terna arbitral había sido buena, pese a lo cual, una semana después, Lorenzo López, juez central de aquel partido, había hablado con García para solicitarle que vetara a los jueces de línea Juan Rojas y Armando Mosquera, pues no habían favorecido a Millonarios. De inmediato García se dirigió a la Dimayor para solicitar el cambio. El juego siguiente entre esos dos equipos tuvo a Valencia y Sánchez en las líneas. Millonarios ganó el partido. Posteriormente, siempre según Mosquera, “López se me acercó para preguntarme por qué no me gustaba el dinero. Después me comentó que yo había perdido un millón de pesos como juez de línea, y que él, Lorenzo López, había ganado tres millones”.

Tiempo después, López pasó a arbitrar en la Liga de Fútbol de Bogotá, donde estuvo bajo la dirección de Hernán Cortés Parada, presidente de la misma y más tarde director del Insituto Distrital para la Recreación y el Deporte. Cortés pasó por alto los antecedentes del árbitro, así como la recomendación de Álvaro González, revisor fiscal de la Federación, que días antes le había pedido que destituyera a López por comprobadas faltas contra la ética profesional.

Toda esta historia concluyó ahí. No dejó de ser una simple historia más del fútbol colombiano. En 1994 García dijo: “No han demostrado absolutamente nada. Y los que tenían que decidir decidieron a mi favor”. Pinto declaró: “Mire, ya ni me molesto por ese asunto. Aquí todo termina igual”. Los demás protagonistas se limitaron a un “yo ya dije lo que tenía que decir”. Todo  continuó, como si nada. En los anales de la Dimayor está escrito que Millonarios se consagró campeón colombiano del torneo profesional de fútbol el 20 de diciembre de 1987. Y que ese fue su título número doce en 39 años.

***

A Millonarios lo controlaba a comienzos de los años ochenta el señor Edmer Tamayo, en su calidad de presidente y mayor accionista. Se le vinculó como propietario de un cargamento de 2.000 kilos de cocaína decomisado en septiembre de 1982 y de otro de 65 kilogramos incautado en Barranquilla. Tamayo murió el 17 de febrero de 1986. Ante su tumba, León Londoño Tamayo, presidente de la Dimayor y de la Federación Colombiana de fútbol, rindió un sentido homenaje al difunto. Textualmente dijo: Así como la fotografía exige tan poco talento pictórico, porque es una captación mecánica de la realidad, quien escribe para el amigo muerto no necesita gran valor literario. Le basta con ser un registrador sincero que pueda dar forma a lo suyo, a su destino, a su vida. Pero gran osadía se necesita para marchar por ese sendero, que bordeando nuestros propios abismos va descendiendo por entre olvidos voluntarios hasta la última soledad, esa soledad donde, como en el Fausto, se ciernen inmóviles, sin vida, las imágenes de la propia existencia, símbolos  tan sólo de una vida que fue.  La mayor parte de las personas que le conocieron no se fijaron en él, pero los que le comprendieron le amaron, y los que le amaron lo hicieron con pasión. Cuando ese hombre hermético se abría, era para mostrarse en toda su profundidad. Tenía, como el abismo, una gran fuerza mágica de atracción; así se ve que nadie que le conoció llegó a abandonarle del todo. En cada uno de sus actos Edmer nos reveló su alma; en todos ellos hay como una entrega al mundo de una chispa de fuego de su espíritu, y en cada uno de ellos hay una de sus pasiones, de sus amores. Por sus obras lo conocemos en su batallar heroico y en su última lucha por la vida nos legó todo. El fútbol nacional está de duelo, y ante la tumba abierta que aguardará los frágiles despojos rinde con respeto sus enlutados pabellones. Nosotros, sus amigos, inclinamos dolidos nuestras cabezas, yertos de pesar; abrazamos con cariño a su madre, a sus hermanos, a su esposa y a sus hijos y depositamos una oración y una flor, también como bandera”.

Con la muerte de Tamayo, el poder en Millonarios lo heredaron los abogados Germán y Guillermo Gómez. Este último fue acribillado, a comienzos de la presente década, en un restaurante antioqueño al norte de Bogotá. Ya había dejado gran parte de sus intereses en manos de Gonzalo Rodríguez Gacha, aunque continuaba figurando entre las directivas del conjunto azul. El título número trece para Millonarios llegó en 1988. Era casi el mismo equipo del 87: Prince, Estrada, Hernández, !guarán, Vanemerack… y el mismo técnico, Luis Augusto García. Los rivales a vencer, Nacional y América. Y la guerra, también contra ellos. Porque en 1988 y luego en 1989 el fútbol fue parte de la guerra en Colombia. Cada cartel tenía una divisa y cada divisa tenía la obligación de ganar. En realidad eran Gonzalo Rodríguez Gacha, Pablo Escobar Gaviria y Miguel Rodríguez Orejuela camuflados en las camisetas de Millonarios, Nacional y América. Y un tanto rezagado, Fanor Arizabaleta, con el uniforme de Santa Fe.

Esos cuatro clubes jugaron la ronda que definió al campeón. Pero esa fue una ronda turbia. Y estaba sucia aun mucho antes de que comenzara. El 2 de noviembre, cuando apenas se iniciaban los cuadrangulares finales, el árbitro Armando Pérez desapareció repentinamente. Unos hombres, que se hicieron llamar ‘representantes de seis clubes profesionales’,  lo secuestraron en Medellín. Querían que hubiera limpieza en la liguilla de fin de año. Eran apostadores. Ese mismo día, Jesús Díaz (colega de Pérez) pronunció una frase premonitoria: “Lo único que falta es un muerto”. Se refería Díaz, por aquel entonces el mejor árbitro colombiano, al secuestro de Armando Pérez y a las constantes amenazas de muerte que recibía casi a diario. Al respecto dijo: “Es que llegué al extremo de salir de mi casa para dirigir un partido sin saber si iba a regresar o no. Mi oficio se está convirtiendo en algo casi insoportable, que no me afecta sólo a mí sino a mi familia. Todo por culpa de aquellos que generalizan, que culpan y señalan por doquier y no se atreven a dar nombres. De aquellos que creen que todos los árbitros somos unos vendidos, unos antiéticos. Es hora de que los medios hablen con más claridad”.

Dos días antes, todos los árbitros profesionales inscritos ante la Dimayor se habían negado a dirigir la tercera fecha del octogonal. Un tiempo después uno de ellos declaró: “Es que no sólo eran las amenazas contra nosotros y nuestras familias. También eran los continuos sobornos a los que nos veíamos sometidos. Y si uno hablaba, chao. Un día fui donde don Jorge Correa Pastrana (en 1988 era secretario de la Dimayor; después fue nombrado presidente de esta entidad) y le expliqué todo esto. Lo único que me dijo fue que me quedara tranquilo, que no había problemas”. Fue entre América y Millonarios que empezó a reventar el polvorín. En lo estrictamente futbolístico, se entiende. Un gol desde 30 metros de Ceferino Peña, anulado sin mayor razón, insinuó el poder que Rodríguez Gacha ya ejercía en el fútbol. A la semana siguiente, ante Santa Fe, de aquel poder no quedaron dudas. Los árbitros terminaron de inclinar la balanza hacia Millonarios y su capo. Una falta dentro del área azul, ignorada, y otra fuera del área roja, sancionada como penal, dejaron a Millonarios en el camino del campeonato. Ese juego concluyó en medio del desorden y la violencia. Del árbitro, un tal Ramiro Rivera, no se volvió a saber nada.

“Hay una fuerza extraña que lo manipula todo. Esto no es fútbol”, dijo después de aquella derrota el argentino Jorge Raúl Balbis, defensa central de Independiente Santa Fe. Como si no lo hubiera dicho. Lo tacharon de resentido, mal perdedor y demás. Nadie se tomó la molestia de averiguar qué había querido decir, entre otras razones, porque a nadie le interesaba saber la verdad de sus palabras. También ocurrió lo mismo cuando el portero Carlos Fernando Navarro Montoya declaró en Buenos Aires, en octubre de 1986, que el fútbol colombiano estaba infiltrado por la mafia. Los medios lo insultaron y lo llamaron ‘vendepatria’. Sus declaraciones fueron mal recibidas y debido a ellas jamás lo llamaron a actuar con la Selección Colombia después de los dos partidos que jugó en las Eliminatorias de 1985 bajo la conducción de Gabriel Ochoa Uribe. En septiembre del 93 un periodista le preguntó por el fútbol colombiano. Respondió que no quería volver a hablar nunca más de ese tema, que una vez había dicho la verdad y por esa verdad lo habían crucificado. “En lugar de enfadarse, deberían investigar”, fue su última frase.

Hacia 1989, algunos periodistas se le acercaron a Francisco Maturana para sugerirle que llamara a Navarro Montoya a la Selección. No era un tema nuevo y tampoco sería la última vez en tratarse. El técnico colombiano respondió: “Jamás, mientras yo esté con la Selección, ese tipo será llamado. “Ni lo necesito ni me interesa”. Algo similar ocurrió cuando lo interrogaron sobre Eduardo Pimentel. Leonel Álvarez, al enterarse, llevó las cosas mucho más lejos al amenazar: “Que los traigan a los dos, claro, pero para romperles la cara”. Por aquellos días la rivalidad entre Millonarios y Nacional estaba en su punto más alto. Si no se presentaron tragedias que lamentar, si la muerte no acudió a la cita que le preparaban, fue simplemente porque el miedo suele actuar como freno, “ a su freno le llaman virtud, pero es cobardía”, como escribía Federico Nietzsche. Fue en aquel 1989, el 31 de mayo, cuando Nacional obtuvo la Copa Libertadores de América. Hasta el día de hoy, el título más importante del fútbol colombiano, por no decir que el único a nivel de mayores.

Maturana y compañía tuvieron que jugar en Bogotá, pues en el Atanasio Girardot de Medellín se hacían algunas remodelaciones en la tribuna. En Bogotá, también, y cuatro semanas antes, Nacional había eliminado a Millonarios de la Copa con un empate a un gol. El golpe más duro para el cuadro capitalino en los últimos años, para el orgullo del hincha y los intereses económicos de los futbolistas. Por premios y ‘donaciones’ había  una bolsa cercana al millón de dólares. “Ese fue el ofrecimiento secreto de los directivos albiazules si llegaba la Copa”, confesó uno de los integrantes de la plantilla, hoy retirado del fútbol.

* Este es el cuarto capítulo del libro Pena Máxima, publicado por Planeta 18 años atrás. Los tres primeros los podrá encontrar usted en este mismo blog. Espere el quinto capítulo sobre la relación de dineros oscuros y Nacional.

Foto 1: Antonhy de Ávila

Foto 2: Peñarol celebra en la agonía del partido decisivo contra América en la Libertadores del 87.

Foto 3: Acto de celebración de los 60 años del América. De izquierda a derecha: Pedro Serallés y Alberto Anzola, presidentes honorarios del club. Manuel Correa, expresidente. Manuel Francisco Becerra, gobernador del Valle. José Sangiovanni, presidente de la institución. Amparo Rodríguez de Gil, de la junta directiva. Juan José Bellini, Miguel Rodríguez Orejuela y Henry Eder Caicedo, alcalde de Cali. (Esta foto fue publicada en la revista del América, en su número 53 del 16 de marzo de 1987).  

 CAPITULO QUINTO

 Fernando Araújo Vélez

Lo que ganó el plantel del Atlético Nacional no se supo. Sus directivos, encabezados por su presidente Sergio Naranjo, quien ocupó el cargo desde 1987 hasta 1993 y actualmente es alcalde de Medellín, jamás fueron partidarios de dar a conocer esas cifras. Otras, sí. Antes de marcharse del club, Naranjo presentó un informe a la Asamblea General Ordinaria de socios en el cual detallaba puntualmente los logros de su gestión. Uno de sus primeros párrafos decía: “No se trata de consignar aquí un informe lleno de logros para satisfacer la vanidad de quienes tuvimos la fortuna de estar al frente de la misión. Simplemente se trata de dejar para la historia la concreción de una exitosa labor de equipo en la cual tomaron parte activa ustedes, señores accionistas, directivos, técnicos, empleados y jugadores, y que proyectada a nivel nacional e internacional jugó un papel decisivo en la consolidación del balompié del país.

No se trataba de consignar un informe lleno de logros para satisfacer la vanidad, decía Naranjo. No obstante, en el documento de 16 páginas no hay espacio para los fracasos. Sólo para el éxito. Se habla allí de que la última clasificación mundial de la FIFA ubicó a Nacional como el equipo número 23 en el mundo (el mejor colombiano) y que El País de Montevideo lo consagró como el más importante conjunto colombiano en 1993, pese a no haber disputado la Copa Libertadores de América. Hizo un recuento de los títulos obtenidos -la Libertadores de 1989, la Copa Interamericana de 1990-y de los juegos más importantes disputados por el cuadro verde. Dentro de este último rubro había un párrafo dedicado al partido que se jugó en diciembre de 1989 ante el A. C. Milán de Italia. Decía Naranjo que “la disputa de la Copa lntercontinental en Tokio ante el Milán en diciembre del 89 marcó un récord absoluto de telespectadores para un elenco colombiano. La señal (de televisión ) fue enviada hacia 98 países y se estima una audiencia cercana a las 500 millones de personas”.

Recordó, además, que, según un estudio de Napoléon franco y Cía., denominado “Intereses, opiniones y sentimientos sobre el fútbol colombiano”, Nacional es el equipo de mayores preferencias no sólo en Medellín sino en el país. También se refirió a otro estudio, de la firma Phillips, en el cual se concluía que “Nacional es en todas las plazas del país -con excepción de Medellín, por supuesto -el segundo en preferencia después del local”. Nacional, como fenómeno de fútbol de exportación. Nacional, como semillero y base de las selecciones colombianas. Nacional, como responsable de la nueva imagen del país en el exterior. Nacional, como pionero en ventas a Italia de futbolistas criollos (Faustino Asprilla fue vendido al Parma en 1992). Nacional, como estandarte de las divisiones inferiores en Colombia. Nacional, como meta comercial. Nacional, como paradigma de imagen corporativa … Nacional, como modelo administrativo y financiero.

El documento prosigue: “Siempre hubo un énfasis especial en ajustar la entidad a todos los marcos legales. Tan eficiente fue esa labor, que entre 1987 y 1993, Atlético Nacional recibió visitas por parte de la Superintendencia de Sociedades, la Oficina de Control de Cambios y la Administración de Impuestos Nacionales y siempre los informes de quienes acudieron a examinar el funcionamiento y los libros consagraron el manejo transparente y adecuado en todos los órdenes  De hecho, a lo largo del período mencionado, el Club ha conntado con el Reconocimiento Deportivo de Coldeportes, para cuya revalidación es requisito cumplir con todos los dictados de la legislación Colombiana”.

Al ex presidente de Nacional se le olvidó anotar en su informe que en enero de 1989 la Superintendencia de Control de Cambios obligó a su club a pagar la suma de 60 millones de pesos por cambio y uso ilegal de dólares (la sanción también cobijó a Millonarios). Se le olvidó al señor Naranjo aclarar que Coldeportes le ha revalidado su Reconocimiento Deportivo a todos los equipos colombianos, sin excepción, desde su creación, en 1968. Y mencionar a Coldeportes equivale a tocar otro punto crucial en esta historia negra. Decía años atrás el periodista Fabio Castillo: “Coldeportes nunca ha tomado ninguna iniciativa para purificarlos (a los diferentes deportes). Todos sus directores han preferido convivir con la mafia. O antes bien, pedirle ayuda. Cuando Julio Nieto Bernal dirigió Coldeportes, le remitió a Pablo Escobar un estudio sobre la creación de una corporación que se encargara de llevar los ciclistas colombianos al Tour de France. Su director en Antioquia, Ramiro Vélez Res trepo, le había escrito en abril de 1983 al mismo narcotraficante, para felicitarlo por el techado de canchas de fútbol y básquet en Medellín, y le ofrecía en venta, a precios cómodos, implementos deportivos”.

Hoy, el director del Instituto es Luis Alfonso Muñoz. En 1972, siendo ya dirigente, se hizo pasar por boxeador para poder asistir a los Juegos Olímpicos de Munich. No le importó dejar por fuera a un deportista que había  entrenado un año para participar en el certamen. Tampoco le interesó este antecedente a quien lo designó. Como también se le olvidó al actual alcalde de Medellín mencionar que cuando se gestionaba el traspaso de Asprilla al Parma se encontró en la cárcel de Envigado (La Catedral) una autorización firmada por Pablo Escobar. Y que esa negociación se vio seriamente comprometida por oscuros manejos en los papeles del jugador. En un capítulo titulado ‘Finanzas’, Sergio Naranjo anota:

“En 1987, la Presidencia y el Comité Ejecutivo recibieron una institución con un pasivo de 225 millones de pesos. Dicho período concluyó con un déficit de 15 millones de pesos. Pero más importante que la recuperación económica fue la recuperación de la imagen del Club, en ese entonces desvalorizada hasta límites insospechados. Se había perdido la credibilidad en el sector bancario, en el comercio,  e incluso en el ámbito del fútbol. En 1988, por primera vez en la historia del Atlético Nacional, la corporación obtuvo una utilidad de nueve millones de pesos. A partir de entonces, con algunas fluctuaciones, producto de circunstancias ajenas al fútbol, como la suspensión de nuestro estadio para la realización de partidos internacionales o la suspensión del torneo de 1990 justamente en la etapa decisiva, la Corporación se ha movido dentro de unos parámetros de equilibrio o de déficits de menor cuantía, eso sí, sin dejar de cumplir con la más mínima de sus obligaciones. Al momento del cierre del período de 1993, la Corporación obtuvo utilidades por cerca de 129 millones de pesos, producto de un manejo adecuado de los recursos, de un apoyo masivo de la hinchada y de un gran esfuerzo en el desarrollo de los programas de comercialización. La eficiencia de la gestión administrativa en el campo financiero se traduce en el hecho de que a lo largo de los siete años del período de ‘puros criollos’, los socios jamás tuvieron que aportar la más mínima cantidad de dinero para el funcionamiento del Club. Hoy, Atlético Nacional es una empresa sólida gracias a la proyección de una imagen seria y a la respetabilidad de que goza en todos los órdenes. Ello se traduce en una valorización incalculable”.

El señor Naranjo atribuye la suspensión internacional del estadio Atanasio Girardot y la del torneo de 1989 a “circunstancias ajenas al fútbol”. Como si las amenazas de muerte recibidas en Medellín por el juez uruguayo Juan Daniel Cardellino no tuvieran nada que ver con el fútbol. Como si el asesinato del árbitro cartagenero Álvaro Ortega, ocurrido el 15 de noviembre del 89, también en la capital antioqueña, no tuviera tampoco relación con el fútbol. Minutos después de que la Confederación Suramericana de Fútbol sancionara a Medellín e hiciera repetir los juegos ante Vasco da Gama, Naranjo, molesto y herido, dijo que la Federación Colombiana de Fútbol lo había dejado solo y que no prestaría a sus jugadores para la Selección Colombia. Pero los futbolistas de Nacional jamás dejaron de vestir el uniforme de Colombia. Ni por su propia iniciativa ni por pedido expreso de dirigente alguno. En cuanto a la suspensión del Atanasio Girardot, en Colombia se dijo que se trataba de una “persecución” y  una “patraña”.

El día de la suspensión, a Naranjo no se le ocurrió decir: “Somos culpables, trabajemos para cambiar todo esto”. No. Prefirió denunciar que lo habían dejado solo y calentar los ánimos. Hasta el momento nadie ha sido capaz de decir que la sanción fue incluso benévola con Colombia. Como hasta ahora nadie ha sido capaz de decir que las declaraciones hechas por el señor Toft, director de la DEA en Colombia por varios años, son ciertas. A Medellín la sancionaron porque allí un árbitro internacional fue amenazado de muerte si no pitaba a favor del local. Un hecho sin precedentes en la historia del fútbol.

***

Por los años setenta ya algunos mafiosos se habían infiltrado en el fútbol. Nadie los acusaba, nadie les pedía cuentas, ni dentro de ese mundo ni por fuera de él, pues entonces la sociedad los aceptaba, respetaba y utilizaba para realizar negocios y financiar campañas políticas. El fracaso en el Mundial de Estados Unidos, los asesinatos de Álvaro Ortega y Andrés Escobar, las amenazas a Juan Daniel Cardellino, el secuestro del árbitro Armando Pérez, etc., etc., todo ello no fue ajeno a esa influencia. No podía serlo.

Entre los primeros dineros sucios que hubo en el fútbol figuran los de Hernán Botero Moreno, el mayor accionista que tuvo Atlético Nacional en la década del setenta. Precisamente del Nacional que años después heredaría Sergio Naranjo. Botero, quien se hizo célebre por mostrarles billetes de dólares a los árbitros en pleno estadio y por su captura v posterior extradición a Estados Unidos,  el 15 de noviembre de 1984, era un oscuro hombre de negocios. Laboraba en Medellín y era propietario del Hotel Nutibara, donde controlaba una agencia de éter -Inversiones Nutibara- que usaba para lavar dólares y enviar droga a Estados Unidos.

“Una investigación de la Superintendencia de Control de Cambios de Colombia comprobó que los Botero Moreno (Hernán y Roberto), a través de la casa de cambios Inversiones Peinado Navarro y Cía., que funcionaba en el primer piso del Nutibara, lavaron, de Miami hacia Colombia unos 34 millones de dólares”, decía la revista Semana del 12 de julio de 1994. En febrero de 1981 se impartió la primera orden de captura contra Hernán Botero, acusado de lavar 52 millones de dólares. Se le señalaba, también, como copropietario (el otro dueño era Octavio Piedrahíta) de un cargamento de 1.762 kilos de cocaína, incautado en Miami hacia febrero de 1982. Cuando fue extraditado a los Estados Unidos, contrató los servicios del ex magistrado de la Corte Suprema de Justicia, Luis Eduardo Mesa Velásquez, quien recibió un millón de dólares por su trabajo. Pero todo fue infructuoso. Y el fútbol colombiano, como era de esperarse, protestó. La División Mayor del Fútbol Colombiano, Dimayor, se declaró en duelo y suspendió una fecha del campeonato profesional.

Después, Nacional pasó a manos de Hernán Mesa, pero durante su gestión, el club quebró. Fue entonces cuando apareció Octavio Piedrahíta, quien además controlaba al Deportivo Pereira. Poseía una firma, Maribel Ltda.,  exportadora de confecciones en cuero. Sus productos se despachaban principalmente a Estados Unidos. Posteriormente se supo que a través de esa empresa el ‘dirigente deportivo’ lavaba dólares. En 1986 Octavio Piedrahíta fue asesinado. En la actualidad, el presidente del Pereira y dueño del pase de Rubén Darío Hernández, máximo goleador del campeonato rentado de 1994, es Rafael Gaviria, sindicado como narcotraficante por las autoridades norteamericanas.

En los últimos años se habló con insistencia acerca de la influencia de Pablo Escobar en el Atlético Nacional. En cuanto a cifras, bonificaciones y asuntos por el estilo, nunca se pudo comprobar nada. Pero Escobar estaba ligado a Nacional. Por sentimientos y por intereses. Mientras estuvo recluido en la cárcel de Envigado, los jugadores del equipo fueron a visitarlo. Dicen en Medellín que allí estuvo todo el plantel, y en más de una oportunidad. En La Catedral se encontró un balón con los autógrafos de todos y cada uno de los integrantes del club paisa. Pero el caso más sonado, el caso que trascendió las fronteras, fue el de José René Higuita. El portero antioqueño fue a visitar a Escobar en la cárcel el 30 de junio de 1991, a plena luz del día. Fue captado por los noticieros de televisión y, ante las mil preguntas que le formularon, sencillamente respondió: “Es un amigo que se encuentra en prisión. ¿Qué tiene de malo visitarlo?”.

René Higuita ha sido uno de los principales protagonistas del fútbol colombiano en los últimos años por su manera de jugar -innovadora, inteligente, explosiva, arriesgada- y también por su personalidad, tocada por las mismas características. Como jugador, sus enemigos le critican algunos goles que en momentos decisivos le anotaron, como el de Roger Milla, de Camerún, en el Mundial de Italia; como persona, esos mismos enemigos le sacan a relucir, cada vez que pueden, su participación en la liberación de la hija de Luis Carlos Molina Yepes, acción por la cual estuvo preso durante seis meses. También le enrostran la visita a Escobar y una agresión física contra el periodista César Augusto Londoño en el aeropuerto José María Córdova de Ríonegro.

Antes del Mundial de Estados Unidos, Higuita volvió a ser centro ele atracción. No para la opinión pública ni para los medios informativos, pero sí para el gobierno de César Gaviria y algunos apostadores. Días antes de que Francisco Maturana diera a conocer la lista definitiva de jugadores que irían al campeonato, recibió un llamado del Presidente de la República. Palabras más, palabras menos, el mandatario le pidió al técnico que no incluyera a Higuita, puesto que su presencia sería perjudicial para la imagen de Colombia en el exterior, y, sobre todo, en Norteamérica. Como se sabe, Higuita no fue tenido en cuenta por Maturana. En parte por la solicitud de Gaviria, en parte porque algunos apostadores amenazaron con asesinar al arquero y a los técnicos si aquél viajaba a Estados Unidos. Y pensar que cuatro años antes, el entrenador nacional había dicho que si René Higuita no tuviera algún error sería Dios… A principios de diciembre de 1994, el sucesor de Maturana, Hernán Darío Gómez, presentó la lista de preseleccionados para el nuevo equipo colombiano de mayores. Y allí, pese a múltiples oposiciones, Gómez incluyó al señor Higuita.

***

Años atrás un ministro de Estado se atrevió a denunciar que la mafia se había apoderado del fútbol colombiano. A aquel hombre, Rodrigo Lara Bonilla. no le perdonaron sus verdades. Lo asesinaron el 30 de abril de 1984. Años más tarde, un personaje cercano al cartel de Medellín, decía:  “Mire, no podíamos permitir que por una simple declaración se nos fuera al suelo el negocio. Y no es que fuera muy grande. Lo que ocurría es que servía para camuflar otras cosas. ¿Me entiende? Lo del ministro Lara fue también una manera de decirle a los demás que se callaran, que si hablaban correrían con idéntica suerte. Y tan mal no nos fue. Después de lo de Lara Bonilla pasó mucho tiempo antes de que alguien volviera a abrir la boca. Hubo libertad, buen fútbol, dinero para todos. títulos… ¿Qué más podían pedir? Además, no sólo fuimos nosotros los que nos beneficiamos. Hubo mucha más gente que se llenó de plata. Claro, ahora ninguno de esos habla, pero cada vez que podían, iban donde El Patrón (Pablo Escobar) a pedirle alguna ayudita. Los del deporte, los de la política, los empresarios, las reinas, todos lo buscaban”.

Con la muerte de Lara Bonilla nada cambió. Bueno, nada cambió con respecto al manejo que ciertos individuos le daban al fútbol. El dinero decidía lo que debía decidir la pelota. Así, por ejemplo, el Depones Tolima, un equipo chico de toda la vida, jugó dos años consecutivos la Copa Libertadores de América (en las dos oportunidades fue subcampeón del torneo colombiano) . Tan modesto era el Tolima, que su estadio no cumplía con los requisitos exigidos por la Confederación Suramericana de fútbol para partidos de Copa Libertadores. En aquel entonces, el dueño del cuadro  era José Manuel Cruz Aguirre, primo de Ignacio Aguirre Ardila, El Coronel, quien fue anfitrión de la cumbre de la mafia realizada en Bogotá en 1976. El segundo fue asesinado por rivalidades entre organizaciones del narcotráfico y el primero, reclamado en extradición por el Perú, acusado de tener vínculos con el comercio ilícito de drogas. En el ambiente del fútbol Cruz Aguirre era conocido porque siempre compraba de contado los pases de sus jugadores.

El Deportivo Independiente Medellín, el Deportes Atlético  Quindío, el Unión Magdalena, el Independiente Santa Fe… Todos esos equipos también estaban ligados él los gánsters. En el Medellín, Héctor Mesa era el patrón. Cuando quebró, le vendió sus acciones a los hermanos Piedrahíta y a Pablo Correa Arroya ve. Escribía Fabio Castillo que los partidos de este equipo, cuando no se resolvían a su favor en la cancha, se resolvían en el Hotel Amarú, de propiedad de uno de los Piedrahíta. iVaya casualidad! Ese mismo hotel fue utilizado como centro de concentración del Atlético Nacional en repetidas ocasiones y por la Selección Colombia en una que otra oportunidad. Finalmente, Correa Arroyave fue asesinado, al igual que otro accionista del DIM, el señor Pablo Correa Ramos.

El Atlético Quindío es de Genaro Cerquera Baquero desde los años ochenta. Muchas veces se le vinculó con narcotraficantes del Caquetá y en el ambiente sano del fútbol se comentan con insistencia sus turbios negocios. No obstante, la Fiscalía, en la segunda semana de diciembre de 1994, emitió un comunicado en el que aclaró que Cerquera no posee ningún cargo, pues no existen pruebas en su contra. Del Unión Magdalena se sabe que es manejado desde 1986 por Eduardo Dávila Armenta, quien, desde 1973, es señalado como propietario de grandes cargamentos de marihuana que se envían a Estados Unidos, Italia y Puerto Rico. A finales de los ochenta había cuatro órdenes federales de arresto contra  él: las del 29 de agosto de 1973 (por un juez de Tampa), el 8 de mayo de 1975 (por un juez de Pensacola), el 18 de mayo de 1977 (por un juez de Oklahoma) y otra por tráfico de cocaína. En la actualidad está encarcelado en Estados Unidos por tráfico de narcóticos y lavado de dólares.

La de Independiente Santa Fe es otra de esas historias largas y oscuras. Después de su último título, obtenido en 1975 (los artífices futbolísticos de esa victoria fueron, entre otros, el argentino Carlos Pandolfi y el volante Alfonso Cañón) el equipo pasó a ser manejado por un grupo llamado Inverca, de Fernando Carrillo. A este señor se le señalaba como propietario de una cadena de droguerías en Colombia a través de la cual se distribuían insumos para el procesamiento de la cocaína. En noviembre de 1978 Carrillo fue acusado de distribuir en Miami el alcaloide que producía. En mayo de 1981 se le formularon cargos por haber participado en despachos de cocaína a La Florida. A mediados de la década del ochenta, Santa fe pasó a ser propiedad de Silvio y Fanor Arizabaleta Arzayús, reconocidos mafiosos del Valle del Cauca que tenían estrechas relaciones con el cartel de Cali y el club América. Los jugadores de este equipo pasaban al conjunto capitalino sin ningún problema. Y los de Santa Fe iban al América por sumas irrisorias, como sucedió con Eduardo Niño, Wilmer Cabrera, Jorge Eduardo Balbis, José Angulo y Freddy Rincón. Todos ellos, figuras en Santa Fe, fueron ‘vendidos’ al conjunto caleño en la temporada de 1989. Pero el dinero no se vio. Efraín Pachón, presidente de la institución bogotana, dijo que el club tenía muchas deudas, las cuales se habían cancelado con la venta de Balbis, Niño, Cabrera, Angulo y Rincón. A Pachón, quien hasta 1994 fue tesorero de la Federación Colombiana de Fútbol, se le ha acusado de deshonesto varias veces en los medios de comunicación. Incluso, tiene varias demandas en su contra por incumplimiento en el pago de salarios, estafa, realización de negocios ficticios, etc. Dicen algunas fuentes que supuestamente ingresó al cartel de Cali como testaferro de los hermanos Arizabaleta Arzayús. Días antes del Mundial de Estados Unidos, la embajada de ese país le negó la visa para ingresar a territorio norteamericano. ¿La razón? Haber visitado a René Higuita en la cárcel Modelo. Sin embargo, en Estados Unidos se afirma que tiene antecedentes delictivos. Cuando Pachón se retiró del club y pasó a la Federación, apareció César Villegas.

Según el diario La Prensa, de Bogotá, Villegas, “el mayor accionista del equipo rojo, es conocido también en los círculos sociales como economista y empresario y como una de las personas que más cerca estuvo de Ernesto Samper Pizano -también hincha de Santa Fe- en la pasada campaña presidencial”. En la revista Cambio 16, de junio 27 de 1994, se lee: “Es conocido por sus intermediaciones en la compra por parte del grupo venezolano Di Mase de los bancos colombianos Tequendama y Ganadero. Es accionista del noticiero de televisión NTC.  Es un viejo amigo de Ernesto Samper. Fue él quien trajo, en un jet expreso desde Montreal (Canadá), al médico John Mikins, internista de fama mundial, quien atendió y verificó el tratamiento de Samper tras el atentado del que fue víctima hace cinco años.  A pesar de su cercanía con Samper, quien en la intimidad lo llama Yogui, fue marginado de la campaña presidencial por rumores sobre sus negocios”.

Según el artículo publicado por La Prensa el domingo 16 de octubre de 1994, “…Villegas fue subdirector de la Aerocivil. Cuando abandonó el cargo, fue investigado por la Procuraduría por enriquecimiento ilícito. Junto con Juan Manuel Turbay -gerente de la campaña de Samper- y con el propio Samper, fundaron una firma de consultoría llamada VTS (Villegas-Turbay- Samper). Colaboró con las finanzas de la campaña para la Constituyente de Fernando Carillo, pero ambos rompieron sus relacione  cuando Villegas trató de intermediar ante Carrillo –nombrado ministro de Justicia-  para impedir el cambio de la radicalización del proceso de Gilberto Rodríguez. Por esos días, invitó al ministro a almorzar al Jockey Club de Bogotá y aparecieron en la misma mesa el técnico de fútbol Gabriel Ochoa Uribe y el periodista Alberto Giraldo”.

Pocos días después el directivo de fútbol envió  una carta al diario, en la que negaba todo lo que se había publicado. También habló para el Diario Deportivo , y expresó que había varios periodistas (Carlos Antonio Vélez, Iván Mejía, César Prieto… ) que le estaban declarando la guerra sin motivo alguno. El miércoles 8 de diciembre, en una reunión celebrada en el Gun Club de Bogotá, César Villegas anunció que, en compañía de Edgar Plazas, había comprado las acciones que poseía el Banco Ganadero en Santa Fe. Villegas y Plazas pasaron, así, a ser los dueños del equipo rojo . Ese mismo día, le manifestaron al periodismo que era lo mejor que podía ocurrir, pues de esa manera el grupo sería más fácil de manejar. Desde entonces, Villegas es amo y señor en el Independiente Santa Fe. Y el fútbol colombiano sigue su camino. Un camino que inició por amor, por pasión, por romanticismo. Un camino que después se torció. Lo del Mundial de Estados Unidos no fue casualidad, hay que repetirlo mil veces. Fue consecuencia de toda esta historia. Esa frustración, así como la muerte de Andrés Escobar, comenzaron a escribirse hace muchos años.

* Este es el quinto capítulo del libro Pena Máxima, publicado por Planeta 18 años atrás.

CAPITULO SEXTO

Fernando Araújo Vélez

El anciano aquel escuchó la noticia y soltó el diario de la mañana. Después alcanzó a decir: “No fue a un futbolista al que mataron. Mataron un poco la vida. Como cuando aquí en Nueva York asesinaron a John Lennon. Una cosa es un político o un negociante, y otra, un artista. O un futbolista, que es casi decir artista. Ese Escobar era un poco la alegría de vivir que se nos está acabando. Un poco, la felicidad de encontrar que alguien hace lo que soñó de niño. Con su vida no hizo más que regalar emociones, rodos los domingos y en todos los estadios. No sé… Para mí asesinaron una parte de la vida, de la verdadera vida. Asesinaron un sentimiento, una pasión. No sólo a un futbolista”.

Dijo que se llamaba Orlando Sanguinctti. Que había nacido en Santa Fe (Argentina) 76 años atrás y que vivía en Manhattan desde 1977. Contó que lo había dejado todo en su país porque los militares lo perseguían. Contó también que al fútbol le debía los instantes más felices de su vida. Y algunos de los más tristes. Terminó su monólogo con un “no podemos seguir matando, eliminando así como así las alegrías, las sensaciones, porque son, en últimas, la verdadera vida, aunque la mayoría ni se entere de eso”. Después se fue, se marchó arrastrando los pies. En una de las canecas del Central Park dejó el diario que había vuelto a recoger… y en el aire, una verdad.

Era sábado en Nueva York. Sábado 2 de julio de 1994. Un día como cualquier otro para muchos, un día marcado por la tragedia para los colombianos. En la madrugada de ese dos de julio un demente asesinó de seis balazos a Andrés Escobar. “Un hecho circunstancial”, declaró el general Octavio Vargas Silva, director de la Policía Nacional. “Un hecho lamentable”, dijo monseñor Pedro Rubiano Sáenz, presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana. “Un hecho aislado”, comentaron las autoridades. Circunstancial, lamentable, aislado, esos fueron los adjetivos para el crimen. Como si en Colombia un asesinato, cualquier asesinato, fuera circunstancial y aislado.

Circunstancial… Porque es “circunstancial” (aquí, las comillas son para que la palabra adquiera un tono irónico) que un hombre se despierte de su sueño a las tres y media de la mañana, vea a su jefe conversando con un desconocido, éste le parezca peligroso y decida dispararle seis balazos. Lamentable… Porque es “lamentable” que esto ocurra, como ocurre todos los días del año y en todas las grandes ciudades de Colombia. (Ese día, en Medellín hubo i40 muertes violentas!). Y aislado… Porque es un caso “aislado”, dentro de la cultura de violencia que se vive, que cualquiera ande con un revólver marca Llama calibre 38 largo por la  ciudad.

Según ese “hecho aislado o circunstancial”,  Humberto Muñoz Castro, el homicida, era el único ser humano con revólver en Medellín ese día; por eso fue tan casual el crimen. También fue casual o circunstancial que Humberto Muñoz Castro hubiera trabajado años atrás para el gánster José Guillermo Gallón Henao (recluido en la cárcel Modelo desde 1993, acusado de narcotráfico y lavado de dólares) y que el día del crimen estuviera a órdenes del hermano de éste, Santiago Gallón Henao. Ese hecho, también circunstancial o aislado, hizo que, circunstancialmente, estuviera armado en la madrugada del 2 de julio.

En fin, de las palabras del general Vargas Silva y de las investigaciones de la• Fiscalía se puede deducir que en Colombia los crímenes tienen categorías. Y que son más importantes, y por lo tanto requieren mayor investigación, los que ellos catalogan como “no circunstanciales”. Por eso, entre tantos otros asesinatos, pasó al olvido el del árbitro cartagenero Álvaro Ortega, que se debió a “un hecho aislado de apostadores”. Por eso jamás se supo quiénes habían sido los apostadores ni quiénes dispararon. Seguramente no se sabrá jamás. Está dicho ya. A Andrés Escobar, defensa central de la Selección Colombia de Fútbol y del club Atlético Nacional, lo asesinaron en Medellín, en el parqueadero del restaurante El Indio, durante la madrugada del 2 de julio de 1994. Seis balazos, provenientes de un revólver marca Llama, calibre 38 largo, fueron hallados en su cuerpo. El asesino -según las autoridades, Humberto Muñoz Castro, conductor de una camioneta Toyota de propiedad de Santiago Gallón Henao- confesó su culpa el 6 de julio, después de haber dado distintas versiones.

“Fue que me secuestraron durante siete horas unos sicarios que utilizaron la camioneta que yo manejaba para matar a Escobar”, dijo cuando lo arrestaron. “Pensé que de pronto era un tipo muy peligroso o algo así. Entonces me asusté y le disparé. Pero no sabía que era él (Andrés Escobar)”, dijo luego, ya recluido en la cárcel Modelo de Bogotá. Ese mismo 6 de julio, Muñoz habló del crimen con el periodista Guillermo Franco.

Muñoz Castro: A mí casi no me gusta el fútbol.

Periodista: ¿Cómo así que no le gusta?

M.C.: Muy poquito, muy poquito. No conozco un estadio siquiera. Nunca he ido a un estadio.

P.: ¿Conocía a Andrés?

M.C.: No señor, no lo conocía.

P.: Ahora qué piensa.

M.C.: No, pues arrepentirme; imagínese, matar a un tipo de esos.

P.: ¿Usted reconoce que lo mató?

M.C.: Pues claro.

P.: ¿Usted no tiene, pongamos, en algún momento, una duda, porque la Policía actuó en forma eficaz y rápida y logró, pues, capturarlo?

M.C.: ¿Cómo me dice?

P.: ¿Usted es el autor de la muerte de Escobar?

M.C.: Claro. Es que yo reconocí en la Fiscalía de Medellín… yo, yo dije que yo, yo era el que le había disparado a él, pero yo no sabía quién era.

P.: ¿Quién lo mandó?

M.C.: No me mandó nadie.

P.: ¿Usted es casado?

M.C.: Sí señor.

P.: ¿Cuántos hijos tiene?

M.C.: Tres hijos. Y uno muerto que mataron en Medellín y ese sí no lo investigó la autoridad.

P.: ¿Dónde lo mataron?

M.C.: Lo mataron a bala.

P.: ¿Y lo investigaron?

M.C.: Nada.

P.: ¿y usted pidió a la Fiscalía que investigaran?

M.C.: Yo qué iba a pedir si no sospechaba de nadie.

P.: ¿Cuántos años tiene usted?

M.C.: 42 años cumplidos.

P.: ¿Toda la vida conductor?

M.C.: Hace, ¿qué? Por ahí unos 12 ó 15 años más o menos.

P.: ¿Conoció a Andrés Escobar?

M.C.: Por las revistas…

P.: Su jefe, ¿a qué se dedica?

M.C.: Él es finquero.

P.: ¿Tiene fincas?

M.C.: Sí, señor.

P.: ¿Él tiene un hermano aquí en la Modelo, detenido?

M.C.: Me parece que sí. Me parece que es este muchacho José Guillermo.

P.: ¿Y usted lo conocía?

M.C.: Yo trabajé con él, primero de celador, en una fábrica de confecciones.

P.: Y ahora en la Cárcel Nacional Modelo, ¿qué piensa?

M.C.: No, pues… nada. Esperar lo que, lo que las autoridades hagan conmigo.

P.: ¿Hay una segunda persona que disparó?

M.C.: Nadie. Yo no vi a nadie disparando.

P.: ¿Únicamente usted?

M.C.: Yo nada más.

P.: ¿Cargó dos veces?

M.C.: No, señor.

P.: ¿Una sola vez?

M.C.: Es que yo ni me di cuenta cuántos tiros disparé porque yo estaba muy asustado… Es que yo me desperté del carro donde estaba esperando al patrón mío. Entonces, cuando yo … cuando ahí me despertó fue un alboroto. Entonces yo me desperté del carro cuando, cuando vi mucha gente y vi al patrón mío parado así a un lado y un carro azul ahí parqueado. Yo pensé que de pronto era un tipo muy peligroso o algo así. Entonces yo me asusté y le disparé, pues yo no sabía quién era.

P.: ¿Usted estaba borracho?

M.C.: No señor. Estaba casi… Le acabo de decir que estaba dormido dentro del carro.

P.: ¿Y cuando disparó estaba borracho?

M.C.: ¿Qué?

P.: ¿Cuando disparó estaba borracho?

M.C.: No señor.

 

El camino a la gloria

Y entonces hay que desandar el camino. Volver al comienzo, a aquellos años pueriles de patear piedritas e imaginar que son balones que revientan redes; al comienzo, a aquellas idas al Atanasio Girardot de la mano de don Darío, su padre; a aquella emoción sin fin de gritar los goles de Tito Gómez, de Víctor Campaz, de Hugo Horacio Lóndero… Eran goles de Nacional, sí, pero eran goles suyos también. Poco importaba que la radio dijera que habían sido de Moncada o de Palavecino o de cualquier otro. En realidad eran suyos, se los robaba a la tarde; con ellos le alcanzaba para vivir la semana y retornar el domingo siguiente ansioso de fútbol. Así, de domingo en domingo y de gol en gol se hizo pasión aquello de lo que tanto se hablaba en casa.

Él los escuchaba a todos en la mesa. A sus hermanos José Darío, Juan Fernando y Santiago. A su padre, claro. Y a doña Beatriz, su madre, que de vez en cuando soltaba alguna opinión sobre el juego anterior. Los escuchaba son devoción y a cada palabra imaginaba una acción. Él con el balón, con la franela de Nacional, en el estadio… A veces no se aguantaba y se largaba a la calle a jugar a la pelota. Con otros niños o con rivales imaginarios, pero siempre con la pelota. Allá, en el barrio de su colegio, El Calasanz de Medellín, Andrés Escobar y sus hermanos eran sinónimo de fútbol. “Para mí la vida se dividía entre las obligaciones, que eran todas, y el fútbol, que era lo único que se salía de aquellas obligaciones”, decía.

“Me acuerdo muy bien de él. De pequeñito era introvertido, muy callado. Un poco tímido quizás. Y muy buena persona, como todos ellos (los Escobar Saldarriaga). En sus comienzos se caracterizaba por ser muy liviano. Lo molestábamos bastante por la flacura, sobre todo sus hermanos mayores, y los míos. Incluso, cuando nos íbamos a jugar picaditos por ahí, no lo teníamos demasiado en cuenta por pequeño y flaco. Le decíamos que no lo íbamos a dejar jugar y se ponía serio, triste. Después la  rompía… Era como si las negativas le dieran fuerza para luchar más y más. Más tarde lo tuve en las selecciones del Calasanz. En especial, recuerdo un intercolegiado en Medellín. Al principio era volante, actuaba de ‘10′. Algunas veces lo coloqué de puntero izquierdo. Pero su físico no aguantaba tanto entrenamiento y tanto esfuerzo… Un día lo puse de central y le gustó. Ahí se quedó para siempre”.

El recuerdo es de Carlos Restrepo, Piscis, como lo llamaron siempre en el mundo del fútbol. Conoció desde niño a Andrés Escobar pues vivía con su familia en el segundo piso de la vivienda de los Escobar Saldarriaga. Después lo manejó en los equipos del Calasanz que dirigió. “Era grandote, el más alto de todos. Y esa cualidad en las categorías juveniles es definitiva. Además le pegaba muy bien con la izquierda. Y subía bien. Por arriba no le ganaba nadie. Era muy difícil”. Otra vez el acento paisa de Res trepo. Otra vez esa especie de nostalgia que se  le mezclaba entre las palabras. “No es fácil hablar en pasado. Ni fácil ni alegre. Y menos de una persona como Andrés Escobar”.

Acababa de cumplir 18 años cuando llegó a Nacional. Por aquellos tiempos, abril de 1985, un hombre de fútbol llamado Pedro Pablo Álvarez dirigía las divisiones inferiores del equipo.  “Lo conocí cuando jugaba en la Primera B. Era dirigido por Piscis Restrepo y se desempeñaba como volante de primera línea. Santiago, su hermano, que ya estaba en Nacional, habló un día conmigo para que le diera una oportunidad. Yo le dije que me lo enviara. Y cuando Andrés se presentó, le sugerí que volviera dos días después a los entrenamientos. Cuando llegó lo vi muy delgado y lo primero que hice fue mandarlo donde el doctor Hernán Darío Salazar. Tres meses más tarde ya era otro, mucho más fuerte y resistente. Aún así se le notaba la calidad. Era un muchacho muy bien fundamentado, sobre todo en la pierna izquierda. Con la derecha empezamos a trabajar, pero aunque aprendió, en los partidos parecía que sólo le sirviera la izquierda. Confiaba ciegamente en ella”.

Un día Álvarez se lo recomendó a Francisco Maturana, que dirigía la Primera B. Y a los dos meses Escobar ya alineaba con el equipo titular. “Recuerdo mucho que después de actuar en dos juegos como inicialista, Maturana me llamó y me dijo que el muchacho iba a ser en poco tiempo uno de los mejores defensas centrales de Colombia”. Ese año, Escobar fue campeón de la categoría. Después, Gustavo Zapata lo llamó para la Juvenil de Antioquia. Y, luego, en 1987, apareció por la primera de Nacional y también por la Selección Colombia de mayores. “Yo siempre creí en él y siempre lo quise. La última vez que hablamos me dijo que lo esperara el fin de semana, que me había traído algunos detalles de Estados Unidos”. Sin embargo, Andrés Escobar no fue  a la casa de don Pedro Pablo. No pudo ir: ese fin de semana lo mataron.

Veinte años no es nada

A los 20 años de edad se estrenó con el Atlético Nacional. Francisco Maturana no sólo creyó en el talento de Escobar. Creyó en su personalidad, en su confianza. “Lo que siempre admiré en Andrés fue su seguridad… Recuerdo cuando lo convocamos por primera vez  a la formación titular del Nacional. Hugo (Hugo Gallego, asistente de Francisco Maturana en ese entonces) había tenido problemas con Nolberto Molina y entonces decidimos darle la oportunidad a ese joven que teníamos en las divisiones inferiores. Cuando lo llamamos para darle la noticia, lo agradeció con esa sonrisa de niño bueno que siempre lo identificó y esperó el debut sin muchas emociones. Jugó su partido con la tranquilidad y seguridad de un veterano… “. Ya nunca más volvió a salir de la línea titular del cuadro verde. Sólo dejó de jugar con Nacional cuando fue contratado por el Young Boys de Suiza, en 1990.

En la Selección, el puesto se lo fue escriturando con cada partido y cada calificación. Debutó el 30 de marzo de 1988 en Armenia, enfrentando al conjunto de Canadá. Colombia ganó dos por cero esa tarde y Andrés Escobar rindió, como era su costumbre. “Uno estaba en la Selección Antioquia y miraba a Juan Jairo Galeano o a Alexis (García) o al Pibe y los veía muy lejos. De un momento a otro estar• con ellos, codo a codo, se hacía raro. Pero ya superé ese impacto y me siento un compañero más”, dijo ese día. Dos meses más tarde, en el césped de Wembley inscribió su nombre en la historia al marcarle a Peter Shilton, portero de Inglaterra el tanto del empate de Colombia. Su primer gol con el equipo colombiano, y en Wembley. Como para no creerlo.

Esa noche no durmió. Y con Juan Jairo Galeano, amigo hasta sus últimas horas y compañero de Selección y de habitación en aquella oportunidad, se quedó hablando del partido hasta el amanecer. Con el equipo nacional Escobar jugó 48 partidos. Las Copas América de 1989 y 1991, las Eliminatorias para el Campeonato del Mundo de 1990 y los Mundiales de Italia y Estados Unidos. Fue capitán en varias ocasiones y referencia obligada para rivales y compañeros. Desde el comienzo mostró sus mejores virtudes. Riqueza técnica para manejar la pelota, serenidad para salir jugando cuando se necesitaba, criterio para reventar el balón a la tribuna si era necesario, aptitudes para irse al ataque cuando veía la oportunidad…

Fue Andrés Escobar el líder de la defensa colombiana y nacionalista desde su debut. El hombre que daba la última orden en el momento de “achicar”, de dar el paso adelante, de cumplir con los relevos. En síntesis, la primera piedra dentro del andamiaje de Maturana. “Un central como pocos en Suramérica. Con algunas cosas de Daniel Pasarella, con o tras de Luis Pereira y otras más de Franz Beckenbauer. Un lujo para cualquier equipo y para la tribuna”, dijo de él en 1990 la revista El Gráfico de Argentina. Sin embargo, en Colombia jamás se le colocó en el lugar que le correspondía. Tal vez porque no hacía goles o porque su importancia, por orden y jerarquía, estaba más allá de la superficialidad del periodismo.

“Hay cosas que te dejan marcado. No sé… los primeros años en el colegio, los amigos de infancia, el primer amor, la primera pelota de fútbol, los goles, los campeonatos… Tantas cosas que es imposible decir que esto en especial fue determinante en mi vida. Yo creo que todo ello junto, y la familia y la religión, claro. Yo no soy producto de una situación, soy el resultado de muchas circunstancias que rodearon mi vida. Tampoco fui jamás el de la historia linda y pobre, el que empieza desde abajo, desde la barriada humilde, y a fuerza de darle llega. No, mi vida siempre fue tranquila, con comodidades. No me faltó nada, pero tampoco me sobró nada. Y esa fue una enseñanza que jamás olvidaré: aprender a valorar lo que uno tiene y luchar por lo que a uno le falta. Es fácil salirse del camino, sobre todo en este medio y dejarse marear por el dinero y la fama y las mujeres y la prensa. Tenés que ser fuerte para no dejarte arrastrar. Saber para dónde vas y de dónde vienes. Yo tengo el fútbol, por fortuna. Bueno… siempre lo tuve, y gracias al fútbol sé cuál es mi camino. Lo sé desde niño, por eso todo ha sido fácil. O sencillo, no sé”.

Años atrás, en 1992, Andrés Escobar hablaba de su vida. De sus ilusiones, de sus comienzos, de su manera de pensar. Jamás echó a volar el barrilete de sus sueños, simplemente porque aquel barrilete le llevaba la delantera. Cuando anhelaba algo lo luchaba. Al poco tiempo lo lograba. No necesitaba fantasías, tal vez porque él mismo era ya una fantasía. lba seguro, paso a paso y poco a poco. Sus amigos -Eduardo Rojo, Juan Jairo Galeano y Santiago Escobar, su hermano- decían que era el hombre más disciplinado que habían conocido. “Entrenaba desde las seis de la mañana y luego salía al gimnasio a hacer ejercicios y levantar pesas. Tuviera partido o no, se cuidaba mucho”. Fuera del fútbol era como en el fútbol. Era imposible imaginar a un Andrés Escobar marrullero y tramposo. Era imposible encasillarlo en el grupo de los que hacen cualquier cosa por llegar. Su elegancia, su calidad, se contradecían con esa clase de gente. “Él decía que tenía que ayudar mucho porque los ricos cada vez eran más ricos y los pobres, también, cada vez más pobres. Y ayudaba mucho, no era sólo cuestión de palabras. Veía a un niño pidiendo y le daba plata y le aconsejaba. En diciembre, le decía a María Esther, su  hermana, que comprara 100 ó 200 camisetas y otras cosas y en los semáforos se las daba de aguinaldo a los niños”.

A Eduardo Rojo, su gran amigo fuera de las canchas, aún le tiembla la voz cuando lo recuerda. Se le hace imposible aceptar la realidad. “Son cosas que uno no logra entender. Quizás, algún día”. Con Eduardo Rojo, dueño de una empresa comercializadora en Medellín, salía los fines de semana al Oriente. A un bar, a una taberna, a un asado. Con él, con su esposa y con Juan Jairo Galeano estaba la noche del 2 de julio de 1994. Habían salido cada uno por su lado desde las tres de la tarde. En el ‘Niágara’, una especie de restaurante de El Poblado, se encontraron y pasaron la tarde. Luego se separaron. Ya de noche volvieron a verse en ‘La Padova’, en la vía Las Palmas, una de las carreteras que conducen al aeropuerto José María Córdova de Ríonegro. Tomaron cerveza, después aguardiente e hicieron bromas. Bailaron. Y, entre trago y trago, algún autógrafo, algunas palabras para el hincha, para la niña que quería conocerlo… Escobar había dicho que quería regresar a Colombia para “dar la cara”. Por eso no aceptó una invitación a quedarse en Estados Unidos y otra a pasar una semana en Coveñas. También quería retornar a la rutina de los entrenamientos y los ejercicios. Olvidar con ella lo que había ocurrido en el Mundial de Estados Unidos. Volver a su mundo, diseñar otra meta y trabajar para cumplirla.

A las dos de la mañana salió con la esposa de Rojo, María Clara, a comerse un ‘chuzo’. Y alguien le dijo: “Andrés, qué auto golazo te hiciste!”. Él respondió con una sonrisa. Hasta se animó a contestar la broma con otra broma. “Estaba de muy buen genio. Se reía y hacía chistes”, dijo un testigo.

La última entrevista

En Los Ángeles, poco antes de tomar el vuelo que lo llevó de vuelta a Colombia, Andrés Escobar habló con Antonio José Caballero, de R.C.N. Estaba taciturno y todavía intentaba encontrar alguna explicación para la derrota.

Andrés Escobar: : Nos sentimos mal, derrotados por lo que ha sucedido, porque Colombia no pudo mostrar su fútbol, todo lo que la gente estaba esperando, lo que nosotros también pensábamos y queríamos conseguir, que era poder dar un buen espectáculo. Pero a la vez queda uno un poquito más tranquilo, porque en el último partido se dejó una imagen distinta, sin ser un partido brillante ni espectacular. Yo creo que Colombia mejoró mucho en su fútbol y demostró que era un equipo que tenía condiciones también.

Antonio José Caballero: ¿Le dolió mucho el autogol, Andrés?

A. E.: Sí, fue, fue difícil. Es algo como circunstancial del mismo partido, del fútbol, pero uno entiende que no todo puede ser bueno, así como en algún momento son otras jugadas, el cabezazo en Wembley o algún balón que uno haya sacado del arco, que el arquero está vencido. Yo creo que en esta ocasión tuve la mala fortuna de convertir ese gol, pero no fue lo que eliminó al equipo.

A. J. C.: ¿Cómo sintió el apoyo de la gente hacia usted después de esa jugada?

A. E.: Eso ha sido muy bonito y es algo que uno lo mantiene muy presente, porque inclusive recibí muchas llamadas de gente que ni conocía, de gente de Cali, de Bogotá, de Medellín, de otras partes que yo ni tenía idea ni jamás los había escuchado ni los había nombrado; y apoyándome por fax, cartas. Yo creo que el respaldo de la gente conmigo ha sido muy bueno siempre. Han sido muy positivos, me han ayudado porque ha sido un momento difícil. Para uno no es fácil convertir un autogol, y menos en un Mundial, porque queda uno con la marca ahí, queda uno manchado como se dice. Pero yo creo que estas son cosas del fútbol y uno no se puede quedar pensando en eso. Hay que seguir trabajando, seguir hacia adelante y saber que todavía pueden venir cosas mejores.

A. J. C.:¿1998 todavía está en sus planes, Andrés?

A. E.: Sí, es una posibilidad que uno tiene, el fútbol va a continuar. Voy a seguir trabajando porque todavía aspiro a jugar muchos más años y, si hay oportunidad, estar, al menos, en la Copa América de Uruguay, las eliminatorias para el Mundial de Francia. Todo lo que tenga que ver con Selección Colombia. Siempre y cuando se mantenga el mismo estilo, el mismo orden de juego, estaría gustoso de seguir jugando en la Selección.

A. J. C.: ¿Qué pasó entre ustedes mismos?

A. E.: Es difícil porque nosotros no nos hemos dado cuenta realmente de qué pudo haber pasado. Uno a veces dice, bueno, en este último partido vimos que podíamos y uno dice, ah, si hubiéramos jugado los dos primeros partidos como jugamos el último. No tanto por la lucha, por la garra, como dice la gente que de pronto nos faltó, sino porque nos dedicamos a esperar, que es algo que nunca lo hacemos, nos tiramos atrás y tuvieron más espacio nuestros delanteros, nuestros volantes de jugar, tuvimos mejor manejo con el balón y en los dos primeros partidos no encontramos nuestro fútbol, no hubo seguridad, no hubo confianza. Estuvimos desacertados en los pases, no hubo la concentración suficiente, porque pensamos que éramos superiores a los demás. Entonces uno va y ataca y ataca porque cree que es superior, a la vez la confianza, ese favoritismo que se le da, de que uno es superior. Eso inconscientemente se va concientizando y pensando que en realidad uno sí es superior, pero yo creo que en la cancha hay que demostrarlo y en esos dos partidos no demostramos que éramos superiores a los dos rivales con los que perdimos, que yo creo que son partidos que los podemos jugar 100 veces y no los volvemos a perder.

 

Ese miércoles 29 de junio fue el último contacto de Escobar con sus compañeros de equipo y con la prensa. Esa mañana, también, habló por última vez con Maturana en la sala de espera del aeropuerto de Los Ángeles. “Esperábamos el vuelo de regreso en un rincón v conversamos largamente. Le dije que en la vida muchos capítulos se terminaban y que ese era mi caso con la Selección. Y le recordé su compromiso con la Selección, pues al marcharse hombres como Valderrama, pensando en el próximo Mundial, él era el heredero natural de la banda de capitán por todo lo que significaba para el grupo, como persona, como profesional, como modelo de comportamiento. Andrés me escuchaba en silencio y se sentía de vez en cuando. Él, como el resto del plantel, estaba abrumado por todo lo que había pasado. Recuerdo que antes de esa charla se me había acercado Luis Carlos Perea para decirme: “Profe, Andrés tiene una pena la verraca’ “.

En diez meses la fiesta se convirtió en drama. Y la tragedia llegó sin pedir permiso. En septiembre del 93 el fútbol era la fiesta. En julio del 94 fue la muerte. “Imposible intuir que algo así podría pasar”, dijeron algunos. Se equivocaron. Y se equivocaron quienes pensaron que tanto elogio sería una motivación y nada más. Y se equivocaron quienes les creyeron a los vendedores de mentiras y apostaron a favor de un imposible. Y se equivocaron quienes escondieron los errores. Por eso también se equivocan aquellos que dicen: “Imposible intuir que algo así podría ocurrir”. Se equivocan, porque el camino se construyó para que algo así ocurriera. Tal vez nadie lo quiso así, tal vez nadie lo intuyó así. Pero las culpas no siempre son por lo que aconteció. También son por lo que no se previó. Por lo que se ocultó. Por lo que se incitó. “Imposible intuir que algo así podría ocurrir”. La última ironía.

Este es el último capítulo del libro pena Máxima, publicado por Planeta 18 años atrás. Los primeros cinco capítulos los puede usted encontrar en este blog.  

 

 

 

 



LOS PECADOS DE MESSI

 

 

Nelson Fredy Padilla*

Nos enteramos, poco a poco, de que el mejor jugador de fútbol del mundo no es ni tiene por qué ser el mejor ser humano.

Primer pecado: lo veo en calzoncillos en las ediciones digitales de hace dos semanas, cayendo en la tentación de lucir los abdominales y algo más, fracasando en el intento de Dolce & Gabbana  de posicionarlo como ícono lujurioso, como Armani lo hizo con David Beckham y Cristiano Ronaldo, símbolos sexuales, chicos malos.Las fotos en blanco y negro de Domenico Dolce no exploran zonas grises, muestran más del manido Lionel Messi: la timidez y la fachada de niño bueno acentuadas con un escapulario, una cruz; ¡atrás una efigie de la Virgen María con el niño Jesús en brazos! La originalidad de la producción sumó candelabros y ¡cirios encendidos! El mensaje para la prensa farandulera: “adelanto de un libro que estará a la venta a partir de noviembre y cuyos dividendos serán destinados a la fundación del futbolista”. Percepción personal: no es altruismo, no es filantropía. No creo que Messi sepa el real significado de estos términos porque no lee, según confesó en el perfil que le hizo Leonardo Faccio para la revista ‘Etiqueta Negra’. No leyó ni siquiera un libro que le regaló Pep Guardiola, su extécnico, titulado “Saber perder” (Anagrama), novela del español David Trueba que yo leí y es una esclarecedora mirada a las derrotas de la vida.

Segundo pecado: la ignorancia. Messi hubiera podido aprender de la historia de vida de Ariel Burano, un genial jugador de fútbol, zurdo, que deja Buenos Aires para fichar por un equipo español. La fama lo llama y lo atrapa… Pero Messi no quiso aprender a perder.

Tercer pecado: la pereza. Prefiere dormir y cuando no duerme piensa en la siesta, le insistió a Faccio, aunque por lo que vamos sabiendo de sus negocios no parpadea cuando se trata de ceros a la derecha.

Cuarto pecado: la avaricia del multimillonario. El objetivo de las grandes estrellas de nuestra cultura del espectáculo es aparentar un alma humanitaria con tal de pagar menos impuestos por sus fortunas. En el caso de ‘La pulga’, multiplicar, como si fueran pocos, los 33 millones de euros que, según Forbes, factura al año en el Barcelona incluida la reventa de su imagen de alma de Dios por el mundo, bondad capitalizada hasta por la Unicef.

Justo cuando pensaba en que no se debe prejuzgar, se conoce que la Fiscalía de Barcelona lo investiga junto a su padre, Jorge, por un fraude de evasión de impuestos que supera, por el momento, los cuatro millones de euros. El diario ‘El País’ de Madrid dice que “el padre del jugador ordenó a los asesores buscar una fórmula para rebajar la factura fiscal del deportista. Estos crearon un entramado de empresas radicado en países de baja fiscalidad considerados como paraísos fiscales, Belice y Uruguay, para gestionar desde allí los derechos de imagen del delantero del Barca para pagar menos a Hacienda”. Son tres delitos fiscales por irregularidades en las declaraciones de 2007, 2008 y 2009. Y lo que falta por revisar. Según el artículo 305 del Código Penal español, ameritaría una pena de entre uno y cuatro años de cárcel. Como se trata de Messi, seguramente el escándalo no pasará de una multa y de un “todo fue a mis espaldas”, “yo sólo me ocupo de ser el mejor futbolista del mundo”. El comunicado oficial de la familia Messi dice: “Nos hemos enterado por la prensa de las acciones iniciadas por la fiscalía española. Algo que nos causa sorpresa porque nunca hemos cometido infracción alguna. Siempre hemos atendido todas nuestras obligaciones tributarias siguiendo los consejos de nuestros asesores fiscales, quienes se encargarán de aclarar esta situación”. Difícil creerles. Ya lo había advertido el exagente Fabián Soldini, el hombre que llevó a Messi al Barcelona y quien tuvo que demandarle el justo pago de sus comisiones.

Quinto pecado: la ira bajo la piel de cordero. Durante la liga española 2008 Pep Guardiola lo criticó en público luego de que una cámara de televisión lo captó escupiendo al volante portugués del Málaga Sergio ‘Duda’ Barbosa en La Rosaleda. Y eso que aquel día ganaron 4-1. En 2011 escupió a los pies de José Mourinho y provocó a los hinchas del Real Madrid el día que el Barcelona venció 3-2 en la final de la Supercopa española. Mourinho le respondió haciendo un gesto de cuando algo apesta. ‘La pulga’ también se desahoga a las patadas contra las vallas publicitarias como en mayo pasado jugando contra el Betis. El día que debutó en la selección mayor de Argentina lo expulsaron sin haber cumplido un minuto de juego.

Toda esta letanía no para condenarlo, sino para recordarle a los millones y millones de obnubilados “messianicos” que Lionel Andrés Messi Cuccitini, el hijo de la barriada rosarina, al que los codiciosos empresarios del fútbol y la codicia del Barcelona patentada en una servilleta no le dejaron vivir los caprichos de la niñez y la adolescencia,  tiene derecho a equivocarse, a dar pasos en falso, porque también es un ser humano, no en la dimensión futbolística ni personal de Maradona, no con el egocentrismo y la soberbia de Cristiano Ronaldo, pero sí un mortal más.

Sexto pecado: no es el jugador perfecto. Sabemos de sus cualidades con el balón y de su corazón genuino para dotar de pupitres a su antigua escuela en Rosario y por eso no analizamos todos sus matices en el plano deportivo. Se le endiosa por sus goles y jugadas y porque sí, porque hizo un pase como miles, porque cobró un penalti como muchos, porque es el que vende y por eso no se le critica. El otro día le escribí a los periodistas deportivos de Espn, la mayoría argentinos, preguntándoles por qué no incluyeron en su ‘Not-top-ten’ esa jugada del partido de eliminatoria entre Bolivia y Argentina donde queda solo frente al arquero, no define y le entrega con inocencia el balón en las manos. Uno de los peores partidos que ha jugado.

Estuvo cerca a la perfección en el amistoso entre la España que acababa de coronarse campeona del mundo y Argentina. Lo vi ese 11 de septiembre de 2010 en el Monumental de River y le dediqué una crónica titulada “El sexto sentido del fútbol”. Messi por la izquierda, Messi por la derecha, Messi yendo por al balón a su propia área, Messi lanzándose al piso para defender. Messi gestor del 4-1. Ese día fue el diez opuesto al del Mundial. ¿Por qué no jugó con esa actitud en Sudáfrica?, era la pregunta entre los periodistas argentinos y españoles. Carlos Carbajosa, enviado especial del diario español El Mundo, me advirtió cómo cambia de una afinada mentalidad y actitud cuando juega con el Barca a la intermitencia cuando lo hace con la selecci